Aumento salarial, productividad y el reto educativo: la ecuación que México no puede seguir posponiendo

Razones

Los días posteriores al anuncio del incremento al salario mínimo han estado marcados por un mosaico de reacciones: celebraciones, críticas, advertencias y aplausos moderados. El debate es legítimo, pero incompleto. La discusión salarial, por sí sola, no resuelve la raíz del problema: México necesita incrementar su productividad, y para ello la pieza clave sigue siendo la educación.

Hablar de productividad implica hablar de capital humano, de formación, de competencias laborales y socioemocionales que permitan a los trabajadores responder a un mercado en constante transformación. En un país donde persiste el abandono escolar y donde millones de jóvenes quedan fuera del sistema educativo cada año, la informalidad no surge de forma espontánea: se alimenta de estos prófugos de las aulas.

Mientras no ofrezcamos modelos atractivos de retención escolar —programas flexibles, trayectorias formativas pertinentes, rutas de aprendizaje que respondan al mercado laboral— seguiremos perdiendo talento antes de que llegue a desarrollarse.

La consecuencia es clara: trabajadores con menor formación, menor empleabilidad y capacidad de adaptación tecnológica.

La estructura actual, basada en un currículum rígido, desconectado de las necesidades productivas, limita la capacidad del país para generar trabajadores con perfiles adaptables. Lo que México requiere es un sistema que reconozca y certifique competencias reales, tanto laborales como socioemocionales. Ninguna transformación será posible sin este reconocimiento efectivo.

El contexto internacional añade urgencia al debate. Las dos grandes potencias del siglo XXI —China y Estados Unidos— están enfrascadas en una carrera tecnológica comparable a la de la Guerra Fría. Hoy, en lugar de misiles, la disputa se libra con chips, algoritmos y centros de datos.

Tanto el presidente estadounidense como el máximo dirigente chino han anunciado megaproyectos destinados a fortalecer sus industrias de semiconductores y expandir sus centros de innovación e infraestructura digital. La supremacía en inteligencia artificial no será fruto del azar, sino de la capacidad para formar talento, financiar la investigación y construir ecosistemas científicos robustos.

México observa esta carrera desde la orilla, pero no es ajeno a sus consecuencias. Un mercado inundado de productos importados —cada día más baratos y producidos con altísima eficiencia tecnológica— presiona a las pequeñas y medianas empresas nacionales, que enfrentan márgenes cada vez más estrechos.

En este escenario, aumentar salarios sin aumentar productividad coloca a las MiPyMEs en una posición especialmente vulnerable. Competir con los precios de China es una batalla perdida si no se fortalece, antes que nada, la capacidad productiva interna.

La apuesta educativa del país no debe girar en torno a las grandes corporaciones globales, sino a la base real de la economía mexicana: las pequeñas y medianas empresas, que generan la mayoría del empleo y representan el eslabón más débil frente a la competencia internacional.

Frente a este panorama, la alianza estratégica de la educación no debe buscarse únicamente con las grandes corporaciones, sino —de manera urgente— con la pequeña y mediana empresa.

Para que las PYMES puedan sobrevivir al aumento salarial y a la presión de los precios internacionales, necesitan trabajadores más calificados, más productivos y más flexibles. Sin esa base, competir se vuelve casi imposible.

La educación es, en este sentido, un mecanismo de protección económica: eleva la productividad, reduce costos, fomenta la innovación y permite a las empresas adaptarse a un entorno global estremecido por la irrupción de nuevas tecnologías.

La verdadera alianza del sistema educativo debe ser con estas empresas. Son ellas quienes necesitan trabajadores mejor formados, capaces de aprender rápido, resolver problemas, manejar tecnología y adaptarse a nuevas demandas.

No hay transformación económica posible sin una transformación educativa integral.
Y no se logrará sin políticas coordinadas que incentiven la permanencia escolar, reconozcan las habilidades reales de los trabajadores y vinculen la formación con las necesidades productivas del país.

México enfrenta un momento decisivo. La discusión sobre el salario mínimo debe ampliarse hacia un debate serio sobre productividad, capacitación y competitividad.
El país solo podrá avanzar si asume, de una vez por todas, que:

  • la educación es la base de la movilidad social,
  • la formación continua es el motor de la productividad,
  • y el reconocimiento de competencias es el puente entre la escuela y el trabajo.

En un mundo dominado por la carrera tecnológica global, la verdadera pregunta no es si podemos pagar mejores salarios, sino si estamos construyendo el talento que hará posible sustentarlos.

La inteligencia artificial es el nuevo campo de batalla económico y geopolítico.Mientras estas naciones mueven miles de millones hacia centros de innovación, automatización y supercómputo, México corre el riesgo de quedar relegado si no fortalece su capital humano. Competir en un mundo así exige trabajadores capaces de aprender, desaprender y readaptarse constantemente.

La supremacía en inteligencia artificial no será un accidente: será el resultado de décadas de inversión acumulada en educación STEM, investigación científica, atracción de talento y formación técnica. En otras palabras: la carrera tecnológica es, en esencia, una carrera educativa.

Porque, al final, no hay transformación sin educación.México no puede seguir aplazando la construcción de un proyecto educativo moderno, flexible y conectado con el futuro.

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