Actualmente me siento frente al ordenador pensando en un par de acontecimientos que me sucedieron esta semana; ambos con el bendito sentido de hacerme sentir menos. Y no hablo desde una cuestión de perspectiva o de una sensibilidad infundada. Hablo de actos deliberados que, de ignorarlos, haría evidente la intención de verme innecesariamente sobrecompasiva. Sin embargo, no necesito adornar lo ocurrido: fueron acciones claras, directas y cargadas de un mensaje incómodo. Mi cabeza, inevitablemente, unió estos episodios con la salud mental y con algo que he visto repetirse en muchas historias ajenas y propias: la necesidad humana (y aparentemente inagotable) de querer lastimar a otro.
¿Qué impulsa a una persona a querer generar un sentimiento de inferioridad en alguien más? ¿Qué le pasa por la mente a un ser humano que, conociendo la tristeza, la vergüenza, la comparación y el dolor, decide que un tercero merece sentir exactamente eso? Me lo he preguntado tantas veces en distintos contextos, pero esta semana la pregunta regresó con fuerza. No desde la teoría, sino desde la experiencia directa. Desde ese golpe sutil pero efectivo que viene cuando alguien con autoridad te expone, te desacredita o te exhibe frente a otros.
La respuesta, tristemente, es simple: no hay, ni habrá manera de saberlo a ciencia cierta. Podemos especular, analizar o justificar, pero al final las motivaciones reales quedan escondidas detrás de la conducta. Y aun así, aunque no pueda saber exactamente qué lo provoca, sí puedo reconocer lo que me generó. Seré honesta: me dolió, me avergonzó y me sobajó. Y lo peor es que no ocurrió una sola vez. Una situación fue en mi trabajo y otra en la escuela, ambas ejecutadas por figuras de autoridad, por personas que tenían la posición y la responsabilidad de actuar con prudencia, tacto y respeto.
Afortunada o desafortunadamente, no pude quedarme callada. No por orgullo, sino por límite. Si me quisieron exponer en público, en público he de aclarar las cosas. No se trató de un impulso defensivo; fue una necesidad de dignidad. Aun así, incluso después de haber respondido, no dejo de preguntarme qué lleva a una persona a abusar así de su posición. ¿Qué placer, alivio o sensación de control obtiene alguien al intentar rebajar a otro frente a un grupo? ¿Qué necesidad interna queda saciada al humillar?
La psicología, desde muchas de sus corrientes, señala algo claro: “yo soy responsable de cómo recibo un mensaje”, “mi gestión emocional va primero”, “el verdadero carácter fuerte es el que sabe qué batallas pelear”. Frases reales, útiles y llenas de verdad… pero que no siempre se sienten aplicables en el momento del golpe. Porque la teoría puede ser impecable, pero la experiencia humana no es un laboratorio.
Hoy, en particular, no quiero pelear ninguna batalla. No sé si es cansancio, saturación, decepción o simplemente una pausa obligada. Sé que no estoy renunciando a nada, pero tampoco tengo energía para seguir levantando murallas donde no debería haber guerra. Y, por pura estadística, no soy la única. Esta semana, como yo, existe un número altísimo de personas en situaciones similares: empleados que recibieron un comentario humillante, estudiantes expuestos sin necesidad, padres, hermanos, desconocidos… todos atravesando pequeñas o grandes violencias cotidianas que alguien pudo evitar.
Por eso vuelvo a la pregunta que me persigue: ¿cuál es la bendita necesidad de querer hacer sentir mal?
No busco una respuesta académica. Me interesa la parte humana, la parte que duele. Porque para ejercer daño no hace falta ser un villano; basta con ser alguien que olvida que sus palabras llevan peso. A veces la gente hiere porque está herida, otras porque está frustrada, otras porque quiere reafirmarse, y otras simplemente porque puede. Y aunque esas explicaciones tengan lógica, no justifican nada.
Necesitamos más empatía, pero no la versión barata, de discurso vacío o de moda. Hablo de la empatía real: la que implica detenerse un segundo antes de hablar, elegir una palabra diferente, considerar al otro como un ser humano completo y no como un receptor pasivo de nuestra frustración. Somos rápidos para exigir fuerza emocional a los demás, pero increíblemente lentos para moderar la nuestra.
Y pregunto desde la compasión y un intento de concientización, algo que pesa aunque pocos lo digan: nadie es culpable de que un suicida jale el gatillo por sí mismo. Pero nunca sabemos cuándo podemos contribuir a ser un detonante. A veces no es la “gran tragedia” la que empuja; son los comentarios, las humillaciones pequeñas, los gestos de desprecio, los golpes sutiles al autoestima que se van acumulando día tras día.
Por eso insisto, quizá como un grito silencioso: ¿cuál es la bendita necesidad de querer hacer sentir mal?
Tal vez nadie tiene la respuesta, pero urge que empecemos a hacernos la pregunta.