Alegres en la esperanza

El tercer domingo del tiempo del adviento se le suele conocer como “gaudete”. Su nombre hace alusión a la antífona de entrada de la misa en la que se puede leer: "Gaudete in Domino semper", en latín, que se traduce como "¡Alegrense siempre en el Señor!".

Este domingo la liturgia nos invita al gozo, pues cada vez está más cerca la Navidad y con ello la celebración que hace que la tensión en la que nos pone el adviento concluya: el Emmanuel, el Dios con nosotros cada vez está más cerca.

Hoy podemos decir que el adviento nos invita a dos actitudes que tal vez para algunos resulten contradictorias: alegrarnos y esperar. Dos verbos que los creyentes estamos llamados a vivir.

¿Qué esperar? O ¿a quién esperar? ¿se vale hablar de esperanza cuando la realidad actual nos da tantos motivos para vivir deselantados? Nosotros no esperamos algo, sino a alguien: Jesucristo. Él es el único que no defrauda y sólo en Él la confianza del ser humano debe ser depositada. Las personas, las instituciones y la misma Iglesia no está excenta de fallar y abandonar. Sin embargo, Jesucristo, el motivo de nuestra esperanza no falla ni abandona. Es por eso que quien mira a Jesús encuentra esperanza, alivio y consuelo.

En el momento social en el que nos toca vivir en donde es fácil encontrarse con el desencanto y desgaste de las instituciones hablar de esperanza pareciera un tema de locos. Tal vez convendría más hablar del ser humano como un caminante sin sentido. Pero la respuesta al sin sentido de la vida y a la desesperanza siempre será Jesucristo.

El salmo 23, describe muy bien la manera en la que el Señor se hace presente en la vida de cada uno de nosotros:

Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Es decir Dios camina con nosotros en cada momento, en las buenas y en las no tan buenas. Dios no renuncia a caminar junto a nosotros, incluso cuando nosotros nos negamos a caminar con Él. La cercanía y fidelidad de Dios por cada uno de nosotros se convierten en uno de los motivos por los que la esperanza cristiana se mantiene sólida e inamobible.

De la presencia del Señor en la vida de las personas surge la alegría, no entendida únicamente como una sonrisa o una risa, sino como una convicción que llena al ser humano. Sin Jesús no hay alegría auténtica.

Hablar de esperanza y alegría desde la fe en Jesucristo, se convierte en un binomio inseparable. Quien vive en alegría y esperanza es capaz de salir de sí mismo para ponerse en contacto con el otro. No podemos pretender tener una relación con Dios de manera únicamente vertical. Quien se encuentra con Dios siempre tiene la capacidad de salir al encuentro del hermano. Pienso que es en el encuentro con los demás en donde el Señor nos confirma en la esperanza y la alegría.

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