Clave 360°
El discurso del Comité Nobel Noruego en Oslo no fue únicamente un reconocimiento a una líder opositora venezolana, sino una llamada de alerta al mundo democrático. Venezuela se ha convertido en el ejemplo más crudo de lo que ocurre cuando el Estado de derecho colapsa, las elecciones pierden sentido y el poder se ejerce sin límites. En un contexto global marcado por el avance del autoritarismo, este caso obliga a repensar la democracia liberal no como un lujo político, sino como la condición indispensable para la paz, la estabilidad y el desarrollo de las sociedades contemporáneas.
Por décadas, la democracia liberal ha sido tratada como un hecho dado, casi como un lujo político que las sociedades pueden permitirse relativizar en nombre de la estabilidad, la ideología o el pragmatismo geopolítico. El discurso pronunciado en Oslo por JørgenWatneFrydnes, presidente del Comité Nobel Noruego, con motivo del otorgamiento del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado, nos obliga a replantear radicalmente esa complacencia. No se trató solo de un reconocimiento individual, sino de una advertencia global: cuando la democracia se erosiona, la paz se convierte en una ilusión frágil.
El contexto venezolano descrito en el discurso no es retórico ni abstracto. Es brutalmente concreto. Historias como la de Samantha Sofía Hernández, una adolescente desaparecida por fuerzas del Estado; la de Juan Requesens, humillado públicamente para fabricar una confesión; o la de Alfredo Díaz, opositor político muerto en prisión, revelan la anatomía del autoritarismo contemporáneo. No son excesos aislados, sino expresiones sistemáticas de un régimen que ha convertido el miedo en política pública. En palabras del Comité Nobel, Venezuela encarna hoy un caso paradigmático de cómo el poder sin controles destruye tanto a la sociedad como a la verdad.
Desde la perspectiva de la ciencia política comparada, el diagnóstico es claro: las democracias no colapsan únicamente por golpes de Estado clásicos, sino por la lenta corrosión de sus instituciones. Elecciones sin garantías, tribunales subordinados, medios silenciados y oposiciones criminalizadas crean un entorno donde la violencia se normaliza y la arbitrariedad se institucionaliza. El discurso lo subraya con precisión: cuando el liderazgo no puede ser reemplazado pacíficamente, la guerra —interna o externa— se vuelve más probable.
Aquí reside una de las afirmaciones centrales del Nobel 2025: la democracia no es perfecta, pero es el sistema más eficaz que conocemos para reducir la probabilidad de la violencia organizada. La evidencia empírica lo respalda. Las democracias poseen “válvulas de seguridad” —prensa libre, división de poderes, sociedad civil activa, elecciones competitivas— que permiten canalizar conflictos sin recurrir a la fuerza. En los regímenes autoritarios, por el contrario, la lealtad sustituye a la verdad y las decisiones se toman en la oscuridad, con costos humanos que rara vez pagan quienes gobiernan.
El galardón a María Corina Machado debe entenderse en este marco. No se premia únicamente a una dirigente política, sino a una forma de resistencia cívica que privilegia las urnas sobre las balas. Su trayectoria —desde la fundación de Súmate hasta su papel como figura unificadora de la oposición democrática venezolana— demuestra que la defensa de la democracia no exige pureza ideológica, sino compromiso ético con reglas compartidas. Cuando el régimen bloqueó su candidatura presidencial en 2024, Machado optó por sostener la unidad democrática apoyando a Edmundo González Urrutia. Esa decisión, lejos de ser una claudicación, reafirmó el principio esencial de la democracia liberal: las personas son importantes, pero las instituciones lo son aún más.
El discurso del Comité Nobel también interpela a la comunidad internacional. Durante años, Venezuela fue leída a través de narrativas simplistas: como utopía igualitaria, como bastión antiimperialista o como tablero geopolítico entre potencias. En ese proceso, se traicionó moralmente a quienes vivían bajo la represión. Defender la democracia liberal implica, necesariamente, abandonar la comodidad de apoyar solo a quienes coinciden con nuestras preferencias ideológicas. La solidaridad democrática no es selectiva; es humana.
En un mundo donde los regímenes autoritarios aprenden unos de otros —compartiendo tecnologías de vigilancia, desinformación y control social—, la defensa de la democracia liberal se convierte en una tarea colectiva. No es un adorno institucional ni una concesión cultural. Es, como afirmó el Comité Nobel, “una obligación viva”. Sin democracia, no hay disenso legítimo; sin disenso, no hay política; y sin política, solo queda la imposición.
Proteger la democracia liberal es, en última instancia, proteger la posibilidad de una paz duradera. No una paz basada en el silencio, el miedo o la tortura, sino una paz fundada en la dignidad, la ley y la participación. El Nobel otorgado a María Corina Machado nos recuerda que la democracia no se hereda: se defiende. Y que, al hacerlo, no solo preservamos nuestras libertades, sino la arquitectura invisible que sostiene la prosperidad y la paz de las sociedades libres.