Bajo presión
En política, hay palabras huecas que no explican nada, pero absuelven todo. Paridad es una de las estrellas de ese circo, no como principio democrático, sino como palabra administrada por el poder: se pronuncia con pompa, se agita como salvoconducto ético y se usa, cada vez más descaradamente, como alegato para el atraco al sentido común.
La flamante “Ley Esposa”, parida en San Luis Potosí y ya en fase de prueba en otros congresillos locales, es su emblema supremo. Gatopardismo en estado puro: se vende como epifanía igualitaria, como el tardío bálsamo para la afrenta histórica de que ninguna mujer haya ocupado el trono estatal. En el fondo, opera el mandamiento eterno: cambiar todo para que nada cambie. Ni una coma en las estructuras reales del poder.
La reforma viola, perdón: modifica la Constitución local y la Ley Electoral para eternizar lo que ayer eran disposiciones temporales. El argumento, en su fachada impecable, es de manual: si las mujeres han sido vetadas del festín del poder, el Estado, en su infinita bondad, las invitará a la mesa. Para 2027, los partidos sólo podrán presentar candidatas a la gubernatura. Suena a himno feminista. Demasiado perfecto para ser verdad, preciso para ocultar la trampa.
La paridad decretada desde el Olimpo, sin rozar las vísceras del poder real, muta de herramienta justiciera en mero trámite burocrático. No abre la arena: la amaña. No democratiza: coreografía la herencia. No destroza las mafias: las perfuma con laca de género.
El truco consiste en presentar cualquier objeción como un ataque a la igualdad. No lo es. La crítica no va dirigida a la paridad, sino a su uso instrumental por quienes nunca creyeron en ella y hoy la explotan como blindaje. No es una estrategia diseñada por mujeres ni para beneficiar a las mujeres: es un artilugio diseñado por hombres para seguir mandando.
A nadie sorprende que esta ley tenga nombre y apellido, aunque el pudor político impida decirlos. Forzar candidaturas femeninas en un round preciso arma el tablero soñado para que las camarillas en turno aseguren el relevo con fichas de bolsillo. Esposas, hijas, cuñadas. No por currículum político ni por manifiesto de paridad real, sino por su virtud suprema: ser funcionales a un poder masculino que no está dispuesto a ceder nada.
La paradoja es un puñetazo en la cara: una ley que jura extirpar la exclusión la esteriliza en nepotismo de alta gama. Paridad como máscara; feminismo como esmalte. No el feminismo que incomoda, disputa y transforma el poder, sino su versión domesticada, útil para campañas, sucesiones y fotografías oficiales.
Hasta la presidenta Claudia Sheinbaum, con esa elegancia de quien susurra verdades incómodas, lo dejó caer: la alternancia impuesta a la fuerza tiene choques constitucionales y no se resuelve con lemas de TikTok. “No todo es género”, dijo en otro flanco. El género importa en la democracia, sí, pero erigirlo en dogma absoluto puede fabricar desigualdades nuevas. Su postura es pragmática, no necesariamente justa, pero revela que el problema no es la paridad, sino el uso que se hace de ella.
Morena, por su lado, ya desenvainó la acción de inconstitucionalidad. No por brote de feminismo, sino por cálculo crudo: huele que estas piruetas son el puente perfecto para saltarse la veda al nepotismo prevista para 2030. Solución exprés para el dilema eterno: ¿cómo clonar proyectos políticos sin que la ley les muerda las posaderas?
Esto no es un conato doctrinal sobre cuotas rosas; es una reyerta por el reloj y el mapa. La paridad brota cuando cuadra; se sacraliza cuando no estorba. Pero si roza el poder de verdad, se evapora en “excepciones”, “transitorios” o “etapas”.
La “Ley Esposa” no mortifica por su letra, sino por la licencia que concede. No expande derechos: los raciona. No empodera a las mujeres: recicla a los machos de siempre con rebozo de igualdad. No desafía al patriarcado: lo reetiqueta en diversidad incluyente.
Es cinismo en su esplendor: raptar una causa noble para fines rastreros y dormir con la certeza de que cualquier reproche será despachado como machismo retrógrado. Tras décadas de empujar a las mujeres al ruedo, el peligro ya no es la puerta cerrada, sino la puerta entreabierta sólo para aquellas que prometan no mover ni una silla.
Coda. La paridad no llegó para salvarnos; en manos de quienes nunca quisieron perder el control, llegó para rematarnos. Bienvenidos al México de siempre: igualitario en la foto, eterno en el mausoleo.