Intersecciones en Clave de Género
Hay semanas en las que México nos recuerda que la realidad siempre supera a la ficción más delirante. Esta es una de esas semanas. Pedro Haces, el empresario constructor convertido en estrella involuntaria del melodrama político nacional, ha logrado lo imposible: unir en un mismo acto circense a “El Limones”, Omar García Harfuch y la CATEM. Si esto fuera Netflix, nos quejaríamos de que el guion es inverosímil. Pero aquí estamos, viviendo el capítulo más surrealista de una serie que no pedimos pero que no podemos dejar de ver.
Empecemos por lo obvio: Pedro Haces no es víctima, es un caso de estudio. Un empresario que construyó su imperio en el terreno pantanoso donde el cemento se mezcla con la política, donde las licitaciones huelen a café compartido en oficinas gubernamentales, y donde los contratos públicos parecen tener apellidos predeterminados. Pero ahora resulta que Haces es el eslabón débil, el que no supo jugar bien sus cartas, el que terminó siendo más noticia por sus relaciones que por sus construcciones. ¿Casualidad? En México, la casualidad murió hace décadas, sepultada bajo toneladas de concreto de dudosa procedencia.
La detención de José Alberto García Vilano, alias “El Limones” —porque en este país hasta los criminales tienen apodos que suenan jugosos—, abre una ventana hacia el submundo que todos intuimos pero que pocos se atreven a nombrar. “El Limones”, presunto operador del CJNG, supuestamente vinculado con extorsiones a empresarios. ¿Y quién aparece en esa lista de “protegidos-extorsionados”? Exacto: nuestro legislador Pedro Haces. La narrativa oficial nos pide creer que esto es una victoria de la justicia. Omar García Harfuch, flamante Secretario de Seguridad Ciudadana, se anota un éxito mediático. Las cámaras lo aman, el poder lo respalda, y la captura de “El Limones” se vende como evidencia de que el sistema funciona.
Pero aquíes donde la intersección se pone jugosa. Porque resulta que la CATEM —esa central obrera que históricamente ha sido todo menos transparente— también orbita en este ecosistema de poder. ¿Qué hace un sindicato en medio de este enredo? Pues lo que siempre han hecho: operar en las sombras del poder, negociando favores, moviendo piezas, asegurándose de que quienes controlan la mano de obra también controlen las conversaciones que importan. La CATEM no es un actor secundario; es parte del engranaje que sostiene esta maquinaria oxidada que llamamos “sistema político mexicano”.
Y en medio de todo esto, Harfuch emerge como el héroe conveniente. Guapo, mediático, con un pasado de sobreviviente de atentados que le otorga una armadura de credibilidad inquebrantable. Pero seamos honestas: en un país donde la justicia es selectiva y los operativos parecen diseñados más para las portadas que para desmantelar estructuras criminales, ¿realmente creemos que la captura de “El Limones” es el principio del fin del CJNG? ¿O es más bien un mensaje, una demostración de fuerza, un recordatorio de quién manda y quién no supo pagar su cuota?
Porque aquí está la verdadera intersección, el punto donde todo se cruza: el poder en México no es masculino o femenino, no es de derecha o de izquierda, no es legal o ilegal. El poder en México es transversal, permeable, promiscuo. Se acuesta con empresarios y criminales, con sindicalistas y secretarios de Estado. El poder en México tiene la habilidad camaleónica de presentarse como justicia cuando conviene, como protección cuando es necesario, y como amenaza cuando alguien olvida las reglas del juego.
¿Acaso Pedro Haces olvidó las reglas? O tal vez nunca las entendió del todo. Creyó que su cercanía con el poder lo hacía intocable, que sus construcciones eran monumentos a su astucia, cuando en realidad eran apenas castillos de naipes en un territorio donde el viento sopla según los intereses de quienes controlan el clima político. “El Limones” es el chivo expiatorio perfecto: un criminal con nombre pintoresco, un rostro para el miedo colectivo, una captura para las estadísticas. Harfuch suma puntos. La CATEM sigue operando en las sombras. Y Haces aprende —tarde, muy tarde— que en este país no importa cuánto construyas si no sabes con quién edificar alianzas.
La pregunta que deberíamos hacernos, la que nos desvela aunque prefiramos ignorarla, es esta: ¿Cuántos “Limones” más hay operando con total impunidad? ¿Cuántos Pedro Haces siguen construyendo sus imperios sobre bases corruptas? ¿Cuántos Harfuch seguirán siendo celebrados, -como en su tiempo Garcia Luna- mientras el sistema que permite todo esto permanece intacto? ¿Y cuántas organizaciones como la CATEM continuarán siendo cómplices silenciosos de este teatro del absurdo?
En clave de género, esto es especialmente revelador. Porque en este entramado de poder masculino —empresarios, criminales, policías, sindicalistas—, las mujeres seguimos siendo espectadoras forzadas de un espectáculo que nos afecta directamente pero en el que rara vez tenemos voz protagónica. Las extorsiones, la violencia, la corrupción: todo esto tiene rostro de mujer en las víctimas, pero muy pocas veces en quienes toman las decisiones o rinden cuentas.
México es un país de intersecciones peligrosas. De caminos que se cruzan sin semáforos, donde el más poderoso tiene el paso y el resto solo puede esquivar. Pedro Haces, “El Limones”, Harfuch y la CATEM son apenas cuatro puntos en un mapa infinitamente más complejo, más oscuro, más desgarrador. Pero nos sirven como recordatorio: aquí, el poder no se cuestiona, se negocia. Y quien no sabe negociar, termina siendo la noticia del día, el ejemplo perfecto, la advertencia para todos los demás.
Así que sí, celebremos la captura de “El Limones”. Aplaudamos a Harfuch. Señalemos a Haces. Pero no perdamos de vista el bosque mientras nos distraen con árboles pintorescos. Porque mientras nosotros discutimos quién es más culpable en este sainete, ellos —todos ellos— ya están escribiendo el siguiente capítulo.
Y créanme: será todavía más indignante que este.
P.D. Las intersecciones más peligrosas no están en las calles. Están en los pasillos del poder, donde los empresarios, el crimen y la política se mezclan sin supervisión. Y ahí, lo hemos visto una y otra vez, no hay ley que valga.