El único deseo de alguien que no quiere morir es llegar a enero

Hay días en los que el deseo no es vivir bien, ni ser feliz, ni cumplir metas. Hay días en los que el único deseo posible es llegar a enero. No como símbolo de esperanza, sino como una fecha concreta, arbitraria, casi ridícula. Enero como quien dice: un día más. Un mes más. Un paso que no exige fe, solo inercia.

Nadie habla de ese estado intermedio. No es exactamente querer morir, pero tampoco es querer vivir. Es estar suspendido en una especie de vigilia cansada, donde el cuerpo sigue respirando por costumbre y la mente se limita a negociar con el tiempo. “Solo hoy no”, se dice. “Solo esta semana”. “Solo hasta que cambie el año”. Y así, la vida se convierte en una prórroga constante.

El error está en creer que el deseo suicida siempre es un impulso hacia la muerte. Muchas veces es, en realidad, una fatiga extrema de existir sin sentido. No se quiere desaparecer; se quiere que el peso cese. Que el ruido baje. Que la exigencia de sentir algo se apague por un momento. Y cuando eso ocurre, el deseo se vuelve mínimo, casi infantil: llegar a enero. Ver si algo cambia. Ver si uno cambia.

Viktor Frankl escribió que al ser humano se le puede arrebatar todo, excepto una cosa: la libertad de elegir su actitud frente a cualquier circunstancia. Pero pocas veces se cita la parte más incómoda de su pensamiento: que el sentido no siempre se revela como una gran verdad luminosa. A veces el sentido es simplemente aguantar. A veces no es un propósito épico, sino una fecha en el calendario.

Frankl no hablaba desde la comodidad. Hablaba desde el hambre, el frío, la pérdida absoluta. Y aun así entendía que el sentido puede ser provisional, frágil, incluso absurdo. No hay que amar la vida para seguir en ella. A veces basta con no odiarla lo suficiente como para irse. A veces basta con enero.

Enero no promete nada. No garantiza alivio ni redención. Pero ofrece algo esencial: continuidad. Y la continuidad, cuando todo parece roto, es un acto de resistencia silenciosa. Llegar a enero es decir: no hoy. Es un gesto pequeño que no necesita discursos motivacionales ni frases de taza. Es una victoria que nadie aplaude, pero que mantiene el pulso.

Hay una violencia sutil en exigir esperanza a quien apenas puede sostenerse. En decirle que piense en el futuro, que agradezca, que visualice. Cuando el dolor es profundo, la mente no alcanza para tanto. Por eso enero funciona: no exige imaginar una vida mejor, solo llegar. No pide fe; pide tiempo.

Y el tiempo, aunque no cura todo, cambia cosas. Cambia la luz. Cambia el cuerpo. Cambia el cansancio. A veces cambia la mirada. No siempre para mejor, pero sí para distinto. Y lo distinto, cuando se está atrapado, ya es algo.

Tal vez por eso sobrevivir no siempre se siente heroico. A veces se siente gris, automático, incluso decepcionante. Pero hay dignidad en seguir cuando no hay razones claras. Hay humanidad en no rendirse aunque no se sepa para qué. Frankl diría que incluso en el sufrimiento hay una tarea: no dejar que el dolor tenga la última palabra sobre quiénes somos.

El único deseo de alguien que se siente al borde no es morir. Es descansar del peso de existir sin sentido. Y si ese descanso no llega, al menos se pide una tregua. Enero es una tregua. Un acuerdo temporal con la vida. Un “seguimos hablando después”.

No todo el que llega a enero se salva. Pero todo el que llega, resiste. Y resistir, aunque no suene bonito, es una forma profunda de estar vivo. No es la vida que se celebra en redes, pero es la vida real, la que ocurre en silencio, en habitaciones cerradas, en pensamientos que nadie escucha.

Quizá el sentido no esté en enero. Quizá tampoco en febrero. Pero mientras haya una fecha por alcanzar, hay una cuerda fina que todavía sostiene. Y a veces eso es suficiente. No para estar bien, sino para seguir. Y seguir, incluso sin ganas, ya es un acto profundamente humano.

Hasta entonces, hasta enero

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