Bajo presión
La Oxford University Press declaró a rage bait como la palabra del año. No es el capricho de un comité lingüístico, es una radiografía de época: tiempos donde la política ya no compite por ofrecer ideas, proyectos o diagnósticos, sino por diseñar la carnada emocional más eficaz. Rage bait: contenido fabricado para provocar enojo, indignación o frustración. Definición elegante para describir lo que hoy genera buena parte de la clase política mexicana y global.
No importa el partido, el color, la geografía o la liturgia: las ideas, y explicarlas, cuestan trabajo, la furia es gratis, instantánea y viral. La política ha sido colonizada por vendedores que fabrican irritación en cápsulas de diez segundos. Ya nadie trata de convencer, buscan electrocutar.
Rage bait, la emoción dominante del presente: no la esperanza de mejorar, sino el placer adictivo de enfurecerse en línea. Un país, una sociedad, un electorado que ya no se moviliza por una convicción sino por una punzada al ego, una sensación de amenaza, un meme diseñado para despertar la indignación.
Si el debate público lleva años deteriorándose, no es por el déficit de información sino por la sobreabundancia de estímulos que compiten por nuestra atención. Las ideas no sobreviven porque son lentas, complejas, exigen pausa; la indignación, en cambio, entra directo por la médula y hace clic sin pedir permiso; paisaje al que Byung-Chul Han llamó Infocracia, régimen donde la información abruma, en el que la verdad ya no ordena, porque es el imperio de la emoción.
El problema de fondo no es tecnológico, es antropológico. La tesis central de El cerebro político de Drew Westen sostiene que las decisiones políticas no brotan de un cálculo racional desapasionado, sino de las profundidades emocionales donde valores, temores y anhelos se entretejen en un tapiz inescapable, “el cerebro político es un cerebro emocional”, y la política opera sobre ese, no sobre el analítico, cuando se recibe un dato que contradice lo que uno cree, no corrige su postura: la refuerza, no activa la razón, activa las defensas.
El ideal del votante racional es ya una fantasía pedagógica; lo que existe es un votante emocional, ansioso por encontrar un estímulo que confirme su identidad. De ahí que los políticos ya no propongan políticas públicas, ahora intentan generar sensaciones; no hablan de programas, hablan de enemigos; no presentan diagnósticos, reparten agravios, y cada agravio se empaqueta como un artefacto listo para viralizarse.
No hay historia más eficaz que dividir el mundo en buenos y malos. La narrativa del héroe perseguido por las élites, del hombre sencillo que “dice la verdad”, del salvador que promete recuperar la patria arrebatada, opera mejor que cualquier evidencia. En política, la verosimilitud derrotó a la verdad hace mucho tiempo. Lo que suena verdadero importa más que lo que es verdadero.
Los partidos ya no filtran; los medios ya no moderan; las instituciones ya no tamponan el exceso. Hoy gobierna el influencer, criatura sin responsabilidad editorial y con apetito de audiencia. No necesita rigor, necesita alcance. No conversa: incendia. No explica: exagera. Lo suyo no es la política, sino la administración de la furia; es más fácil provocar que pensar; más rápido cancelar que argumentar; más redituable dividir que gobernar, es más sencillo distraer que rendir cuentas.
El resultado es una democracia convertida en reality show. La elección se vuelve un casting donde los candidatos compiten por un lugar en la casa y el público vota como quien decide quién le cayó peor esa semana. Un video filtrado, un insulto calculado, un tropiezo amplificado por miles de cuentas anónimas puede pesar más que cualquier tablero de indicadores. La racionalidad administrativa no genera clics; el escándalo, sí.
Frente a eso, tal vez resistir parezca ridículo. Pero incluso un gesto menor: no compartir el video que provoca, no alimentar la máquina, exigir una conversación que no prometa berrinches, tiene algo de acto civil. Lo demás, lo estructural, lo que tendría que venir de los partidos, de las instituciones y de los gobernantes, llegará sólo cuando descubran que gobernar a punta de furia también erosiona su propia legitimidad.
Mientras tanto, la ciudadanía seguirá atrapada en el laboratorio emocional donde se cuece el próximo cebo, donde la razón llega desarmada y la verdad es un simple decorado, quien realmente manda es la máquina del enojo. Una máquina que la clase política alimenta con entusiasmo porque descubrió que nada genera más votos que una buena dosis de rabia cuidadosamente manufacturada.
La racionalidad no hace clic, el escándalo, siempre.
Central
Aguascalientes, donde la designación del nuevo rector volvió a demostrar que la furia no sólo es un recurso político: es un negocio que permite evadir preguntas, disolver responsabilidades y encapsular decisiones en una nube de ruido perfectamente administrado. Lo que podría haber sido un ejercicio de rendición de cuentas, de mínima transparencia argumentativa, quedó reducido a un espectáculo donde los silencios pesan más que cualquier comunicado y donde las explicaciones se perdieron en ese aire que deja la indignación cuando se usa como método de gobierno.
La Junta de Gobierno nombró a Juan Carlos Arredondo sin ofrecer motivos cualitativos, sin detallar criterios, sin abrir una ventana para entender el proceso. Se dejó la conversación pública en manos del algoritmo, esa criatura glotona que metaboliza cualquier cosa en estímulo y cualquier estímulo en combustible para el enfado. Era cuestión de minutos para que los politiquitos de ocasión descubrieran su repentina vocación universitaria, para que los opinadores encontrarán en la molestia estudiantil una coartada ética y para que todos se declaren expertos de un proceso que desconocen pero les sirve. La furia, bien administrada, donde caben la impostura, el oportunismo y hasta cierta forma de narcisismo cívico que presume indignación como quien presume reloj nuevo.
Mientras tanto, el ruido externo funciona como un cerco protector. Afuera se administra la rabia al mayoreo; adentro, con una serenidad que bordea el cinismo, los grupos universitarios se reacomodan, se protegen, se fortalecen. Ningún reflector incómodo los sigue mientras negocian posiciones, favores o equilibrios internos: el escándalo afuera sirve de muralla. Las rejas de la UAA actúan como un cómodo filtro acústico que mantiene a raya el escrutinio público. Lo que debería discutirse (los criterios, los acuerdos, la calidad de las candidaturas, el rumbo académico) se evapora en un paisaje donde el enojo hace su trabajo con puntualidad y eficacia industrial.
La actitud de la Junta de Gobierno, deja a la universidad atrapada en la misma lógica de la política espectáculo, que la indignación distraiga, que el ruido ahogue, que el algoritmo cuide las espaldas. En ese sentido, la designación del rector no fue sólo una decisión administrativa: fue una clase magistral sobre cómo surfear la ola emocional dominante sin ofrecer una sola explicación.
Coda. Nada moviliza más que la rabia, y nada vota o legitima mejor que un enojo dosificado con precisión clínica. Es el nuevo manual operativo: fabricar el incendio, posar junto a las cenizas y presentarse en la foto como bomberos voluntarios. La indignación es el negocio; la furia, el insumo; el ciudadano, el cliente cautivo. Mientras siga funcionando, pocos tendrán interés en apagar el fuego.
@aldan