Cuando la filosofía deja de iluminar y empieza a confundir

Opinión

Una lectura necesaria desde Roger Scruton

Roger Scruton, filósofo británico incómodo para muchos y profundamente honesto para otros, insistió a lo largo de su obra en una idea tan sencilla como olvidada: la filosofía está llamada a aclarar la experiencia humana, no a oscurecerla. Cuando el pensamiento se vuelve innecesariamente críptico, cuando el lenguaje se enreda en sí mismo, deja de servir a la verdad y empieza a servir al ego.

Scruton fue especialmente crítico con cierta tradición filosófica contemporánea que, bajo la apariencia de profundidad, construye discursos tan densos, tan enmarañados, que terminan alejando al lector común y generando una sensación profundamente deshumanizante. El riesgo es enorme: se confunde complejidad con confusión, rigor con oscuridad, pensamiento profundo con jerga inaccesible.

El problema no es que la filosofía sea difícil. El problema es cuando parece deliberadamente incomprensible. Cuando el lenguaje deja de ser un puente y se convierte en una muralla. Scruton advertía que este tipo de discurso no sólo excluye, sino que produce un efecto psicológico nocivo: hace sentir al lector torpe, insuficiente, incapaz de pensar. No porque no pueda pensar, sino porque se le niega la posibilidad de comprender.

Hay, decía Scruton, una forma de poder en ese lenguaje. Un poder simbólico. Quien no entiende, se somete. Quien no puede preguntar, asiente. Y así, algunas corrientes filosóficas y ciertos pensadores muy celebradosterminan creando una especie de sacerdocio intelectual, donde sólo unos cuantos “iniciados” parecen capaces de acceder al sentido, mientras el resto queda condenado a la admiración muda.

Pero la filosofía no nació para eso.

Nació en la plaza pública, en el diálogo, en la pregunta compartida. Nació para ayudarnos a vivir mejor, a pensar con mayor claridad, a nombrar el dolor, el bien, el mal, el amor, la responsabilidad. Cuando el lenguaje filosófico se vuelve un laberinto sin salida, traiciona su vocación más profunda.

Scruton defendía algo casi subversivo en nuestro tiempo: la claridad es una forma de ética. Pensar claro es un acto de respeto hacia el otro. Es reconocer que el pensamiento no es un trofeo, sino un servicio. Que la inteligencia no se mide por cuán complicado hablas, sino por cuán comprensible puedes hacer lo complejo sin banalizarlo.

En una época saturada de discursos grandilocuentes, de conceptos inflados y palabras que suenan profundas, pero dicen poco, volver a Scruton es un acto de higiene intelectual. Nos recuerda que, si un pensamiento no puede ser explicado con honestidad, quizá no esté del todo pensado. Y que sentirnos “estúpidos” frente a ciertos textos no siempre es señal de ignorancia, sino, muchas veces, señal de una filosofía que olvidó para quién existe.

La filosofía que vale la pena no humilla: acompaña.

No confunde: orienta.

No se impone: dialoga.

Y tal vez hoy, más que nunca, necesitamos menos palabras que se exhiben y más palabras que nos devuelvan la dignidad de comprender.

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