Gobernanza y cultura

Las “políticas culturales” en términos generales, son un conjunto de principios teóricos y operativos encargados de orientar las acciones de una institución en manos del Estado y sus diversos organismos. En este sentido, hablamos de una política “dominante”, cuando las decisiones y los rumbos de la gestión, la promoción y la difusión de la cultura se ejerce desde la verticalidad bajo una dimensión sine qua non. Sin embargo, una política cultural no necesariamente se traduce de esta manera; opuesto a ello, existen otros actores culturales que apuestan a los procesos democráticos, incluyentes y participativos para la construcción de nuevas y mejores formas para acceder a la cultura, como un derecho ineludible y natural al alcance de todas y todos.

A diferencia de las formas tradicionales de aplicar las políticas culturales por medio de “gobiernos verticales”, las políticas en donde una democracia activa, genuina y trasparente hace la diferencia, es sin duda, la “gobernanza” por medio de una participación horizontal, en donde todos los agentes que conforman una comunidad, cobran un papel determinante para la construcción de los rumbos hacia y para la cultura. Por ello, la gobernanza abarca un sentido mucho más amplio, en donde se incluye activamente la participación de múltiples actores públicos y privados, así como la sociedad civil organizada en comunidad, para la toma de decisiones; siendo está ultima de suma importancia para toda acción de promoción y difusión para la cultura.

Hablar de cultura en México es hablar de resistencia, de creación comunitaria e identidades vivas, pero también, es hablar del cruce simbólico y político entre las estructuras, decisiones y horizontes comunes, cobrando de esta manera más fuerza el concepto de “gobernanza”, no limitada únicamente a los ámbitos de la gestión de proyectos y el cumplimiento administrativo para su difusión. Es, sobre todo, la forma más adecuada para tomar decisiones en tornoa los productos y servicios culturales, así como de los bienes simbólicos que la definen mediante el ejercicio identitario.

Resulta claro que, desde la perspectiva de políticas culturales verticales y dominantes,los que deciden qué cultura deberá promoverse, el cómo se deberán de distribuir los recursos y quiénes participarán en ella o quedarán fuera, mediante las convocatorias elaboradas con candados discrecionales e intereses “institucionales”. Este tipo de decisiones como parte de una inercia burocrática, han sido tomadas por las instancias públicas o élites privadas “desde arriba”, al margen de un diálogo real con los agentes culturales base.

Asumir una actitud de gobernanza implica respetar a las propias estructuras en la toma de decisiones al interior de los colectivos, en espacios reales de participación, en la distinción de roles y responsabilidades de forma equitativa; fortaleciendo la capacidad interdisciplinaria para sostener proyectos a largo plazo con impacto, vocación y legitimidad social, pasando del liderazgo individual al compartido. Para ello, es necesaria la creación de laboratorios de ciudadanía para elejercicio renovado de formas democráticas.

La organización colectiva para el bien común, en estos tiempos de exclusión, crisis y polarización, resulta urgente para recuperar las decisiones políticas “no dominantes” en el sentido estricto de la palabra… en su sentido más noble y genuino.Son necesarias, – como una parte de –, políticasculturales de gobernanza que partan desde la enseñanza artística – en talleres y ámbitos profesionalizantes –, hacia la materialización de servicios, desde y hacia los nuevos públicos, con herramientas metodologías para apropiarse eficazmente del fenómeno cultural, como un acto de gobierno compartido.

La “gobernanza” a favor de las políticas culturales, no se reducen a un capricho visto desde la academia y las élites intelectuales. Es una respuesta que emerge de las prácticas de “gobiernos paternalistas” que caracterizaron a la recta final del siglo pasado, manoseando políticamente conceptos tan profundos y trascendentes como el de “solidaridad” en la década de los noventa. Por otra parte, la gobernanza también responde a las crisis que lastimaron a diversos países en dicho momento, aumentando el número de responsabilidades para los gobiernos que, supuestamente “no le correspondían” a su espectro de acción, buscando así más agentes participativos para la toma de decisiones e inversión de esfuerzos para sacar a flote los proyectos de nación. Si bien, esta respuesta no fue la más adecuada para acuñar un concepto claro de lo que en verdad significa actualmente la “gobernanza”, representó el detonante para que emergieran otras iniciativas para construir comunidad.

Desde la academia, se han suscitado grandes debatespara definir el concepto de “gobernanza” en un sentido equilibrado, con la intención a revindicar la esencia de la política entre los servidores públicos y los ciudadanos, perneando acciones gubernamentales bajo los discursos de los derechos humanos y el Estado de Derecho, en respuestaal arraigode las “corrientes neoliberales” con la inoperancia de los gobiernos anteriores y algunos actuales, como el único aparato burocrático para definir “políticas culturales” verdaderamente democráticas.Por ello, resulta importante que una “política cultural” bajo los principios de gobernanza,no solamente se involucre en la promoción para emisión del voto, sino, además,en la creación de espacios de diálogo, reflexión y retroalimentación que democraticen la toma de decisiones acerca de los rumbos que debe seguir la promoción de la cultura.Como parte de estos grandes debates, surgen cuestionamientos con respecto a la capacidad del aparato estatal, enunciando el peligro de llegar a un estado de “ingobernabilidad”. Por el contrario, se trata de cimentar “un piso parejo” para toda la sociedad, proporcionando las mismas oportunidades a cada individuo, desde sus capacidades, roles y espectros de acción como agentes de cambio, en donde los gobiernos, al margen de acciones y actitudes dominantes y de control, orienten, catalicen, faciliten, coordinen y pongan en valor de manera participativa, las mejores formas y caminos para hacer cultura.

¿Cómo funcionan entonces la planeación y ejecución de las políticas culturales bajo un esquema de gobernanza? Claro está y como se ha dicho – palabras más, palabras menos –: encausando el análisis hacia la formulación e implementación de políticas públicas, considerando la interacción armónica entre sus actores – gobierno, sociedad civil, iniciativa privada, etcétera –; y, sobre todo, entendiendo, respetando y preservando el fenómeno cultural desde su origen, desde su naturaleza, como una reacción en cadena para trasformar los entornos, poniendo en juego las diversas formas de comunicación, en su efecto multiplicativo que da lugar a la diversidad, con énfasis en los distintas formas y estilos de vida, así como en sus necesidades sustantivas para proponer, redimensionar o corregir los rumbos del entramado social.

Una “política cultural” clara y eficiente, encuentra valores de acuerdo a la sensibilidad y el conocimiento mínimo indispensable desde la perspectiva antropológicacon la que sea vista la cultura, como un fenómeno social que desde la toma de decisiones, cobra una vocación legítima en función de la consecución del bien común, siendo conscientes que la cultura no se controla a ultranza, ni mucho menos equivale a un conjunto de elementos para construir “aparatos ideológicos de estado”, anteponiendo los intereses personales por encima de los demás.

Los efectos transversales de la cultura, comienza a partir del ejercicio de la gobernanza y, de esta manera, la trasversalidad para impactar a otras áreas de atención como lo es el desarrollo social en su conjunto: salud, prevención, seguridad, turismo, deporte, integración, derechos humanos, infraestructura, servicios públicos, entre otros.  La cultura no puede existir, coexistir y preservarse sin comunidad y sin esos efectos transversales de interacción; sin la organización de los grupos de identidades particulares que, en su conjunto, mediante un sistema organizado, sistemático y democrático de las instituciones públicas den lugar a ella, ya no únicamente como un derecho, sino como una obligación responsable por parte de la ciudadanía.

La importancia de un ejercicio de gobernanza eficaz, consiste principalmente en definir los estándares adecuados de bienestar social y calidad de vida, fomentar el desarrollo económico, reducir la corrupción a través de parámetros de transparencia y rendición de cuentas, promover la sana convivencia para la materialización de mejores prácticas sociales, ejercer un papel pedagógico en términos de planeación y organización, aplicar estrategias de concientización cultural comunitaria mediante la educación y, sobre todo, partir de principios de horizontalidad y transversalidad en la toma de decisiones.

Finalmente, Aguascalientes enfrenta grandes retos en torno a la definición y organización de sus “políticas culturales”. No basa con la conceptualización de un Plan Estatal de Desarrollo y una Ley de Cultura. Estos documentos “rectores”, se convierten en letra muerta, sin la presencia de políticas públicas proactivas y participativas. El Estado requiere de una articulación de esfuerzos trasversales; primero, desde las instituciones publicas municipales y estatales siendo las primeras instancias para promover el diálogo cultural, tomando como referente las reflexiones desde la academia desde los estudios socioculturalesy, paralelamente, involucrando a los actores base que hacen posible el fenómeno cultural: artistas, artesanos, productores, gestores, difusores, promotores, educadores, pedagógicos, críticos, filósofos, antropólogos, sociólogos, entre un universo inagotable de agentes de cambio, encargados por vocación, de catalizar y materializar las acciones sociales, amén de la configuración de toda manifestación cultural.

OTRAS NOTAS