Realpolitik

Bajo presión

Cada vez que alguien alude a la realpolitik en México, no está describiendo la realidad: está pidiendo que dejemos de hacer preguntas. Es una palabra que funciona como mordaza elegante, como el modo culto de decir “así son las cosas” y de clausurar cualquier discusión sobre lo que la política podría o debería ser. Bajo su amparo se normaliza la renuncia, se administra el cinismo y se desacredita como ingenuidad cualquier intento de imaginar algo distinto. Si me dieran diez centavos cada vez que me llaman ingenuo por opinar sobre el “deber ser” de la política en México, ya sería el Elon Musk de la aldea. Soy ingenuo, dicen, porque no alcanzo a procesar que en este país lo único que manda es la realpolitik.

En su acepción clásica, la realpolitik alude a una política guiada por correlaciones reales de poder, intereses concretos y condiciones materiales; no por principios morales abstractos. No niega los valores, pero los subordina a lo posible. Es una ética de la responsabilidad: actuar sabiendo que toda decisión tiene costos, efectos no deseados y límites estructurales.

El problema es que, en México, una vez tropicalizado el término, se envilece. Aquí, la realpolitik ya no describe la realidad: la justifica. Se convierte en un cinismo operativo que privilegia el cálculo de poder, las alianzas de ocasión y la aceptación dócil de reglas del juego siempre viciadas, por encima de cualquier aspiración transformadora. Es la herencia genética de décadas de hegemonía priista: una política que no busca cambiar la realidad, sino administrarla; no disputar el poder, sino repartirse sus beneficios.

Para el político promedio, así como buena parte de la clase opinante que lo acompaña, el objetivo comienza y termina en la silla. El bien común es apenas un recurso retórico; el cimiento real es la inmovilidad. Se acepta el sistema como un ecosistema cerrado, casi natural, y cualquier intento de cuestionar sus bases no es leído como propuesta, sino como síntoma de ingenuidad, voluntarismo o romanticismo adolescente. Pensar distinto no es una virtud: es una falla de carácter.

Hoy, esa realpolitik tropicalizada se expresa con claridad en una cultura política que confunde supervivencia con estrategia. Una cultura que llama pragmatismo a elegir siempre el mal menor y madurez política a no incomodar demasiado al poder. Se critica el autoritarismo en la plaza pública, pero se pacta en los pasillos; se denuncia la concentración del poder, pero se negocian cuotas; se alza la voz en redes y se baja la cabeza en el Congreso.

No es sólo un problema de oposición, es más grave: es una forma de entender la política como mera reacción. En lugar de construir un proyecto propio que dispute sentido, horizonte y futuro, se opta por vivir a la sombra del adversario. La narrativa de la Cuarta Transformación no sólo domina al oficialismo; ha colonizado a quienes dicen combatirla. Mientras unos administran programas sociales y otros administran el resentimiento, nadie se atreve a disputar el fondo.

En este México, la política se ha reducido a una aritmética de votos, encuestas y alianzas coyunturales. Las ideas, las causas y los movimientos sociales son tratados como lujos discursivos, adornos prescindibles en tiempos de “realismo”. La renuncia a los principios se bendice con un axioma de cantina: “Así es la política”. Bajo esa frase se normaliza todo: la corrupción “estratégica”, el autoritarismo “inevitable”, la simulación como método y la mediocridad como horizonte.

Lo que se presume como pragmatismo es, en realidad, una dócil adaptación al orden existente. Reciclar las mismas élites, repetir los mismos vicios, aceptar el mismo tablero y esperar turno para repartir el botín. Esta cobardía estratégica no es una anomalía: es el núcleo duro de una cultura política que desconfía de la imaginación, sospecha de los valores y castiga cualquier intento de pensar más allá del corto plazo.

Por eso, en México, proponer una alternativa resulta subversivo. Porque exige algo que nuestra realpolitik local considera imperdonable: asumir costos, romper inercias y disputar el sentido de lo posible.

Coda. La verdadera ingenuidad no es creer que la política puede cambiar. La verdadera ingenuidad es creer que haciendo exactamente lo mismo que nos trajo hasta aquí (los mismos pactos, las mismas caras, la misma lógica cínica) el resultado será distinto. Eso no es realismo: es fe. Y de la más pinche.

@aldan

 

 

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