Opinión
Hay una pregunta incómoda que como sociedad hemos aprendido a evitar:
¿qué les están enseñando realmente a nuestros hijos en la escuela?
Durante años hemos asumido que cumplir con nuestra responsabilidad educativa consiste en llevarlos puntualmente, comprar útiles, firmar boletas y confiar —a veces ciegamente— en un sistema que damos por sentado. Pero la educación no termina en la puerta de la escuela. Ahí, en realidad, apenas comienza una responsabilidad compartida que hoy está siendo seriamente vulnerada.
¿Sabemos quién es la maestra o el maestro de nuestros hijos?
¿Hemos leído los libros de texto que utilizan nuestros niños y adolescentes?
¿Forman pensamiento… o reproducen consignas?
No se trata de una sospecha paranoica ni de una nostalgia conservadora. Se trata de una pregunta legítima desde los derechos humanos de la infancia:¿es ético imponer una visión ideológica del mundo a niñas y niños que aún no han desarrollado las herramientas cognitivas para cuestionarla?
La educación, cuando deja de ser científica, plural y crítica, se convierte en adoctrinamiento. Y el adoctrinamiento, aunque se disfrace de progreso, vulnera la libertad de pensamiento, uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática.
En México hemos normalizado algo profundamente preocupante:cada sexenio reinterpreta la historia nacional según los intereses del poder en turno. Cambian los héroes, se reescriben los villanos, se simplifican procesos complejos y se eliminan matices incómodos. La historia deja de ser una disciplina rigurosa para convertirse en un relato utilitario.
La pregunta es inevitable:¿no deberían ser expertos en pedagogía, historiadores profesionales y especialistas en educación —y no operadores ideológicos— quienes definan lo que aprenden nuestros hijos?
Mientras tanto, los resultados están a la vista, aunque prefiramos no mirarlos de frente:
– Un porcentaje alarmantemente bajo de estudiantes logra concluir una formación universitaria.
– La mayoría de los alumnos de secundaria no domina el idioma inglés en un mundo globalizado.
– Muchos jóvenes presentan serias dificultades para realizar operaciones matemáticas básicas completas.
– Los niveles de comprensión lectora en educación básica superior son preocupantemente bajos.
No es una falla aislada. Es un síntoma estructural.
Por eso resulta pertinente rescatar propuestas que, lejos del ruido ideológico, apuestan por el rigor intelectual. Una de ellas es la idea de crear una Academia de la Historia Mexicana, impulsada por el escritor Francisco Martín Moreno, como un espacio autónomo, plural y profesional que garantice el estudio serio de nuestra historia, libre de vaivenes políticos y manipulaciones coyunturales.
Conocer la historia no es aprender consignas:es comprender procesos, contradicciones, luces y sombras.Es formar ciudadanos capaces de pensar, no de repetir.
En una segunda parte de esta reflexión abordaremos un punto aún más incómodo:
la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos, comenzando por una pregunta fundamental que pocas veces nos hacemos con honestidad: ¿qué tan sólida es nuestra propia formación para acompañarlos críticamente en su aprendizaje?
Porque educar no es delegar.
Educar es involucrarse.
Y hoy, más que nunca, educar es un acto de conciencia y de valentía.