Opinión
Vivimos un tiempo extraño.
La sensación de caos nos rodea: violencia, polarización, ansiedad, desesperanza. A veces pareciera que el mundo se ha vuelto ingobernable y que la única forma de vivir es sobrevivir, resistir el día como se pueda.
El filósofo Byung-Chul Han, en su más reciente libro “Sobre Dios. Pensar con Simone Weil”, parte precisamente de esta herida contemporánea. Él sostiene que la crisis actual no es sólo política, económica o social; es, ante todo, una crisis espiritual, un agotamiento del sentido que atraviesa a todas las generaciones.
Pero Han hace una afirmación que corta como un filo:No es Dios quien ha muerto;
es el ser humano al que Dios se revelaba.
No se trata de que la trascendencia haya desaparecido, sino de que hemos perdido la capacidad de percibirla. En medio de la saturación de información, la velocidad, el consumo y el ruido infinito, hemos dejado de escuchar, de ver, de atender.
La filósofa francesa Simone Weil, con quien Han dialoga a casi un siglo de distancia, lo decía con una claridad que incomoda:“La atención es la forma más pura de oración.”
Hoy, sin embargo, la atención es un recurso en extinción.
Vivimos distraídos, fragmentados, reaccionando sin pausa. Las notificaciones dictan nuestro ritmo; las pantallas se han vuelto prótesis del alma. Y así, poco a poco, perdemos la capacidad de contemplar, de estar presentes, de abrirnos a aquello que nos excede.
Simone Weil proponía algo revolucionario:la espiritualidad no consiste en escapar del mundo, sino en participar plenamente en él mediante un gesto radical de humildad interior: vaciar el yo.Dejar de ocuparlo todo con nuestra ansiedad, nuestras opiniones y nuestros miedos.
Callar por dentro para que algo más pueda hablarnos.
Byung-Chul Han retoma esa idea bajo un nombre casi olvidado:descreación.
No como autonegación, sino como ejercicio de desinflar el ego, de abrir un espacio interior donde lo sagrado o simplemente lo verdaderopueda respirarse.
Quizá por eso la espiritualidad no ha desaparecido:lo que ha desaparecido es la capacidad de atención que la hacía posible.
Y entonces surge una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Cómo podemos recuperar un sentido de trascendencia en medio de este caos?
La respuesta, quizá, no está en grandes gestos, sino en actos mínimos:
• Un minuto de silencio real al día.
• Mirar a alguien con atención completa.
• Suspender el rendimiento y permitirnos simplemente ser.
• Acercarnos a la belleza no para consumirla, sino para dejarnos herir por ella.
• Nombrar nuestra tristeza sin avergonzarnos de sentir.
Son gestos pequeños, sí. Pero en ellos podría comenzar a renacer el ser humano capaz de escuchar a Dios… o, para quienes no creen, capaz de escuchar su propia alma.
La crisis del mundo no es sólo externa; es también interior.Pero ahí, en esa interioridad herida, puede gestarse una esperanza distinta, más humilde, más verdadera.
Tal vez la pregunta no sea si Dios ha muerto.
La pregunta es:¿Estamos dispuestos a hacer silencio para volver a escucharlo?