Más allá de las bromas que se puedan realizar en el contexto de la fiesta de los Santos Inocentes, pienso que esta celebración dentro de la octava de la navidad es una oportunidad para que todos nosotros pensemos en el tema de la vida.
Hablar de la vida es un tema complejo, en el existen muchas posturas. La vida es un don, es decir un regalo hecho por Dios a cada uno de nosotros. Para los cristianos, Dios es el dueño de la vida, Él sabe su inicio y su final. Sin embargo, en el intento de un diálogo más amplio nos encontramos con posturas en las que la vida ya no es vista como un don divino.
No se puede abordar el tema de la vida únicamente pensando en una postura en contra del aborto. Quien defiende la vida no sólo se preocupa del tema proaborto, sino también del desarrollo y dignidad de la vida en su totalidad. La vida es un tema transversal, sin ella simplemente no podríamos estar hablando de ella misma en este momento.
La Iglesia siempre estará en contra del aborto, son de esos temas en donde no hay medias tintas. Sin embargo, en el contexto de la fiesta de los Santos Inocentes, estoy cierto que nos hace falta preguntarnos más allá del calificativo moral sobre el acto del aborto. Como Iglesia nos hemos quedado cortos en el acompañamiento de las personas que han incurrido en el aborto.
Cuando llega una persona a nuestros templos después de días o años de haber practicado el aborto, ¿con qué actitud les recibimos? ¿Estamos convencidos como Iglesia de aquella idea del papa Francisco en el que la Iglesia es un hospital de campaña?
Me gustaría que pensáramos en la situación de muchas personas, en su mayoría mujeres que luego de abortar arrastran una culpa que no les deja. Como confesor muchas veces he escuchado esta situación en el confesionario, algunas personas confiesan ese pecado en repetidas ocasiones. Dios les ha perdonado, pues siempre que le pedimos perdón de corazón Él realmente nos perdona. Sin embargo, en el proceso de reconciliación de una persona que incurre en el aborto falta un elemento esencial: el perdón de ellas mismas. Es aquí en donde como Iglesia también podemos colaborar, para que todos asuman la responsabilidad debida al tiempo en que como Iglesia les ayudamos siendo oídos que escuchen el dolor sin juzgar, siendo siempre consientes de nuestra propia fragilidad.
Acompañar la fragilidad es el reto al que también nos lanza el evangelio. La fragilidad es una experiencia humana que requiere un acompañamiento sensible, respetuoso y empático. Acompañar a alguien en un momento de fragilidad, ya sea física, emocional o mental, implica crear un espacio seguro donde la persona se sienta validada y apoyada sin ser juzgada. Desde el Evangelio, estamos llamados a acompañar la fragilidad al ejemplo de Jesús, el cual siempre tuvo la capacidad de detenerse frente al otro con ternura compasión y misericordia. Estoy seguro que la mirada de amor de Jesús es capaz de transformar el dolor y la culpa independientemente de la situación.