Periplo canicular
Entrado ya el siglo XXI, parece ser que la segunda venida de Cristo llega cada semana en TikTok, con un nuevo Mesías autoproclamado. Personajes que opinan de todo -desde economía hasta relaciones afectivas, pasando por filosofía y sin dejar de lado la salud mental- con la certeza de un doctorado y la formación de un meme. Desde su sillón, con un aro de luz y su celular en la mano, dictan leyes morales. Su autoridad no nace de un estudio serio, sino de una masa de seguidores más o menos grande, un micrófono que no saben usar y un “foro” digital ¿Qué tan grave es esto? Bastante. Porque no estamos ante críticos; estamos ante moralistas de tendencia, que disfrazan su ignorancia de convicción.
Ejemplos sobran. Para mis contemporáneos, ahí está Jacobo Wong, que un día diserta sobre política, al otro sobre feminismo, psicología, salud mental, historia o religión, siempre desde un trono que él mismo se construyó a punta de “carisma” y ocurrencias. No es nuevo que haya sido señalado por conductas violentas ni que arrastre episodios cuestionables, como aquel tuit en el que usó la ficha de desaparición de una mujer para hacer un chiste… Pero más allá de lo reprobable del acto, lo peligroso es la impunidad cultural de quien se siente autorizado a hablar de cualquier tema sin preparación, sin contexto y sin consecuencias.
Del otro lado del espectro -que en realidad es el mismo círculo vicioso- está Dama G. Su discurso pretende ser “progresista”, filosófico, combativo y moralizador. Y, sin embargo, hay una polémica que la persigue. Una denuncia pública por presunto abuso en un encuentro donde, según la denunciante, hubo sustancias involucradas. Ella lo niega y dijo que tomará acciones legales. De los avances en el caso, no se sabe mucho más. Pero justo por eso es relevante, porque revela lo delicado que es cuando una figura basada en la palabra, moraliza desde un pedestal mientras su propia historia está bastante manchada.
No se trata aquí de dictar sentencia -no me interesa ni me corresponde-, sino de evidenciar el patrón. Lo mismo ocurre con los “gurús” que presumen estoicismo sin tener idea de su significado, reduciéndolo a frases motivacionales de gimnasio y a una masculinidad torpe que confunde agresividad con carácter. Los autoproclamados “alpha”, que creen que la filosofía es una forma de gritar más fuerte. Los coaches que incentivan el aislamiento emocional de miles de hombres con un discurso simplista, violento y profundamente ignorante.
Y en la orilla contraria, influencers que predican inclusión mientras replican la misma lógica vertical, moralizante y superficial que dicen combatir.
La contradicción es el hilo conductor.
Hace tiempo escuché una frase del Cuarteto de Nos que me acompaña desde entonces: “…qué fácil es ser moralista y qué difícil tener moral”. Y sí. Es fácil señalar, adoctrinar, pontificar desde una pantalla. Es fácil construir una identidad política o ética basada en slogans, en clichés, en ideas de segunda mano que se repiten sin pensar. Lo difícil es hacerse cargo de lo que uno dice y de lo que uno hace cuando se apaga la cámara. Lo difícil es reconocer límites, estudiar, dudar, callar a tiempo.
No propongo tibieza, ni equidistancia cobarde. Propongo responsabilidad. Propongo mirar primero la propia cajuela. Nuestras contradicciones, sesgos, las heridas que cargamos. Propongo, incluso, reivindicar algo que esta economía de la atención considera un pecado: el derecho al ocio, al silencio, al aburrimiento. A no tener opinión inmediata sobre todo. A pensar antes de pontificar. A dejar espacios vacíos donde pueda entrar alguna idea que no sea heredada de un influencer.
Porque donde cualquiera puede erigirse en autoridad, el desafío no es hablar más fuerte, sino hablar menos, escuchar mejor y, sobre todo, no confundir moralismo con moral.