Desde el Segundo Piso

Entre el peligro y lo que salva: México en busca de sentido

Donde crece el peligro…también crece lo que salva


La frase de Hölderlin, como una advertencia luminosa que emerge desde la profundidad de este caos politico, que leemos y escichamos con una crudeza particular en México y en los Estados Unidos. En ambos lados de la frontera transitamos un paisaje social donde la secularización avanzó sin que madurara una ética civil que sostuviera la salud espiritual y mental de nuestras comunidades. El resultado es un vacío moral que no nació de la pérdida de fe, sino de la pérdida de sentido.

En México, ese vacío se palpa en la frustración cotidiana, un país exhausto, irritado, obligado a sobrevivir entre instituciones que se deterioran, gobiernos que se contradicen y partidos que compiten por ver quién puede ser más torpe, más ruidoso o más corrupto. Muchos de nuestros “politicos y gobernantes” viven así, atrapados entre promesas rotas y liderazgos que confunden el poder con el permiso para la indolencia.

Del otro lado, en Estados Unidos, la polarización ha dejado de ser un síntoma para convertirse en una industria. La nación que presume ser faro democrático se encuentra atrapada en una guerra cultural que erosiona sus bases éticas y multiplica el resentimiento. Ambos países, cada uno a su manera, padecen una crisis espiritual que no se resuelve con templos ni con slogans, exige reconstruir el tejido que alguna vez nos permitió convivir.

Y sin embargo, como anticipaba Hölderlin, donde se intensifica el peligro, se abre también la grieta por la que podría asomarse la salvación. Esa tensión entre derrumbe y renacimiento nos obliga a mirar con seriedad aquello que hemos normalizado, la violencia que se hereda, la corrupción que toleramos, la desigualdad que se justifica, el deterioro de la salud mental que ignoramos. El riesgo no es solo perder el país, sino perdernos a nosotros mismos.

Quizá por eso, entre tanta oscuridad, ciertos actos aparentemente triviales cobran un significado inesperado. El sorteo de la FIFA del vienres pasado, con su ritual global, sus banderas reunidas, sus voces mezcladas, nos regaló un instante de tregua simbólica. No es que el futbol vaya a resolver la crisis mundial, pero por unos minutos nos recordó que la humanidad aún puede coincidir en un juego cuando fracasa en coincidir en un proyecto.

Y es precisamente en ese resquicio donde conviene recuperar la invitación del papa León XIV, que llega como un eco contemporáneo de Hölderlin. “No tengan miedo; sean brotes de paz allí donde crece la semilla del odio y el resentimiento; sean tejedores de unidad allí donde prevalecen la polarización y la enemistad; sean la voz de quienes no tienen voz para pedir justicia y dignidad; sean luz y sal allí donde se apaga la llama de la fe y el gusto por la vida. No desistan si alguien no los entiende.”

En ese mandato sencillo y radical se cruzan el poeta alemán, el pontífice y la urgencia mexicana; aceptar que la salvación no viene desde arriba, sino desde la decisión íntima de cada ciudadano por contradecir el caos. El peligro está aquí, sí. Pero también está, si dejamos de mirar hacia otro lado, la posibilidad de reconstruirnos. Y quizá ese sea el mayor acto político que aún nos queda por ejercer, como ciudadanos libres

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