Espectáculo y distracción

Bajo presión

El espectáculo de masas que vimos el sábado en el Zócalo a favor de Claudia Sheinbaum fue una versión políticamente infantil de lo que en realidad debería importar. Milagrosamente, miles de personas, venidas en camiones desde diversos estados, escoltadas por sindicatos alineados y acompañadas de mariachis, celebraron siete años de gobiernos tetratransformistas con consignas revanchistas: “Estas sí son marchas, no chingaderas”, gritaron al compás de bandas y vítores a la presidenta. Una verdadera fiesta del pueblo, dijeron. Una fiesta montada para el propio pueblo, con su peluche de López Obrador  y la bandera desplegada para la foto.

Esta fiesta es, en esencia, un distractor de manual. El oficialismo y la oposición juegan la misma partida: crear enemigos imaginarios, armar escenarios para encender emociones y asegurar que nada se discuta a fondo. La realidad, con sus cifras frías, sus problemas locales y su exigencia de resultados, queda relegada. Ya no importan las ideas ni las propuestas, sino quién grita más fuerte, quién llena más plazas y quién genera una narrativa capaz de prender la chispa emocional necesaria para mantener las cosas tal y como están.

No es casualidad que el sistema de partidos en México se haya convertido en una fábrica de emociones prefabricadas. Nadie quiere hablar de proyectos ni de ideologías serias; eso es para otro tiempo, dicen. Hoy se convence a la audiencia con historias que apelan al corazón antes que a la razón, porque el voto es más una corazonada que un acto consciente. En ese contexto, los discursos políticos terminan siendo un déjà vu sin contenido: todos prometen lo mismo, pero pocos logran sostener alguna credibilidad. Eso, y sólo eso, será el reto real en 2027.

La “Marcha del Tigre” del sábado recordó que en la política mexicana se valora más la teatralidad que la capacidad de gobernar. No sólo el oficialismo, también la oposición; todos jugando a crear enemigos fantasma mientras se olvidan de las personas reales, que no comparten datos, sino sensaciones.

Los medios, por su parte, alimentan ese caldo de cultivo: no informan, diseñan ángulos que irritan o alientan, fomentan la indignación y mantienen al público bajo un pulgar emocional. La democracia se reduce a un intercambio constante de estímulos, no a un diálogo serio.

Si seguimos midiendo la relevancia política por el número de cuerpos apiñados en la Plaza de la Constitución, podemos estar seguros de que la política mexicana seguirá bajo presión… No para resolver problemas, sino para alimentar una narrativa emocional que en realidad manipula y distrae.

Claudia Sheinbaum inició su gobierno con una aprobación de 70% en 2024; en febrero del 25 alcanza su nivel más alto con una aprobación de 85%, la medición más reciente de la presidenta, noviembre de este año, la coloca de nuevo en 70%. El porcentaje sigue siendo alto.

El dato de la aprobación a la figura presidencial es apenas la punta del iceberg de una problemática que no se ha de discutir, si uno revisa estas encuestas, más allá de la posición en que se encuentra Claudia Sheinbaum, hay otros indicadores que evalúan la forma de gobierno y no están nada bien:

En materia de corrupción el 80% piensa que el gobierno lo está haciendo muy mal; lo mismo en Seguridad Pública, con el 56%; el 82% considera que no se está combatiendo al crimen organizado; y, de manera sorprendente, la aprobación a los Apoyos sociales ha caído de 86% en enero de este año a 69% en noviembre.

Mientras el oficialismo festejaba  su vitalidad en el Zócalo; en Michoacán, en la comunidad de Coahuayana, el crimen organizado hacía gala de su falta de escrúpulos y en un acto terrorista, hizo estallar un auto que ocasionó seis personas fallecidas y más de una veintena heridos. El daño de la explosión fue de 300 metros línea horizontal y 50 metros en línea vertical.

Lo importante no será eso, sino que en el jolgorio ya no estuvieron en un corralito los personajes que estaban castigados por no seguir los preceptos de honestidad y austeridad que gritó la presidenta ante más de medio millón de seguidores.

Inmerso en la creación de una narrativa que mantenga la emoción de los convencidos, la presidenta ofreció un discurso polarizante, los buenos contra los malos, el pueblo contra quienes conservar sus privilegios, como si el fraseo fuera más potente que cualquier explosión.

Con terquedad con el gobierno insiste en mantener viva la idea del enemigo conveniente, el antagonista que todo lo explica y todo lo justifica. No importa que en la vida real nadie se tope con él: no aparece en estadísticas, no reclama territorios, no incendia vehículos ni coloca explosivos. Es un ente ideal para los discursos porque no muerde, no dispara y no deja cadáveres. Resulta cómodo señalarlo en la plaza pública mientras, a unos cientos de kilómetros, otros enemigos (reales, palpables, armados) demuestran que ni las marchas, ni los abrazos, ni los relevos en Palacio han logrado neutralizarlos. Mientras la narrativa oficial alimenta la épica de la resistencia, la realidad se toma la libertad de contradecirla con una precisión quirúrgica y brutal.

El contraste es grotesco, casi ofensivo. La política insiste en aferrarse a sus símbolos, a esa estética del triunfo permanente, como si la escenografía pudiera imponerse a la evidencia acumulada de que el crimen organizado ha logrado normalizar lo inaceptable. Cada ataque, cada explosión, cada comunidad desplazada, debería colocar una bomba en el centro mismo de ese relato autosatisfecho, pero no: la maquinaria narrativa se recalibra, se ajusta, se justifica a sí misma, se convence de que lo urgente puede postergarse siempre que lo emotivo siga funcionando. La teatralidad necesita de público, no de soluciones, y mientras el público siga respondiendo al estímulo correcto, la tragedia puede pasar como un dato en la nota roja, un suceso lamentable que se menciona para luego desaparecer entre fuegos artificiales verbales.

En la disputa entre la emoción y la realidad, la emoción lleva ventaja: es inmediata, se viraliza, convoca, desactiva el pensamiento crítico, genera comunidad aunque sea frágil. La realidad, en cambio, demanda algo que la política parece haber olvidado: trabajo, estrategia, responsabilidad, un mínimo de honestidad para aceptar que el Estado no controla lo que dice controlar. Por eso la narrativa insiste: se vuelve más rígida, más altisonante, más moralista conforme la realidad se deteriora. Es la estrategia clásica del prestidigitador que sabe que el truco sólo funciona mientras nadie mire sus manos. Y mientras la presidenta opone el discurso de los buenos contra los malos, mientras sostiene la épica de la pureza contra los privilegios, los grupos criminales no pierden tiempo en demostrar, con hechos que no necesitan micrófono, quién realmente marca el ritmo del país.

Coda. Goethe tenía razón: “Las ideas generales y los grandes conceptos siempre están destinados a provocarnos grandes infortunios.” Y en México estamos padeciendo uno hecho a la medida de la manipulación, el espectáculo y la distracción.

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