El primer domingo del mes de diciembre de cada año nuestra iglesia diocesana realiza la colecta en favor de los sacerdotes ancianos y enfermos de nuestra diócesis. Al pensar en FASA, (Fraterna asistencia sacerdotal de Aguascalientes), pienso en el esfuerzo de tantos hermanos sacerdotes que a lo largo de los años han estado preocupados y ocupados de la atención médica de los sacerdotes, así como del cuidado que el ambiente de una persona enferma requiere.
Escribo esto con temblor y temor, pues cada sacerdote hemos recibido una llamada particular de Dios, Él nos ha llamado y destinado a su servicio a pesar de nuestras muchas fragilidades y carencias. Mediante la consagración que la ordenación nos confiere, los sacerdotes recibimos en nuestras manos la administración de los sacramentos. Dios se vale de nuestra persona, de nuestras palabras y gestos para hacerse presente en medio de su pueblo.
Cierto es que los sacerdotes llevamos sobre nosotros un regalo maravilloso: el ser ministros del Señor, consagrados con el óleo de la alegría que no sólo es confiado a nuestras manos, sino a nuestro ser entero.
Sin embargo, los sacerdotes siempre seguiremos siendo simplemente humanos, y ¡qué bueno que así sea!, pues de esta manera la obra de Dios puede quedar plasmada con mayor claridad.
Los sacerdotes somos seres humanos, nos debemos a una familia con luces y sombras. En muchas ocasiones nos toca acompañar a pesonas en alegrías inmensas cargando en silencio nuestro propio dolor, sin que esto signifique que seamos actores. Simplemente somos concientes de que el ministerio sacerdotal se debe desempeñar independientemente de nuestras particulares situaciones, pues los sacramentos los administramos no a título personal, sino en nombre de Jesucristo.
Los sacerdotes como personas que somos tenemos un círculo de amigos, los cuales siempre son un baluarte inestimable. Como todo ser humano tenemos sueños y anhelos. Nos caemos y nos levantamos, reimos y lloramos. Todo sacerdote es simplemente un ser humano.
Sin duda que uno de los momentos más complicados por los que atraviesa todo ser humano es el de la enfermedad. Los sacerdotes no estamos excentos de esto, ni tampoco de la vejez. Debo decir que en no pocas ocasiones me ha tocado darme cuenta de hermanos sacerdotes enfermos, que ciertamente tienen lo necesario para sus tratamientos gracias a FASA, sin embargo están solos.
Pienso que el ministerio sacerdotal siempre está está cargado con una dosis de soledad. La soledad bien aprovechada es un momento en el que el sacerdote puede recuperar fuerzas, rezar y pensar de frente a Dios en su propia vida, y desde la soledad proyectar el ministerio mismo a favor de los demás. La soledad siempre será creativa.
Los sacerdotes estamos llamados a lidiar con la soledad en un sentido positivo de la expresión. Pero nunca ha ser personas solitarias.
En este día dedicado a la colecta para los sacerdotes ancianos y enfermos, todos estamos llamados, empezando por el propio presbiterio, a meditar profundamente en el acompañamiento real y concreto que les brindamos a los sacerdotes enfermos y ancianos. No es suficiente proveer únicamente lo indispensable para su salud. Somos personas, y como tales, un acto de ternura, misericordia y compasión es esencial, porque la humanidad del sacerdote merece ser reconocida y abrazada.