2025

Bajo presión

A veces el agotamiento no es una manifestación corporal, personal, sino que se traduce en la paralización de la conversación pública. Un cansancio que no se expresa en el silencio, sino en la respuesta inmediata, en el tuit reactivo que anticipa el argumento ajeno antes de leerlo. Somos un país que contesta antes de escuchar, que confunde volumen con convicción y que ha dejado de discutir ideas para evaluar tonos. No es un país desinformado; es un país saturado. Y cuando la saturación se vuelve norma, el matiz empieza a estorbar.   ?A partir de vivir en los extremos, hemos priorizado el debate antes que la deliberación. La plaza pública ya no es lugar de encuentro, sino de competencia feroz: un ring donde importa quién gana, no los hechos. El ruido se impone, y con él se deja a un lado la verdad por el volumen. Lo mismo da si se discute la reforma judicial, la militarización de la seguridad o el presupuesto federal: el objetivo no es entender, es exhibir. El dato estorba, la duda molesta, el contexto aburre.   ?El cansancio es una categoría política. No conduce necesariamente a la apatía, sino a una forma de orden perversa. Un país fatigado no deja de hablar: deja de escuchar. Reacciona, se adelanta, sospecha de la duda y castiga la pregunta larga. La fatiga vuelve incómoda cualquier pausa y convierte la reflexión en una pérdida de tiempo. Todo tiene que ser inmediato, legible, alineado con la tribu.    Ocurre que el ruido no es un accidente, es una forma de control. No faltan temas: la violencia, la precariedad, la corrupción de siempre, ahora se impone un ritmo que vuelve irrelevante todo aquello que no grita. El ruido organiza la conversación pública y decide qué merece atención y qué puede ser descartado. No porque algo sea falso, sino porque es complejo. Porque tarda. Porque no cabe en una consigna de unos cuantos caracteres.   ?En Aguascalientes, por ejemplo, el ruido tiene su propia modulación local. Mientras se discute quién va “arriba” rumbo al 2027, si el PAN que presume bastión o Morena que presume “ola”, la conversación evita con disciplina casi ejemplar detalles menores como el agua, la desigualdad, la violencia cotidiana. La política se narra en términos de marcador deportivo: el blanquiazul “mantiene ventaja cómoda”, Morena “remonta”, MC “no levanta”. El ciudadano queda reducido a público en la grada: aplaude, abuchea, comparte la encuesta. ?   Así, el debate se va estrechando. En lugar de confrontar argumentos, evaluamos lealtades: ¿estás con nosotros o eres parte del problema? El matiz empieza a verse como una forma de traición y la complejidad como una coartada para no tomar partido. En un país exhausto, pensar despacio parece una provocación, un lujo sospechoso. La consigna es clara: o aplaudes o te callas; cualquier intento de decir “sí, pero” suena a sabotaje.   Sin embargo, el matiz no es tibieza. La complejidad no es evasión. Dudar no es renunciar. Al contrario: introducir matices es incomodar, es interrumpir la inercia, es negarse a aceptar que todo ya está dicho. Pensar lento e insistir donde se exige síntesis no es una pose intelectual: es una forma de resistencia mínima, un pequeño acto de desobediencia civil contra el algoritmo y la línea oficial. Aquí entra la escritura. No como salvación ni como heroísmo, sino en su justa dimensión humana y limitada. Escribir no cambia gobiernos, no frena leyes, no detiene decisiones. Una columna no derriba estructuras ni corrige de inmediato los abusos del poder; creer lo contrario sería una ingenuidad peligrosa, el sueño húmedo de cierto periodismo que todavía se imagina derrocando políticos cada semana. Escribir cumple otra función, menos vistosa y más persistente: impedir que todo se vuelva normal. Nombrar aquello que se quiere naturalizar. Insistir donde se pide silencio. Dejar constancia de que hubo preguntas y que no todo pasó sin ser señalado.   ?En Aguascalientes, la normalidad siempre viene bien presentada: conferencias, informes, spots con sonrisas, rutas de vino y ferias culturales cuidadosamente editadas. Mientras tanto, los problemas se administran en voz baja: el acceso al agua, la precariedad, las violencias que sólo existen cuando se vuelven nota roja. La narrativa oficial habla de orden y estabilidad; la realidad, de desgaste y simulación. En medio de esa escenografía, escribir se vuelve una actividad ligeramente incómoda: no rompe nada, pero desacomoda la foto.   ?Escribir parece muchas veces no servir para nada. No produce resultados medibles ni garantiza impacto viral. No da votos, no da likes, no da becas. Y quizá precisamente por eso conserva un margen de libertad que otras prácticas ya perdieron. Escribir no sirve a nadie en particular, y por eso todavía sirve para algo: para no rendirse del todo. Para seguir haciendo la pregunta incómoda cuando el resto ya decidió que lo importante es quién se queda con la gubernatura en 2027.   ?En un clima así, los espacios para el matiz se vuelven frágiles. No siempre desaparecen por censura directa; a veces, simplemente se dejan de sostener. Incomodan porque no gritan. Agotan porque no simplifican. Los proyectos que apuestan por la complejidad se vuelven caros, lentos, poco “competitivos”. No encajan en la lógica del clic, ni en la lógica de los partidos, ni en la lógica de la marca. Son, en el mejor de los casos, tolerados; en el peor, prescindibles.   Se escribe no para ganar discusiones ni para corregir el rumbo de nadie. Se escribe para no normalizarlo todo. Para dejar un registro mínimo de que no todos aceptaron el guion sin leerlo antes. Aunque a veces parezca que no sirve para nada, escribir sigue siendo esa terquedad que impide que el cansancio se convierta por completo en resignación.   Coda. En 2025 cerré un ciclo personal, no lo presento como tragedia ni como epopeya, sino como lo que es: un fin de etapa en un medio que apostó durante años por sostener espacios de reflexión en un entorno cada vez más impaciente. Me voy sin escándalo, sin pleito, sin comunicado dramático: simplemente dejo de estar ahí, como dejan de estar tantos espacios que alguna vez se pensaron indispensables. Queda el archivo, quedan las preguntas, queda la costumbre de escribir contra el ruido. Y con eso, por ahora, alcanza. Ánimo, salud y democracia.   @aldan 
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