Habitar la vida, habitar el cuerpo
Hay libros que no explican el mundo: lo revelan.
El de Claire Marin, Estar en su lugar, pertenece a esa rara especie de textos que nos obligan a mirarnos sin defensas. Su reflexión no gira en torno a un sitio geográfico ni a un espacio social: habla del lugar que somos, del que nos dieron, del que aceptamos, del que deseamos y del que, tarde o temprano, nos expulsa.
Porque los lugares como las identidadesson más frágiles de lo que suponemos.
En ocasiones creemos habitar un sitio por elección, pero un acontecimiento inesperado nos deja en la intemperie. Y solo entonces comprendemos que aquel “lugar” no era tanto un hogar como una trampa dulce: la trampa de la costumbre, del reconocimiento, del afecto, o incluso del miedo a movernos un centímetro fuera del mapa que otros trazaron para nosotros.
También están los lugares demasiado estrechos, esos espacios emocionales, profesionales o familiares donde terminamos convenciéndonos de que “aquí estoy bien”, aunque la respiración ya sea corta y la vida transcurra en puntas de pie. Son los lugares donde uno se vuelve pequeño para no incomodar, donde se acepta la limitación como si fuera una forma de estabilidad.
Idealizamos los lugares del origen, como si en el pasado existiera un sitio perfecto en el que encajábamos sin esfuerzo. Pero ¿qué tal si esa nostalgia es solo el deseo de un refugio que nunca existió? ¿Qué tal si el lugar que buscamos no es un territorio perdido, sino la posibilidad de reconciliarnos con lo que somos hoy?
La filosofía de Marin nos recuerda una verdad que nuestras sociedades obsesionadas con clasificar, etiquetar, asignar roles y castigosprefieren ignorar:los lugares no son definitivos, son procesos.
Somos tránsito, no destino.
En un país como el nuestro, donde millones viven desplazados por la violencia, la pobreza, las decisiones políticas sin alma o la arbitrariedad del poder, la reflexión de Marin adquiere un filo inesperado. No solo perdemos lugares geográficos; también perdemos lugares simbólicos: el lugar del ciudadano, el lugar de la confianza, el lugar de la esperanza. A veces, incluso, el lugar interno desde donde uno podía sostenerse sin romperse.
Pero en esa pérdida también hay una posibilidad secreta.
Irse, desprenderse de un espacio que parecía propio, puede ser una forma de vida.
Huir, a veces, es el primer acto de libertad.
Derivar, dejarse ir hacia lo incierto, puede ser más honesto que permanecer aferrados a una identidad que ya no nos contiene.
Hay momentos en que el lugar que necesitamos no es un territorio, ni un vínculo, ni un rol, ni una certeza.A veces el único lugar habitable es la experiencia misma del desplazamiento.
Es el espacio suspendido donde no tengo que encajar, donde puedo olvidarme de mí, donde la vida deja de ser un mapa y se convierte en un movimiento interior.
Quizá ahí en ese tránsito sin nombrecomenzamos finalmente a habitar el cuerpo, la vida y el tiempo que nos toca.Quizá ahí dejamos de preguntarnos “¿cuál es mi lugar?” para preguntarnos algo más fecundo:¿qué lugar quiero crear mientras camino?