Siempre he sido, en el sentido más burdo de la palabra, un criticón. A veces con bases tan firmes como el concreto; otras, lo admito, por puro deporte. Y antes de que suene a penitencia pública, lo digo con orgullo. Los criticones somos necesarios. Una sociedad sin nosotros se volvería un monólogo, un cuarto cerrado donde nadie empuja, nadie pregunta y nadie incomoda. Pero, y aquí viene el matiz que suele olvidarse, para criticar hay que comprender. No comprender para justificar, sino para poder golpear donde es. De lo contrario, la crítica deja de ser crítica y se convierte en algo más simple y más peligroso, la repetición de una demagogia criticona.
Y en estos días, Aguascalientes, como en estas décadas, es un ejemplo perfecto.
La elección de la rectoría en la Universidad Autónoma de Aguascalientes desató exactamente lo que somos como comunidad. Pasiones, rumores, entusiasmos, sospechas, conclusiones veloces, certezas prematuras y esa costumbre muy local de decidir primero el veredicto y después preguntar qué es lo que estamos juzgando. La mañana misma de la votación apareció la investigación que terminó de encender la chispa. El País publicó un reportaje que colocó a la actual rectora, Sandra Yesenia Pinzón, en el centro de un caso de presunto desfalco por 393 millones de pesos invertidos en instrumentos financieros de alto riesgo. Los documentos la vinculan con ampliaciones de vencimiento en operaciones por 200 y 100 millones. Ella sostiene que denunció el fraude. La universidad afirma que las inversiones no eran ilegales y que se realizaron bajo la normatividad vigente entre 2020 y 2023, además de que se han promovido demandas y ajustes internos para enfrentar la situación.
Con eso bastó. Aparecieron dedos señalando, discursos inflamados, análisis hechos desde la ventana del coche y, por supuesto, el escuadrón habitual de expertos autoproclamados que no distinguen entre auditoría, rumor y chisme.
Pero detenernos ahí sería injusto y profundamente superficial. Porque más allá de la investigación, hay un problema que nos acompaña desde hace años: la UAA opera en una esfera donde la información fluye hacia adentro, no hacia afuera. Su vocación de casa abierta al tiempo siempre se ha llevado mal con la transparencia cotidiana. Da igual si se trata de la estafa millonaria, de compras cuestionadas, de decisiones administrativas poco claras o de los casos de acoso en BachUAA que jamás se esclarecen ante la opinión pública. La institución prefiere el silencio. Contesta con comunicados suaves, cuando contesta. Es un hábito histórico, casi identitario, una especie de blindaje moral que supone que el prestigio universitario se conserva no diciendo, no explicando y no confrontando.
Ese silencio pesa tanto como cualquier sospecha.
Por eso es preocupante que la decisión final recaiga en una Junta de Gobierno cuyos criterios, deliberaciones y discusiones no están a la vista de nadie. No se trata de dudar por deporte, sino de entender que la transparencia no puede depender de la buena voluntad, ni de la interpretación personal de la normatividad, ni de la costumbre de cerrar filas. Se trata de exigir que un proceso tan relevante no se decida en un cuarto que parece transparente solo para quienes ya están dentro.
La consulta a docentes dejó a Yesenia Pinzón con una ventaja clara. La consulta estudiantil dejó a Arredondo con un respaldo igual o incluso más contundente. Ambos números son reales. Ambos importan. Pero ninguno determina por sí mismo la rectoría, porque la ley entrega la decisión final a ese órgano que, año tras año, se mantiene voluntariamente opaco. Criticar eso no es atacar a nadie. Es pedir lo mínimo que se le exige a cualquier institución pública: claridad y rendición de cuentas.
Aquí es donde se rompe la demagogia criticona.
Criticar no significa ignorar la estructura. Significa entenderla para poder desarmarla.
Porque si no entendemos qué estamos criticando, la crítica se vuelve caricatura y un móvil del poder. Basta con que una investigación se publique para que media ciudad decida que ya conoce el expediente completo. Basta con que haya simpatía por un candidato para que la otra mitad del estado declare fraude anticipado. Y en esa confusión, la comunidad universitaria queda reducida a espectadora de su propio proceso, cuando debería ser su fundamento más consciente.
La crítica fácil exige enemigos. La crítica responsable exige contexto.
No se trata de callar ni de esperar a ver qué dicen arriba. Al contrario, se trata de elevar el nivel de lo que exigimos. La universidad no se merece opinadores de sobremesa. Se merece ciudadanos universitarios, capaces de distinguir entre responsabilidad administrativa, responsabilidad política y responsabilidad ética. Y se merece, además, procesos claros, transparentes y sin el muro de silencio que la institución ha preferido levantar cada vez que un escándalo asoma el rostro.
Por eso, antes de que la indignación nos vuelva ciegos, conviene mirar afuera. Hace unas semanas hablamos de Nepal, donde la Generación Z no marchó detrás de nadie, sino que derribó a un gobierno coordinándose en Discord y eligiendo a su líder transicional con una encuesta hecha entre miles de jóvenes conectados. Ellos no gritaron sin saber. Ellos criticaron entendiendo la estructura que buscaban romper, y por eso la rompieron. Su revolución digital tuvo claridad, riesgo y coherencia. Tres cosas que la crítica improvisada jamás podrá ofrecer.
No necesitamos incendiar un parlamento para aprender la lección.
Necesitamos dejar de incendiar discusiones sin entender de qué hablamos.
La elección de rector o rectora en la UAA no es un concurso de popularidad, ni un tribunal moral improvisado, ni un plebiscito emocional. Es un proceso complejo, con reglas, con equilibrios internos, con actores que representan sectores distintos y responsabilidades distintas. Criticarlo es no solo válido, sino indispensable. Pero criticarlo sin comprenderlo es renunciar a la inteligencia que la propia institución se supone que fomenta.
Yo seguiré siendo un criticón, porque es lo único que sé ser.
Pero intentaré no caer, al menos no tan seguido, en la comodidad de la demagogia criticona.