Misoginia de alta fiscalía

Bajo presión

No somos lo que decimos, somos lo que hacemos, diferencia que en el ejercicio del poder es radical, distinción que a lo largo de la administración de Claudia Sheinbaum ha sido la comidilla entre los grupos de analistas: a partir de las conferencias matutinas se compara la influencia y el poder que tiene la presidenta en relación con su antecesor, y siempre sale ganando Andrés Manuel López Obrador.

Detrás de esta comparación no deja de haber un tufo misógino, tanto de los adversarios como del oficialismo. La oposición vende la versión de que la presidenta sigue estando manipulada desde la finca lopezobradoriana, origen de toda decisión del gobierno actual, mientras que los tetratransformistas juran que la presidenta es independiente, no sin antes refrendar su fe, deuda y veneración a la sombra del caudillo tabasqueño.

Andrés Manuel López Obrador aprovechó el presidencialismo del país para realizar el gobierno de un hombre solo, uno que en el discurso y en los hechos respondía a cabalidad al análisis sesgado de quienes consideran que el poder debe ejercerse con una virilidad excesiva: su gabinete se mantenía en silencio y sus iniciativas debían ser aprobadas sin mover una sola coma; ofrecía su pecho, que no era bodega, ante cualquier embate que responsabilizara a su gobierno de omisión, negligencia o corrupción, y el golpe terminaba desviado por el carisma del líder moral.

Claudia Sheinbaum no adopta esa virilidad tradicional de forma exagerada y perjudicial; a lo largo de su periodo de gobierno se ha resistido a las demandas de cortar con su antecesor y, en cambio, refrenda su devoción a López Obrador indicando que son parte de un mismo movimiento. Esa parece ser su convicción: la presidenta no tiene por qué “traicionar” al expresidente ni está obligada a besarle los pies públicamente para darle gusto al pueblo bueno. Su toma de decisiones es exasperadamente lenta y sólo ella parece reconocer el propósito; se distingue que sus acciones tienen como prioridad establecer una forma personal de gobierno, sí, pero sin patear el avispero, sin rompimientos, sin repartir culpas, cuidando el “legado” de López Obrador, aunque la mayoría de las problemáticas que enfrenta son herencia maldita del sexenio anterior.

La salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía General de la República constituye una muestra didáctica de las formas en que ejerce el poder Claudia Sheinbaum: sin gritos, sin manotazo en la mesa, aprovechando al máximo la fidelidad nacional al presidencialismo, sólo que ahora se administra en voz baja. La escena completa la estampa de una presidenta que, aprovechando las formas tradicionales, deja sentir el peso del sistema sin necesidad de convertir cada movimiento en cruzada moral: más astuta que histriónica, más inclinada a doblar a la acción  por debajo del agua que a exhibir la torsión en cadena nacional.

“¿Le ha manifestado la intención de separarse del cargo?”, le preguntaron a Claudia Sheinbaum. La presidenta respondió que no, con la serenidad de quien niega conocer el final de una película cuyo guión ya revisó escena por escena. Reconoció haber recibido un documento del Senado que estaba “analizando” con su equipo jurídico, la fórmula tecnocrática para decir lo evidente: el asunto está políticamente resuelto; sólo faltan las horas reglamentarias para vestir de legalidad lo que ya es una decisión tomada.

El Senado convocó sesión a las diez de la mañana y regresó al hermetismo, a los recesos, a las consultas de pasillo. Muchas horas después, pasadas las seis de la tarde, reanudó la discusión para aceptar la ¿renuncia? de Gertz Manero. No fue una renuncia: fue una retirada negociada, una salida diplomática disfrazada de embajada ante “país amigo”, el equivalente institucional del “no eres tú, soy yo” aplicado a la procuración de justicia.

Tras la catarata de versiones cruzadas, se confirmó que el relevo interino recaería, conforme a la ley, en la titular de la Fiscalía Especializada de Control Competencial. Y ahí comienza el tejido fino: ese diseño legal abrió, sin decirlo, la puerta para que Ernestina Godoy quedara en posición privilegiada rumbo al nombramiento definitivo, bajo el paraguas de la “normalidad institucional” y con todos los reflectores apuntándole sin necesidad de una sola fanfarria.

La coreografía terminó de montarse minutos después, cuando se difundió una carta firmada por el propio Gertz Manero designando a Godoy al frente de la Fiscalía Especializada de Control Competencial. La ficha final del rompecabezas cayó en su lugar: una transición que se vende como estrictamente jurídica, pero que es una operación política pactada a detalle. La presidenta reacomoda el tablero sin romper ni mancharse las manos.

Aquí la supuesta lentitud de Sheinbaum se revela como ventaja táctica. No hay ruptura declarada con el pasado, no hay condena al fiscal, no hay juicio moral en plaza pública. Solo una secuencia impecable de pasos legales que culmina con un fiscal menos y una presidenta más dueña de la FGR. Se cuida el “legado” de López Obrador, pero se corrigen las piezas que ya no funcionan; se mantiene el discurso de unidad, pero se oxigena la institución sin admitir que el modelo original estaba descompuesto.

Todos los actores que quedan de pie se lo deben a la presidenta, Adán Augusto López Hernández puede presumir que fue el operador en el Senado, ajá, lo cierto es que su destino y el de las investigaciones sobre La Barredora están ya en manos del equipo de la presidenta. Lo mismo con quienes están involucrados en el huachicol fiscal, sí, esos familiares de la Marina.

La comentocracia caemos en en la trampa: exige pruebas de autonomía en forma de portazo o grito de independencia. Como si romper públicamente con el caudillo de Macuspana fuera el único modo de ejercer poder propio. El episodio Gertz Manero ofrece una tercera vía: se puede ser leal en el discurso y, al mismo tiempo, operar debajo del agua para reorientar el poder mientras el debate público se distrae con la embajada al “país amigo”.

Es aquí donde la lectura misógina hace cortocircuito. A López Obrador se le celebró el berrinche, el manotazo, la voz tronante; el poder debía oler a testosterona institucional. A Sheinbaum, en cambio, se le reclama no replicar esos gestos viriles: que rompa, que denuncie, que golpee la mesa para probar autoridad. Como si la independencia únicamente pudiera expresarse con códigos de furia masculina.

El nombramiento interino de Ernestina Godoy no la descarta de la lista final; al contrario, la sitúa en el centro del escenario donde el Senado deberá construir la decena de nombres que llegarán a la presidenta. Sobre el papel, el procedimiento es impecable: lista amplia, terna, votaciones. En la práctica, es un casting donde la protagonista ya está definida, pero debe pasar por las audiciones para no dañar las formas republicanas.

La operación para sacar a Gertz desmonta toda expectativa melodramática: no hay linchamiento, no hay humillación ritual, no hay épica de ruptura. Hay, en cambio, expedientes circulando entre Senado y Presidencia, cartas que se mueven entre manos jurídicas, decisiones coordinadas sin aspavientos. El mensaje, incómodo para quienes miden la autonomía con el termómetro de la furia masculina, es simple: la presidenta no necesita incendiar la plaza para ejercer el mando. Basta con que, cuando se apagan las cámaras, la que manda, aunque muchos se resistan, siga siendo ella.

 

Coda. Al final, todo fue menos épico de lo que los devotos del manotazo esperaban. No hubo choque de trenes ni ruptura histórica: sólo un trámite, rutinario. Gertz salió por la puerta trasera y la llave de la FGR cambió de mano con la misma emoción que un cambio de guardia en una oficina gris. Algunos seguirán buscando señales de grandeza donde no hay otra cosa que administración del desgaste. El poder no ruge, a veces simplemente firma.

 

@aldan

 

 

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