Bajo presión
Para alguien como Odiseo, cuya principal característica es la astucia y el deseo de saber, la promesa de conocer todos los secretos del mundo es la tentación definitiva. El personaje de Homero entiende algo esencial: el peligro no está en la fuerza bruta, sino en la distracción. Las sirenas no atacan, cantan. No empujan al naufragio, seducen. Ofrecen conocimiento, halago, promesa.
Siguiendo el consejo de Circe: “pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda… mas si tú deseares oírlas, haz que te aten de pies y manos, firme junto al mástil”, Odiseo decide una cosa incómoda: escuchar sin perder el control. Atarse para no caer. Confiar en la atadura como acto de lucidez, no de cobardía.
Las sirenas prometen conocimiento absoluto. A Odiseo le aseguran que saben todo lo que ocurre en la tierra, todo lo que griegos y troyanos han sufrido por voluntad de los dioses. Le dicen que quien las escucha no sólo se marcha deleitado, sino más sabio. La promesa es poderosa porque parece razonable: saber más siempre suena mejor.
Algo muy parecido ocurre hoy con la curaduría informativa a la que están obligados los medios de comunicación. “Síguenos y sabrás más”. La promesa es increíble y, a diferencia del canto mitológico, las nuevas tecnologías sí pueden cumplirla. El scroll infinito permite ampliar casi hasta el delirio las referencias sobre un hecho, ramificarlo sin descanso, vincular datos, voces, antecedentes, versiones, documentos.
Hoy tenemos literalmente en la mano la posibilidad de vincular hecho tras hecho hasta construir un mural que permita acceder a un panorama donde la verdad pueda aparecer. O, al menos, una verdad hecha de hechos verificables, contrastables, cuantificables, un universo donde la constatación cualitativa todavía sea posible.
A diferencia del Odiseo homérico, hoy decidimos escuchar a las sirenas sin amarrarnos al mástil. Dejamos que el sonido y la furia nos lleven. Permitimos que el morbo suplante al conocimiento y que la promesa de comprender se disuelva en el placer de mirar. Que el huracán del canto nos arranque de la embarcación: total, caer también es una experiencia.
Algo muy similar ocurrió con la reciente elección del nuevo ombudsperson por parte del Congresito. Antes que mantener la exigencia mínima de rendición de cuentas: la explicación de la elección, el análisis de las razones por las que alguien fue elegido o rechazado, la justificación del número de votos obtenidos; permitimos que el Congresito hiciera lo que mejor sabe hacer: esconder la cabeza. Sí, como avestruz, con el culo de fuera.
Veinte votos a favor de Luis Enrique Pérez de Loera. 20. ¿Por qué? ¿Con base en qué criterios? ¿Tras qué deliberación? ¿Con qué evaluación previa? Nadie lo sabe. Nadie lo explica. Nadie parece considerarlo urgente.
Nada de eso importa. En lugar de discutir la opacidad del procedimiento, la ausencia de criterios, la independencia comprometida, la conversación pública se desplaza hacia el choque personal entre un abogado y un diputado. Lo importante no es el fondo, es el show. La sirena canta, la nave se desvía, y el asunto central vuelve a quedar fuera de cuadro.
Estentóreamente, una estación de radio convierte una disputa particular en asunto público. Alan Capetillo grita “fraude” tras la decisión del Congresito. Un reportero distinguido, más por su habilidad para mamar del erario que por su rigor, le da micrófono a un diputado que en las mismas prácticas anda. En el intercambio se revela que la discapacidad del legislador no es congénita, sino producto de un litigio. Pero eso se pierde. Todo se pierde. El dato, la implicación ética, la discusión institucional. Lo único que queda es el ruido.
La distracción cumple su función con precisión quirúrgica. La atención pública, ya debilitada, se desplaza por completo hacia el escándalo personal. Se grita “fraude”, se dramatiza la afrenta, se teatraliza la indignación. Fernando Alférez bracea, patea el agua para no hundirse, convierte la tribuna y los micrófonos en salvavidas simbólicos. Sube a la palestra para tener algo que contar sobre sí mismo.
Alan Capetillo hace lo que sabe hacer: concentrar reflectores. Tensa la cuerda del conflicto, desnuda la mezquindad del diputado invidente que realmente no es ciego, estira el intercambio hasta donde haga más ruido. Él mismo lo ha reconocido: su objetivo era la atención. Eso obtiene. Todo ocurre ante nuestros ojos y parece urgente. No lo es. No es ahí donde se juega el sentido del proceso.
Mientras nos entretenemos con este pleito de verduleras de bajo presupuesto, la falla estructural queda intacta. Qué maravilla de distracción. La ardilla cruza la escena, todos aplaudimos extasiados, y el avestruz, con el trasero al aire, sigue campando a sus anchas.
Wilfrido Isamí Salazar Rule, otro de los aspirantes al cargo, introduce una nota disonante. No le interesa el escándalo frívolo. Propone algo radical en estos tiempos: analizar el procedimiento. Señala las diferencias con procesos anteriores, subraya la ausencia de videos, la falta de escrutinio, la opacidad deliberada.
El colmo es que el electo, ese prodigio de idoneidad, el delfín azul, respondía preguntas como si estuviera en un examen de primaria, de los que se copian del vecino. ¿Militancia activa en el partido azul? Por favor, detalle menor. Como pedirle pureza a un santo laico.V
Volvamos al espectáculo, Fernando Alférez convierte el pleno en su reality show personal. Grita, patalea, exhibe su indignación como capital político. Alan Capetillo le responde con la misma moneda. Juntos componen una sinfonía de insultos que se consume con rapidez, como todo lo diseñado para el clic.
¡Bravo! Han logrado lo imposible: que un proceso de rendición de cuentas parezca un capítulo de la Rosa de Guadalupe, ambos zarandearán su melena al aire que nadie sabe de dónde viene. El micrófono amplifica, el público consume, el algoritmo recompensa. Democracia 2.0: scroll infinito de estupidez.
La distracción no cancela el fondo. Lo sepulta. Mientras perseguimos ardillas, el Congresito avanza sigiloso. Ahora, con este ombudsperson electo en la penumbra y con militancia conocida, la Comisión de Derechos Humanos corre el riesgo de convertirse en un eco mudo.
¿Imparcialidad? Como si importara en un sistema donde los votos son un misterio digno de Agatha Christie. Preferimos el ruido al dato. El canto al mástil. Las sirenas a la astucia.
Confiar en las ataduras no es heroísmo. Es el ABC de no naufragar en esta posverdad tropical.
Coda. Al final, todos salimos ganando. Tenemos sabiduría infinita en el scroll, un ombudsperson que promete defender derechos mientras se pinta de blue, y un circo permanente para no aburrirnos. ¿Atarse al mástil? Qué idea tan anticuada. Mejor sigamos cantando con las sirenas hasta que el barco encalle. Total, será interesante.
@aldan