Tienes derecho a no hacer nada

Periplo canicular

En los últimos años se multiplicaron como hongos los “coach de vida”, esos personajes que hablan como si hubieran descubierto el fuego y que, entre dos videos motivacionales mal iluminados y groserías dreyfusianas, repiten palabras que no entienden. Su favorita, por supuesto, el “estoicismo”. La pronuncian como si les otorgara autoridad moral, como si citar a Marco Aurelio fuera suficiente para justificar su obsesión con la productividad. Confunden disciplina con autoexplotación, templanza con negación emocional, filosofía con marketing. Para ellos, el mundo se divide entre quienes “aprovechan cada minuto” y quienes “se dejan vencer por la flojera”. No saben que, en realidad, el ocio es un derecho tan humano como la salud mental que presumen promover.

Lo trágico no es que exista ese ejército de gurús de Tiktok, sino que tantos les crean. Vivimos en una época donde descansar se ha vuelto sospechoso. Donde el tiempo libre se siente como culpa y el silencio como fracaso. Y así, millones siguen a estos sacerdotes del rendimiento que predican un evangelio vacío. Levántate a las cinco, repite afirmaciones frente al espejo, toma agua con limón, trabaja 12 horas, agradece por tener trabajo, no te quejes, no duermas tanto, sé tu mejor versión, sonríe mientras tu columna vertebral protesta y tu cerebro pide tregua. Todo con el tono de quien cree que está impartiendo sabiduría universal cuando, en realidad, solo maquilla la precariedad con frases motivacionales.

Aquí hay una ironía marcada; los supuestos estoicos modernos jamás sobrevivirían un día en la Roma que citan sin haber leído. Para los filósofos clásicos, el ocio -el scholé griego, la raíz misma de la palabra “escuela”- era indispensable para pensar, para conocerse, para existir con plenitud. El aburrimiento no era un enemigo. Era una puerta. Una pausa fértil que permite que algo emerja donde antes solo había ruido. No se puede crear sin vacío. No se puede vivir sin espacios sin utilidad.

Pero nuestros gurús detestan los huecos. Los necesitan llenos para venderte la idea de que tu valor depende de tu agenda. Y ahí radica el problema, pues su discurso no empodera a nadie. Solo perpetúa la maquinaria del rendimiento que nos agota y nos vuelve personas incapaces de detenerse sin culpa. Nos enseñan a sentirnos insuficientes por naturaleza, a convertir todo en un proyecto, en un objetivo, todo en marca personal. Hasta la paz interior la prometen con fecha.

Por eso insistir en el derecho al ocio parece un acto subversivo. Decir “hoy no quiero hacer nada” suena irreverente. Desconectarse, insubordinado. Aburrirse, pecado mortal. Sin embargo, ahí es donde empieza la vida que no cabe en los calendarios. La vida que no sirve para presumir. La vida que es solo nuestra.

El aburrimiento, ese que los coach odian tanto, es la última frontera contra la colonización total del tiempo. Nos obliga a mirarnos sin estímulos, sin algoritmos, sin tareas pendientes. Nos recuerda que seguimos siendo humanos y no máquinas optimizadas. Nos devuelve algo que la productividad nos arrebató. El derecho a vivir sin justificar cada minuto.

Yo propongo recuperar el ocio como si fuera tierra arrebatada. Reivindicar la flojera. Defender el aburrimiento como última resistencia.

Que la vida deje de ser un proyecto.

Que volvamos a tener tiempo muerto.

Que se extingan los gurús que nunca leyeron a los filósofos que citan.

Y que, por fin, podamos descansar sin pedir permiso.

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