“La hora de los depredadores” el nuevo ensayo del politólogo italo-suizo Giuliano Da Empoli, publicado en francés en 2025 y recién traducido al español plantea una metáfora tan provocadora como certera: la Conquista no es un episodio del pasado; es una estructura que se repite cada vez que un poder emergente doblega a un poder agotado.
Da Empoli abre su libro comparando la Conquista de México con la que hoy ejercen los gigantes tecnológicos sobre los gobiernos contemporáneos. La escena es inquietantemente familiar: los políticos del siglo XXI se conducen ante los conquistadores tecnológicos como Moctezuma frente a Hernán Cortés. Eligen no decidir. Prefieren la fascinación al análisis, la sumisión a la responsabilidad, la esperanza de salvar su imagen antes que la defensa del interés público.
Los Musk, los Zuckerberg o los Bezos aterrizan en sus jets privados en cualquier capital del mundo. Los recibe un líder que ya no gobierna, sino que administra símbolos. Después de los honores y las fotos, llega la escena final: una reunión privada donde el gobernante implora inversiones, laboratorios de inteligencia artificial o centros de innovación que rara vez llegan. Y si no llegan, al menos queda la selfie, el trofeo simbólico de una rendición elegante. (Nuevo León).
Pero en México esta lógica no es exclusiva de Silicon Valley. Hay otro conquistador ante el cual el poder político también se ha comportado como Moctezuma: el crimen organizado.
Durante décadas, una parte significativa del Estado mexicano ha optado por la misma estrategia fatal: no decidir. Se gobierna mirando hacia otro lado, negociando silencios, administrando equilibrios frágiles. Y así, como el tlatoani que creía que los invasores eran dioses, muchos gobiernos han cedido territorios, recursos y comunidades ante un poder que no reconoce límites.
Si los titanes tecnológicos moldean nuestra vida digital, los narcos moldean la vida diaria en vastas regiones del país. Regulan economías, imponen leyes de facto, controlan rutas, sostienen su propio orden. Y los políticos, temerosos de provocar la furia del depredador, repiten el gesto de Moctezuma: reciben, conceden, callan, esperan.
El paralelismo es doloroso, pero inevitable: Los gigantes tecnológicos ejercen un dominio silencioso sobre el comportamiento social.
Los grupos criminales ejercen un dominio visible sobre territorios completos.
Y la política, debilitada y ensimismada, se mueve entre ambos poderes como un actor que ha extraviado su guion.
La ciudadanía queda atrapada en un doble frente: entre quienes diseñan las plataformas que gobiernan nuestros deseos, y quienes controlan regiones enteras con violencia. En ambos casos, el Estado aparece desdibujado, sin soberanía ni músculo moral.
La pregunta que Da Empoli deja abierta, y que en México adopta un tono aún más urgente, es ésta: ¿Cuántas veces más repetiremos la escena de Moctezuma entregando su dignidad, antes de recuperar el derecho a decidir nuestro propio destino?
Porque la conquista moderna no llega con barcos ni armaduras. Llega con algoritmos o con fusiles. Pero el mecanismo es el mismo: un poder fascinante avanza cuando un poder agotado renuncia a gobernar.
Reconocerlo es el primer paso para reconstruir el horizonte democrático que aún nos pertenece. Unidad, Unidad y Unidad.