Desde el Lunar Azul
Buen día y mejor semana, estimados lectores. En Aguascalientes, donde el cielo presume su azul con fervor casi litúrgico, vuelve la pregunta que incomoda en privado y se evita en público: ¿por qué siguen blindando a Marko Cortés? ¿Qué le deben los viejos guardianes del panismo a un dirigente que manda más en la sombra que en la tribuna?
No es ideología ni gratitud. Es supervivencia.
El silencio de Marko ha sido un seguro de vida para muchos. En los años de luminarias que costaron como estadio y alumbraron como veladora; en los parques solares que hipotecaron municipios por décadas; en los contratos que hoy nadie quiere volver a leer… ahí estaba él, callado, imperturbable, como quien sabe que hablar convoca periodistas, auditores y memorias inconvenientes.
Y mientras los estados empeñaban su futuro energético, su patrimonio crecía: un departamento de 565 mil euros pagado en efectivo en 2025. Nada ilegal comprobado, por supuesto. Solo coincidencias que huelen a libreto ya muy visto.
Por eso lo protegen: romper con él significaría aceptar que esos contratos arrojaban sombras largas. Nadie quiere abrir una caja de fusibles cuando sabe que el agua les llega al codo.
Y alrededor de ese silencio rentable orbitan los viejos jefes del PAN: Creel, Josefina, Anaya y varios gobernadores que crecieron bajo un pacto tácito: todos saben algo de todos y nadie empuja demasiado fuerte. Cada quien guarda un pedazo del archivo. Cada quien es dueño de una parte del silencio colectivo.
En ese ecosistema aparece La Monina, criatura política del creelismo, operando como dron sin control: vuela, explora, agita y, si algo detona, Creel ya verá si se acerca o se hace el desentendido. En el PAN nada es espontáneo; todo está tejido con alfileres y facturas.
Y entonces surge Jorge Romero Herrera, el nuevo dirigente nacional, al que entregaron un edificio lleno de bustos incómodos y pleitos históricos. Le exigen resucitar al PAN mientras los viejos caciques siguen cobrando rentas y cuidando sus redes de negocios. En vez de dirigencia, Romero recibió un museo de lealtades compradas… y pasillos donde vuelan cuchillos sin previo aviso.
La verdadera pregunta es ruda:
¿Puede Romero revivir al PAN mientras carga con las complicidades de Marko, Creel, Anaya, Josefina y los gobernadores que financiaron o toleraron los negocios turbios del viejo panismo?
El Senado ofreció la primera respuesta. En la votación de la nueva Fiscalía General, tres senadores del PAN votaron a favor y once anularon su voto. Una fractura nítida. Una rebelión silenciosa. Romero acusó a Anaya de mover los hilos. La disciplina interna ya no cruje: se está pulverizando.
Y es que Romero no se enfrenta a simples divisiones. Se enfrenta a una economía política interna: comités estatales amarrados a proveedores, empresarios que financiaron carreras esperando retornos, operadores con clientelas cautivas, gobernadores que no quieren que nadie prenda demasiada luz.
En ese ecosistema, el liderazgo es decorativo; el verdadero poder está en las redes que sobreviven gracias a lo no dicho.
Todo vuelve inevitablemente a Marko. Y también a Creel. Y a Josefina. Y a Anaya. Ninguno firmó contratos, claro, pero sería infantil creer que desconocían los modelos de negocio que florecieron bajo su dirigencia. La pregunta prohibida ya ni se disimula:¿permitieron, toleraron o protegieron lo que ocurría?
En países con instituciones sólidas habría auditorías, renuncias y purgas.
En México basta recitar “No hay pruebas” y repetir “hay que sumar capacidades”.
Por eso siguen cuidando a Marko: prender toda la luz implicaría que varios queden expuestos. Y el PAN hace tiempo decidió que la luz se cobra aparte.
Aquí dejo esta roca.
Usted decida quién la empuja, quién la estorba y quién la esconde.
Sísifo volverá.