Una filosofía de la resistencia en tiempos de manipulación emocional

Opinión

Hay libros que no se leen: se despiertan dentro de uno. Una filosofía de la resistencia. Pensar y actuar: contra la manipulación emocional (2024), del filósofo y psicólogo español Carlos Javier González Serrano, es uno de ellos. Su lectura se siente como un acto de desobediencia íntima en un tiempo donde pareciera que todo hasta nuestras emociones es administrado, etiquetado y rentabilizado.

González Serrano advierte que hoy vivimos bajo un “Gobierno Emocional”, un sistema complejo y seductor compuesto por dispositivos que se presentan como terapéuticos o liberadores, pero que funcionan como engranajes de control: el coaching motivacional, la autoayuda edulcorada, el neoestoicismo simplificado, la resiliencia convertida en mantra, el positivismo obligatorio.

Una maquinaria que no cuestiona las causas del malestar, sino que nos exige adaptarnos a él.

En nombre del “bienestar” se nos empuja a autoexplotarnos, a convertirnos en proyectos empresariales de nosotros mismos, a ser eternamente productivos, eternamente optimistas, eternamente capaces de “ponerle buena cara” a un mundo que a veces duele más de lo que admite.

La trampa emocional del presente

El autor señala que este Gobierno Emocional cumple dos funciones peligrosas:

Desviar la mirada de las causas reales del sufrimiento. No se cuestiona la precariedad, la desigualdad, la violencia, la saturación informativa o la intemperie

afectiva en la que vivimos. Se nos pide “respirar”, “ser resilientes”, “visualizar éxito”, como si la raíz del sufrimiento estuviera únicamente dentro de nosotros.

Neutralizar el compromiso cívico.

Cuando todo se convierte en un asunto emocional privado mi ansiedad, mi disciplina, mi merecimiento, mi actitud la comunidad desaparece y con ella la responsabilidad colectiva.Se diluyen el pensamiento crítico, la resistencia y la posibilidad de transformar aquello que nos daña.

Este modelo emocional, aparentemente amable, termina siendo una forma de silencio impuesto: sentir sí, pero solo en privado; sufrir sí, pero sin cuestionar; adaptarte sí, pero sin incomodar al sistema. Resistir es pensar, pero también actuar.

La propuesta de González Serrano es clara: necesitamos construir una Filosofía de la Resistencia, un espacio donde el pensamiento vuelva a ser un acto de libertad y donde la emoción no sea un objeto de mercado.

Resistir significa: Recuperar la capacidad de preguntarnos por qué nos sentimos como nos sentimos. Analizar críticamente las estructuras que producen desigualdad, cansancio y deshumanización. Romper con el mandato del rendimiento emocional.

Hay que reconocer que no estamos solos, que formamos parte de un tejido comunitario que también sufre, que también busca sentido.

La resistencia no es una actitud heroica, sino un gesto humilde: volver a mirar el mundo con ojos propios, no con los que la industria del bienestar pretende prestarnos.

México y buena parte del mundo atraviesan un momento de fatiga emocional colectiva. La polarización política, el desgaste económico, la violencia cotidiana, la incertidumbre educativa, y laboral generan un clima de ansiedad sostenida.

Lo más peligroso no es esa ansiedad, sino la narrativa que nos invita a gestionarla individualmente, como si no tuviera causas sociales profundas.

Mientras el país se fragmenta entre discursos de odio, fanatismos y manipulaciones, la industria del bienestar nos pide “aceptar”, “alinear la energía”, “elevar la vibración” y seguir adelante sin mirar demasiado.

Pero sin análisis no hay conciencia; sin conciencia no hay libertad; sin libertad no hay comunidad.

Hoy más que nunca necesitamos una filosofía que nos devuelva la dignidad del pensamiento y la responsabilidad del vínculo. Resistir no es atacar al mundo, sino dejar de anestesiarnos frente a él.

Resistir es negarnos a ser tratados como consumidores emocionales.

Resistir es defender la complejidad del dolor humano sin reducirlo a eslogan.

Resistir es volver a encontrarnos como ciudadanos capaces de transformar lo que nos hiere.

Quizá esta sea la gran invitación del libro: recordarnos que pensar es un acto político y sentir es un acto comunitario.

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