Bajo presión
De algún tiempo a esta parte, a los diputados de Aguascalientes les ha dado por ponerse apodos. Como si el problema fuera de marketing y no de vergüenza. Los de la LXVI Legislatura decidieron identificarse como “la de la gente buena”. No lo son. El actual Congreso estatal mantiene —y perfecciona— una tradición de mediocridad que el poder judicial viene arrastrando desde hace una década. No es una desviación: es una vocación compartida.
En este llamado “lunar azul”, donde Morena no arrasó en las pasadas elecciones, la relación entre los Poderes está completamente desequilibrada. Como en el ámbito federal, Judicial y Legislativo viven pendientes de cumplir los deseos del Ejecutivo. En Aguascalientes, aunque formalmente la mayoría la tiene el Partido Acción Nacional en alianza con PRI y PRD, en los hechos responden a las instrucciones de Palacio de Gobierno. La oposición, raquítica, se mueve entre divisiones internas y el montaje de espectáculos. Eso es nuestro Congresito: falta de experiencia, exceso de intereses personales y una obsesión infantil por adivinar qué es lo que la gobernadora quiere antes de que lo quiera en voz alta.
El lunes 15, con 20 votos a favor, el Congreso designó a Luis Enrique Pérez de Loera como nuevo titular de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Aguascalientes. A partir del 1 de enero sustituirá a Yessica Pérez Carreón, quien buscó la reelección y apenas obtuvo seis votos. El desenlace era conocido desde antes de que iniciara la función; lo que sorprende es el grado de torpeza con que se administró el simulacro.
El proceso de selección del titular de la CEDHA fue una catástrofe. No por una violación abierta a la norma, sino por algo peor: la incapacidad de los diputados para entender qué significa transparencia, máxima publicidad y rendición de cuentas. En las formas, todo ocurrió conforme al protocolo: convocatoria, nueve personas inscritas, entrevistas, un examen elaborado por la Universidad Intercultural para la Igualdad y, finalmente, un dictamen que el presidente de la Comisión Legislativa de Derechos Humanos leyó a trompicones ante el pleno, como quien cumple un trámite incómodo y quiere terminar rápido.
Los nueve aspirantes llegaron intactos al dictamen elaborado por la comisión que preside Omar Alejandro Valdés Reyes (PAN), acompañado por Lucía de León Ursúa (PRI), Rodrigo Iván González Mireles e Irma Reza de la Cruz (Morena) y María Guadalupe Mendoza Medrano (PAN). Es difícil exagerar la incapacidad de los diputados para dimensionar la responsabilidad que tenían entre manos. Asustados por la cercanía de 2027 y por la posibilidad de no ser tomados en cuenta, optaron por esconderse: evitaron a los medios, le dieron la espalda a la opinión pública y permitieron que, desde redes sociales, se desvirtuara el proceso con anzuelos simplificadores del tipo “queremos la reelección porque nos apoya” o “no la queremos porque los apoya”, mi papá es bombero y te moja.
Si de verdad quisieran sostener el membrete de “gente buena”, los diputados tendrían que ensayar algo que no practican: dignidad. Esa que se construye en el debate, en la deliberación abierta, en el compromiso con la palabra dada. No lo hicieron. Cuando comenzó a circular el rumor —que un familiar incómodo quiero o que fue un súper asesor— de que desde Palacio se pretendía imponer a Luis Enrique Pérez de Loera como ombudsperson, los integrantes de la Comisión de Derechos Humanos decidieron esconder la cabeza en el lodo. No arriesgarse fue su única línea política.
Ese vacío fue ocupado por el ruido. El proceso permitió que, desde el ladrillo del número de seguidores y la influencia imaginaria, las redes sociales llenaran de morbo la discusión. En columnas amigas y en radio pasillo se daba por hecho quién era el elegido; en redes, los intereses movieron a sus influencers para armar campañas contra Yessica Pérez Carreón, repitiendo análisis incompletos sobre la labor de la CEDHA. La elección se transformó en un concurso grotesco por demostrar quién la tiene más grande: más retuits, más views, más compartidos, más me encorazona y cientos de comentarios de imbéciles a los que sólo les importa confirmar su ignorancia o silenciar al otro con un insulto.