Bajo presión
No hay registro, pero todo indica que en algún punto se votó una reforma constitucional para que el volumen sustituyera a la argumentación. Hoy el grito tiene rango de ley y el insulto presume credencial de elector. Marchamos entre memes furiosos y tuits destemplados, convencidos de que la capacidad de indignarse en el menor número de caracteres es el nuevo indicador de gobernabilidad, y si además acumula retuits, se considera política pública en construcción.
La política, alguna vez un espacio destinado a las ideas y el debate, se volvió espectáculo de circo: gladiadores de meme, ring de trending topic, comentaristas de indignación permanente. Nadie exige claridad: todos atienden decibeles. Si hay que escoger entre la explicación y el sarcasmo, el voto premia al que sabe insultar con precisión y teclear con furia. Manual no hay: nos rendimos al algoritmo. Una frase breve, rabiosa, replicable sin perder el punch. Explicar es ciencia antigua, argumentar una rareza, matizar casi una traición. Ni hablar de unir: quien lo intenta queda fuera de la conversación.
Las escuelas de formación política, visto lo visto, deberían ofrecer diplomados en albur y talleres de creatividad ofensiva, especialización en incendios controlados frente al micrófono, así como videos editados para mostrar que siempre se gana el debate.
Lo demás es artesanía obsoleta. El político se volvió influencer de la rabia, vendedor ambulante de eslóganes, especialista en agitar bandos. ¿Qué sentido tiene distinguir entre propuesta y berrinche, si el público aplaude la risa, celebra el zarpazo verbal y castiga la pausa como si fuera vagancia intelectual?
Ahí están los modelos globales que recomiendan los consultores: Trump y su industria de apodos; Milei y sus exabruptos de exportación; López Obrador con la polarización como desayuno. Cambian partidos y banderas, no la técnica. Rompa aquí para insultar. Comparta si está indignado. Demuestre autenticidad si sabe convertir lo complejo en una consigna archirrepetida o un plagio de canción de Molotov.
El ecosistema digital completa la obra. El insulto rinde más que un bono gubernamental, el meme enojado circula más rápido que cualquier acuerdo legislativo, y la explicación razonable dura lo mismo que un punto y coma en los reglamentos de la viralidad. La democracia ya no es el arte de construir consensos, sino el pasatiempo de dinamitarlos entre stickers y emojis perfectamente airados.
El costo es evidente. El adversario, antes interlocutor, es ahora el enemigo. El acuerdo, antes posibilidad, ahora utopía. Las instituciones, antes respetadas, ahora solo son etiquetas para la siguiente broma vulgar. Si el diálogo fuera declarado patrimonio en riesgo, recibiría menos likes que el meme del día, pero conservaría su dignidad intacta.
No se trata de negar la emoción ni de prohibir la ironía: bien administradas también son políticas. El error es reducirlo todo a la respuesta impulsiva, subestimando la inteligencia colectiva y sobrestimando nuestra memoria de insultos. A fuerza de frases cortas y videos incendiarios, la autoridad se disfraza de espontaneidad, la cercanía se confunde con falta de filtros y la autenticidad se vuelve cosplay de pueblo.
La política necesita, con urgencia, una nueva colección de argumentos: edición limitada, consulta exclusiva, compartible entre quienes todavía creen que el pensamiento también puede volverse viral sin sacrificar el ingenio ni renunciar al remate. La rabia entretiene, pero el argumento transforma, aunque nadie lo tuitee.
El epílogo, como buena ironía, es sencillo: la responsabilidad no termina en el salón de los gritos. Nos toca bajar el volumen, recuperar el derecho a exigir debate y recordar que el meme será la ruta rápida al trending topic, pero el argumento, terco, impopular, persistente, sigue siendo la única forma de cambiar algo. Aunque hoy, en tiempos de emojis y viralidad confundida con virilidad, eso parezca lo más subversivo.
En política, el grito se volvió más rentable que la explicación. La pregunta es si tendremos el valor, la paciencia, de salir de ahí, porque rendirse al ruido no es privilegio exclusivo de la política nacional. El ecosistema local, con sus matices y microclimas, ha demostrado que sabe marchar al compás estruendoso del espectáculo.
Central
En Aguascalientes, los usufructuarios del ruido están haciendo su agosto, probando la maquinaria para la elección de candidatos al Congreso, presidentes municipales y gubernatura, planteando adivinanzas y escenarios posibles sobre la elección de rector en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Con la discreción que los distingue, los amantes del ruido, reparten billetes para que quienes se presumen líderes de opinión, entre ellos muchos calumnistas, eleven el volumen y se nieguen a pronosticar que la Junta de Gobierno de la UAA votará por la reelección en la rectoría de Sandra Yesenia Pinzón Castro.
Durante el fin de semana y hasta hoy, podrá leer a quienes intentan usar las elecciones de la UAA para validar sus capacidades de movilización o dotes políticas adivinatorias, reproduciendo mensajes que desconocen, a propósito, el sistema de elecciones de esa universidad, alegando traición a un sistema democrático que no es el empleado por esa institución, exigiendo transparencia y rendición de cuentas con una brutalidad que no utilizan para la clase política, histéricos porque Aguascalientes aparece en medios internacionales, pero incapaces de recordar que que el Congresito dejó pasar el fraude millonario de La Caja Negra o que en la Estafa Ponzi también están involucradas el ISSSSPEA y la Fiscalía.
Se cuentan con los dedos de la mano quienes han realizado un análisis serio de las propuestas de los candidatos a la rectoría de la UAA, sobran quienes gritan que se viola la voluntad popular registrada en la elección entre maestros y estudiantes, a sabiendas que la Ley Orgánica universitaria establece que será la Junta de Gobierno la que hará una evaluación cualitativa para designar al rector.
Sobran los acelerados que quieren montarse en el voto de los estudiantes, como el diputado Salvador Alcalá, quien demanda a la Junta de Gobierno a que respete la voluntad del estudiantado, como si con eso pudiera tener alguna oportunidad real de convertirse en candidato a la alcaldía capitalina; y no dude que quien quiera llevar esa agua al molino del senador Antonio Martín del Campo como seguro merecedor de suceder a Teresa Jiménez Esquivel, porque a río revuelto y escandaloso, ganancia de cazagoles.
Coda. Un apunte más para el bloque de hielo, el escándalo que hoy se hace sobre la UAA, se derretirá cuando la conversación se concentre en la elección de la ombudsperson que presidirá la Comisión de Derechos Humanos de Aguascalientes, misma que será relegada a segundo plano cuando el equipo de la gobernadora seleccione a sus candidatos al Congreso, municipios y gubernatura. Mientras, como canta Joaquín Sabina: “Tanto, tanto, tanto, demasiado ruido”.
@aldan