La gran distracción nacional, política arriba, educación abajo rumbo a 2027
¿Qué lugar debería ocupar la educación la suya, la mía, la de cualquier ciudadano, en un país que avanza hacia las elecciones de 2027 envuelto en ruido, saturación informativa y pasiones prefabricadas? En México, donde la política lleva años convertida en espectáculo, hacerse esta pregunta es casi un acto subversivo. Desde que López Obrador instaló la polarización o politización extrema como método, el espacio público dejó de ser deliberativo, la emoción sustituyó al argumento, la lealtad sustituyó al pensamiento crítico.
En esta antesala electoral navegamos en un océano de datos algorítmicos que moldean la conversación pública sin que lo notemos. Lo que prometía ser la sociedad del conocimiento derivó en un ecosistema que premia la reacción sobre la reflexión. Byung-Chul Han lo resume bien “la sobreinformación no trae claridad, sino confusión”. Y esa confusión es materia prima para los estrategas de campaña rumbo a 2027.
En este entorno prosperan dos grupos, los tecno-feudales que monetizan nuestra atención y los políticos que la convierten en capital electoral. Unos facturan clics; otros, votos. Ambos operan sobre un ciudadano exhausto, reactivo y atrapado en trincheras digitales donde la estridencia pesa más que la evidencia.
Con los partidos moviendo fichas para 2027, unos defendiendo la narrativa de la 4T, otros intentando resucitarse como alternativa; la educación vuelve a quedar fuera del plano central. Está en los discursos, sí, pero solo como escenografía, nunca como política de Estado.
Habrá becas, promesas y eslóganes. Pero confundir becas con política educativa es apostar por la ilusión en lugar de la transformación. Mientras discutimos quién lanzó la frase que genere mas tendencia en X, millones de estudiantes atraviesan un sistema que ya no sabe para qué existe.
La escuela ha sido reducida a contenedor social. Interesa que los alumnos estén, no que aprendan. Las tareas del docente se expanden, contener, mediar, sostener emocionalmente, pero las capacidades pedagógicas no. El aula es hoy un espacio que administra desigualdades en lugar de corregirlas.
Y el maestro, sostén de lo que queda del sistema, vive atrapado entre expectativas imposibles, ser educador, psicólogo, bombero emocional, gestor comunitario y mediador de crisis, mientras lidia además con el catecismo “woke” y los excesos del discurso de derechos humanos que lo responsabilizan de todo y lo protegen de nada.
La OCDE ha advertido que México combina desgaste docente extremo, baja inversión educativa y exigencias desproporcionadas a los docentes.
Conviene recordar algo trascendente, ningún país crece más que su escuela. Ninguna nación avanza más allá de lo que sus maestros pueden enseñar.
Sin embargo, la autoridad supone que con tres letras, NEM, y un libro “sin recetas”, ya cumplió. Lo más delicado es, quizá, que nos estamos acostumbrando a bajar expectativas. A normalizar que algunos alumnos “no pueden”. A confundir inclusión con permanencia vacía. Eso no es justicia educativa; es renuncia y traición silenciosa, para nuestros jóvenes.
Rumbo a 2027, lo preocupante no es lo que dicen los aspirantes, sino lo que evitan, financiamiento real, formación docente, infraestructura, autonomía escolar, modernización pedagógica. Ninguno quiere tocar esos temas porque no generan likes ni incendios digitales.
Mientras Asia mira a Marte, nosotros seguimos atrapados en discusiones superficiales alimentadas por algoritmos y estrategas de campaña.
La educación no puede seguir siendo utilería electoral. Debe ser la estrategia de Estado más seria y más protegida de la histeria partidista. Pero seguimos apostando a que la escuela funcione por inercia y que el maestro haga milagros sin herramientas.
Si no recuperamos el sentido profundo del acto educativo, que es el del aprendizaje-enseñanza, no solo el estar, las campañas serán anestésicos y las becas, placebos. La verdadera batalla para el progreso nunca ha estado en los mítines ni en las redes, sino en las aulas que hemos dejado a su suerte.
En un país que presume vocación transformadora, conviene recordar lo que José Vasconcelos advertía con lucidez histórica. “Educar es sembrar, y el sembrador no siempre ve la cosecha.”