Bajo presión
El ruido cubre la presidencia como una manta que no abriga: es un estruendo fabricado, diseñado desde los estrechos pasillos del poder, que obstruye toda posibilidad de reconocer las causas concretas de los reclamos que hoy pulsan en carreteras y plazas públicas. Así como las vallas rodean Palacio Nacional, dizque para “proteger el patrimonio histórico”, los voceros del oficialismo levantan muros verbales para encapsular y blindar a Claudia Sheinbaum. En la práctica, apenas consiguen aislarla: restringen su visión, la condenan a escuchar el eco de su propia corte.
La narrativa gubernamental se ha convertido en una cápsula acústica de intolerancia, donde cualquier disenso se traduce en traición, toda inconformidad se etiqueta como complot, y cualquier incomodidad ciudadana es elevada a la categoría de conspiración internacional, financiada por el elenco de villanos preferidos. Al encumbrar este muro ensordecedor, los oficialistas resultan estorbando más que protegiendo: impiden que la presidenta perciba el país que administra y dificultan toda diagnosis que, por fuerza, requiere contacto con la realidad.
No faltará quien señale que esta es una lectura ingenua, indulgente, incapaz de responsabilizar a la presidenta Sheinbaum por el fracaso de sus políticas públicas. Quizá lo sea. Sin embargo, quienes circundan a la presidenta ejercen el funesto dominio de dirigir su mirada solo hacia lo que les conviene, jamás hacia donde urge. Los intérpretes autoproclamados de la “visión” presidencial trabajan, ante todo, por perpetuar su propio poder, dejando el buen funcionamiento del gobierno en segundo plano. El ruido es su herramienta predilecta: cuanto más ensordecedor, más maleable se vuelve la narrativa a sus intereses.
El ruido no es producto del azar. Es una distorsión deliberada. Lo que se le comunica a la presidenta es que la inconformidad no es legítima: es un ataque orquestado contra ella, contra el movimiento, contra la Patria, contra el bienestar social, contra el futuro, contra la mismísima transformación nacional. Así se diluyen los matices, se borran las causas, y cualquier reclamo queda reducido a un acto hostil.
En este teatro del absurdo, los transportistas que bloquean rutas por la inseguridad, y los productores que exigen un precio justo para el maíz, pierden su condición de ciudadanos agraviados y pasan a ser figurantes en una narrativa de antagonismo. El gobierno esquiva las causas, pues admitirlas sería confesar fallas en dos terrenos que presume dominar a la perfección: la seguridad y la justicia económica. Demasiado inconveniente.
Antes que escuchar, los voceros de Morena prefieren alterar la percepción de lo real: insisten en la transformación realizada, y demonizan como minoría privilegiada a quienes no se suman al aplauso. Repiten el guión, con la obsesión de un disco rayado, sobre millones de mexicanos rescatados de la pobreza y el aumento del salario mínimo. Son cifras valiosas, sin duda, pero su reiteración exorcística apenas alcanza para ocultar lo que no funciona. Lo peor: convierten los logros en telones de humo que impiden atender lo que verdaderamente falla.
Toda movilización que no celebre el País de los Otros Datos se vuelve sospechosa, todo lo que no venere el legado de Andrés Manuel López Obrador, está mal Esa es la lógica que los heraldos del régimen refuerzan, no por fortalecer la presidencia, sino por asegurar sus propios privilegios de cara a la siguiente elección. Poco importa el tiempo que falte: cada quien calcula cómo incrustarse en el próximo reparto. El interés no es el gobierno, ni la presidenta, ni el país. Es el puesto, la parcela de poder a usufructuar.
Por eso ridiculizan a la disidencia, los adversarios son caricaturizados como enanos morales, derrotados, minoritarios, aunque dotados, paradójicamente, de un poder suficiente para poner en jaque la estabilidad nacional. Enemigos diminutos, peligrosísimos. Una contradicción que sólo se sostiene en el absurdo del libreto oficial.
Cuando surgen movilizaciones incómodas, el guión se reactiva: no son genuinas, se engaña al pueblo bueno, hay manipuladores tras bambalinas. Ante el bloqueo de caminos, la primera reacción es hablar de la marcha de la Generación Z, restar legitimidad, insinuar que hay titiriteros. Sin evidencia, vocingleros como Arturo Ávila o Andrea Chávez se apresuran a enlistar nombres, a divulgar investigaciones “oficiales” sobre los manifestantes, con una minuciosidad que jamás aplican al crimen organizado. Es más fácil investigar a quien bloquea una carretera, que a quien la controla y sobre el Bloque Negro, ni hablar.
El mantra institucional repite, invariablemente, que la gente tiene derecho a manifestarse y que ese derecho siempre será respetado, pero omiten las causas de la protesta: para ellos el problema no es la marcha, sino la mentira al pueblo. Lo que les preocupa no es la demanda social, sino perder el control de la narrativa.
El ruido que envuelve a la presidencia no sólo perturba: distorsiona, oculta, suplanta. Impide entender que los bloqueos surgen de razones concretas: inseguridad en los caminos y precios injustos para quienes producen el campo. Claro, oportunistas hay siempre, pero esos males no se combaten con amenazas ni con catecismos. Las advertencias de la secretaría de Gobernación, sobre carpetas de investigación, sólo amplifican el ruido, sin solucionar nada.
Quienes sufren el México real no piden teorías ni sermones sobre estrategia política. Requieren gobierno, atención auténtica, respuestas.
El ruido seguirá, y mientras persista, será menos complicado inventar un país sin reclamos que gobernar el que de verdad existe. En ese México alterno que construyen los voceros, todo marcha bien, nada falta, nadie protesta… y la próxima elección es sólo trámite.
El problema es sencillo, pero inaplazable: ese país existe apenas en sus discursos, pero nunca en el territorio que la presidencia debería ver. Gobernar el México real exige aquello que ninguna muralla de ruido puede fabricar: capacidad de escuchar.
Coda. En un país donde el mundo grita para imponer su versión, el verdadero poder es saber escuchar. Ahí empieza el gobierno, y ahí, de momento, es territorio que le está vedado a la presidencia.
@aldan