La fe hace fila. Bajo el sol, con flores en la mano y los pies adoloridos. Hace fila para entrar al Santuario, para alcanzar misa, para agradecer, para pedir. La fe no grita, no empuja, no exige. Espera. Como si supiera que en esta ciudad casi todo llega tarde.
No es contra la fe. Es contra el abuso de ella. Contra la costumbre peligrosa de pedirle a Dios lo que debería garantizar el Estado. Rezamos porque no falle la máquina de hemodiálisis. Porque el camión pase. Porque la grúa no abuse. Porque el hospital tenga insumos. Porque la calle no mate. Y rezar, aunque consuela, no debería ser el último recurso.
En diciembre la fe se vuelve visible: niños vestidos de Juan Diego, niñas de Virgen, familias enteras caminando con promesas y cansancio. Afuera hay puestos, fotos, comida, ruido. Adentro, silencio. Pero también hay otra procesión menos vista: la de quienes rezan porque el sistema funcione, porque no falle, porque no abandone.
La fe sostiene, sí. Acompaña, calma, abraza. Pero no sustituye políticas públicas, ni presupuestos, ni responsabilidad. Cuando una ciudad se acostumbra a pedir milagros para sobrevivir, algo anda profundamente mal. Porque el milagro debería ser excepción, no rutina.
Tal vez por eso la fe también se cansa. De cargar lo que no le corresponde. De ser el parche de lo que no se resuelve. De sostener lo que debería caminar solo. Y aun así, ahí sigue: esperando, rezando, creyendo. No porque sea ingenua, sino porque muchas veces no queda otra.