La revolución que no cayó: Gramsci, Scruton y la resistencia cultural en el México de hoy

Opinión

Durante décadas se nos dijo que el marxismo murió con la caída del Muro de Berlín. Que el experimento había fracasado, que la historia había pasado página. Sin embargo, mientras los regímenes comunistas colapsaban por su propio peso económico y moral, una mutación silenciosa del marxismo avanzaba sin hacer ruido, conquistando no los Estados, sino las conciencias.

Antonio Gramsci comprendió algo que Lenin no logró: que el poder duradero no se impone solo desde la fuerza, sino desde la cultura. Desde la educación, el lenguaje, los símbolos, las narrativas morales. La revolución no debía tomar el Palacio de Invierno, sino las aulas, los medios, las editoriales, los imaginarios colectivos. Así nació la idea de hegemonía cultural: cuando una visión del mundo se vuelve “sentido común” y deja de parecer ideología.

Roger Scruton fue uno de los pocos filósofos que combatió ambas caras del marxismo: la brutal y la amable. Denunció el totalitarismo soviético, pero también el marxismo cultural que, bajo la máscara del progresismo, disolvía tradiciones, vínculos y responsabilidades, sustituyéndolos por identidades frágiles y resentimientos administrados.

Scruton no defendía un conservadurismo reaccionario, sino algo mucho más profundo y exigente: la defensa de la cultura como hogar, de la educación como transmisión, de la comunidad como herencia viva.

México hoy: cuando la educación deja de formar y empieza a adoctrinar

En el México actual, esta batalla cultural es evidente. El problema no es discutir teorías de género, nuevas identidades o agendas sociales. El problema surge cuando estas narrativas sustituyen el núcleo formativo, cuando se enseñan consignas antes que pensamiento, adhesiones antes que comprensión.

Cuando un estudiante aprende primero a nombrarse ideológicamente antes que, a pensar matemáticamente, lógicamente, históricamente, algo se ha invertido. Scruton advertía que una educación capturada por ideologías no forma ciudadanos libres, sino sujetos dependientes del discurso dominante.

La verdadera educación no impone identidades; enseña a habitar el mundo con juicio propio.

El otro extremo: religión, poder y fractura social.

Pero el problema no termina ahí. Se vive también el fenómeno inverso: la injerencia abierta de iglesias cristianas en la vida política, alineadas sin pudor con proyectos de poder. Cuando la fe se vuelve herramienta electoral y el púlpito se convierte en tribuna partidista, la religión deja de ser conciencia moral y se transforma en instrumento de legitimación del poder.

Scruton alertaba sobre este peligro: toda ideología sea secular o religiosa que busca colonizar la vida pública termina dividiendo a la sociedad en fieles y enemigos.

Y el resultado es devastador: familias fracturadas, amistades rotas, comunidades polarizadas, donde ya no se dialoga, sino que se etiqueta; donde no se piensa, se milita.

¿Cómo resistir? Scruton no proponía revolución, sino arraigo

La respuesta de Scruton no era tomar las calles ni imponer un discurso contrario. Su propuesta era más incómoda y profunda: Recuperar el pensamiento crítico real, no el simulacro ideológico. Defender una educación que enseñe a razonar antes que a repetir. Proteger la cultura cotidiana: la familia, el lenguaje, la conversación, la cortesía. Resistir la simplificación moral del mundo en buenos y malos. Volver a enseñar que no todo desacuerdo es opresión, ni toda tradición es violencia.

La resistencia cultural no grita: forma.

No cancela: transmite.

No destruye: cuida lo que merece ser heredado.

Pensar como acto de valentía

En tiempos donde todo exige tomar partido inmediato, pensar con calma se vuelve un acto subversivo. Scruton nos recordó que la verdadera libertad no nace de romperlo todo, sino de saber qué vale la pena conservar.

México no necesita más consignas ni más bandos enfrentados. Necesita ciudadanos capaces de pensar sin miedo, educar sin adoctrinar, creer sin dominar y disentir sin destruir.

Esa es, hoy, la forma más urgente de resistencia. Unidad, Unidad, y Unidad.

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