Fiesta en lo del Dr. Hermes

Periplo canicular

Hay canciones que envejecen mal y otras que se vuelven incómodamente precisas. Fiesta en lo del Dr. Hermes pertenece a la segunda categoría. No porque hable de un país en particular, sino porque retrata un mecanismo universal. El del poder no se ejerce a la luz, sino en la sobremesa; no en el discurso público, sino en el favor; no en la ley escrita, sino en la llamada correcta. No hay humo ni fuego visibles, pero todo se cocina ahí.   La fiesta no es un evento. Es un sistema.   En la canción, el doctor Hermes no amenaza ni obliga. Invita. Abre la puerta, sirve la copa, sonríe. Y mientras los invitados llegan, se teje algo más profundo que una convivencia. Una red. Favores que no parecen favores, lealtades que no son vociferadas, silencios que se entienden. Nadie firma nada, pero nadie sale igual que como entró. Así funciona el poder real en casi cualquier parte del mundo. Así ha funcionado siempre.   El problema no es que existan estas fiestas. El problema es que nuestra sociedad está entrenada para aceptarlas como normales. Para asumir que así se asciende, que así se reparte, que así se decide. Acá nosotros. Allá ellos. Una frontera que no necesita muros porque se sostiene con costumbre.   Aguascalientes no es ajeno a esta lógica. Basta observar la reciente designación del nuevo titular de la Comisión de Derechos Humanos del Estado. Luis Enrique Pérez de Loera fue nombrado con una mayoría amplia, mediante voto por cédula, es decir, anónimo. La titular saliente quedó lejos de la reelección. El procedimiento fue legal. Nadie discute eso. Como en toda buena fiesta del doctor Hermes, todo ocurrió dentro de las reglas formales.   Las dudas no están en el trámite, tenemos que ir al fondo.   Diversos organismos civiles han señalado que el nuevo ombudsperson carece de una trayectoria sólida y reconocida en la defensa de los derechos humanos. Él responde que su experiencia en Asuntos Internos, atendiendo quejas contra policías, fue una escuela diaria en la materia. También ha reconocido su militancia en el PAN y asegura que está en proceso de renunciar. Todo eso puede ser cierto. Todo eso puede ser suficiente para algunos. No me consta lo contrario. Como no nos consta casi nada de lo que ocurre realmente en estas designaciones.   Y ese es el punto.   Las comisiones de derechos humanos no nacieron para ser espacios de confianza del poder, sino de vigilancia del poder. Su legitimidad no se construye solo con votos legislativos, sino con credibilidad social. Cuando la percepción pública es que los cargos llegan por cercanía política, por dedazo o por invitación a la fiesta correcta, el daño no es personal, es institucional. No importa quién sea el invitado de esta noche: la dinámica es la misma.   Como en la canción, siempre habrá quienes miren desde afuera con desprecio, pero, sobretodo, con deseo. Porque muchos critican la fiesta no porque exista, sino porque no fueron invitados. Y ahí está una de las trampas más perversas del sistema. Convertir la crítica en resentimiento y el acceso en aspiración. Soñar no con cambiar la mesa, sino con sentarse en ella.   Mientras tanto, el discurso público se mantiene limpio, correcto, presentable. Nadie habla de favores, solo de perfiles. Nadie menciona compromisos, solo experiencia. Nadie reconoce la red, solo el currículum. Y así, entre copas y acuerdos no escritos, se reparten espacios que deberían servir para incomodar al poder, no para llevarse bien con él.   La canción lo deja más que claro. No hay contrato que firmar, pero nadie puede salir después de entrar. Porque el precio no siempre se paga con dinero. A veces se paga con silencio. A veces con prudencia excesiva. A veces con omisiones estratégicas. A veces con entender hasta dónde sí y hasta dónde no.   Nuestra tragedia no es que existan doctores Hermes. Es que hemos normalizado la fiesta. Que ya no nos escandaliza la opacidad, que ya no exigimos procesos verdaderamente abiertos, que ya no creemos posible otra forma de organizar el poder. Hemos aprendido a vivir en círculos cerrados y a llamar realismo a la resignación.   Por eso conviene volver a esa canción incómoda. No para buscar culpables concretos, sino para reconocer el mecanismo. Porque mientras sigamos aceptando que las decisiones más importantes se toman lejos de la realidad cotidiana, lejos de la ciudadanía, lejos de la luz, seguiremos siendo espectadores de una fiesta a la que nunca nos invitaron, pero que igual pagamos.   Y no, no se trata de teorías conspirativas ni de clubes secretos con autos de lujo. Se trata de algo más simple y más viejo. El poder cuidándose a sí mismo, brindando entre conocidos, repitiendo el ritual.   Acá nosotros. Allá ellos.
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