En días recientes se ha intentado desvirtuar un hecho sencillo y legítimo: la visita de legisladores mexicanos a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para exponer preocupaciones sobre la que parecería fue una represión ejercida contra manifestantes jóvenes de la llamada “Generación Z”.
Desde ciertos sectores se quiso instalar la idea de que acudir a un organismo internacional equivale a “traicionar a la patria”. Es un argumento tan viejo como peligroso: apelar al nacionalismo emocional para silenciar la crítica y aislar al país de los mecanismos que lo protegen.
Pero la verdad la que no necesita gritos ni consignas es profundamente distinta.
México no es una isla.
Forma parte de un concierto de naciones que durante décadas ha construido instituciones supranacionales precisamente para evitar que los gobiernos, cualquiera que sea, tricolor, azul, o guinda cometan abusos sin supervisión. Los organismos internacionales no son tribunales extranjeros que humillan la soberanía; son espacios de diálogo, vigilancia y armonización que México, libre y voluntariamente, decidió integrar.
Acudir a ellos no es un acto de traición: es un acto de responsabilidad democrática.
Toda persona ciudadana, diputado, estudiante, campesino o madre de familia tiene el derecho de acudir a esos foros cuando siente que sus derechos han sido vulnerados. Ese es el sentido profundo de la Comisión Interamericana: dar voz donde los gobiernos no escuchan, abrir puertas cuando las instituciones nacionales se cierran, acompañar cuando la indignación corre el riesgo de volverse desamparo.
Tratar de presentar esa acción como una ofensa al país solo puede nacer de dos lugares: del desconocimiento… o del miedo.
Porque los organismos internacionales nos recuerdan, sin violencia y sin propaganda, que al poder también se le mira desde fuera, que la dignidad humana tiene guardianes más allá de las fronteras, y que ningún gobierno puede convertirse en juez y parte de sí mismo.
El problema no es que unos legisladores hayan viajado.
El problema es que, desde una narrativa, se intente censurar moralmente el acto mismo de exigir rendición de cuentas.
Pero México, querido lector, no necesita más silencio.
Necesita más puentes, más diálogos, más madurez democrática.
La verdadera soberanía no se defiende aislándonos del mundo, sino cumpliendo los compromisos internacionales que libremente adoptamos: tratados, convenciones y principios que obligan al Estado a proteger, no a perseguir; a escuchar, no a estigmatizar; a dialogar, no a deslegitimar.
Y si un grupo de jóvenes se manifiesta, si levanta la voz, si rompe la apatía de nuestra época, lo menos que podemos hacer es escucharlos con seriedad. El futuro no se reprime: se acompaña.
El futuro no se criminaliza: se honra.
El futuro no se cancela: se construye con ellos.
Por eso acudir a la Comisión Interamericana no es un agravio.
Es un recordatorio: México pertenece a una comunidad de naciones que decidió no abandonar a nadie en la oscuridad.
Ojalá algún día aprendamos, como país, a no temerle al escrutinio internacional… sino a temerle, más bien, al silencio de nuestra propia conciencia.