El ruido y la palabra
A veces un país no se derrumba por crisis económicas ni por pleitos políticos, sino por algo mucho más silencioso: la pérdida de su espíritu.
México atraviesa hoy una fractura profunda que no se explica solo por la polarización, la violencia o la desigualdad. Todo eso existe, sí, pero es consecuencia de algo más hondo: el olvido de lo sagrado, de lo que da sentido, de lo que nos permite mirarnos sin miedo.
Hemos confundido religión con espiritualidad, fe con obediencia, y esperanza con discurso. Mientras tanto, el país se desgasta entre gritos, encono y la obsesión de tener razón. La política se volvió ruido; las redes, un campo de batalla; laconversación pública, un eco de resentimiento.
Pero debajo de ese ruido… hay un silencio que duele.
Un silencio que habla de una nación desconectada de sí misma.
Lo advirtió Antonio Velasco Piña desde hace décadas:cuando México se aleja de su raíz espiritual, se extravía.No habló de dogmas ni instituciones, sino de una energía profunda que sostiene nuestra identidad desde tiempos antiguos.La espiritualidad entendida como conciencia, como equilibrio, como ritual interior; no como miedo ni como consigna.
Y hoy, más que nunca, es evidente: somos un país cansado de la confrontación, hambriento de sentido, sediento de paz.
Un país que grita porque ha olvidado cómo escuchar.
Un país que pelea porque ha perdido el centro.
Un país que se duele porque abandonó el camino interior que alguna vez lo sostuvo.
Recuperar la espiritualidad no significa regresar al pasado ni buscar salvadores milagrosos. Significa algo más sencillo y valiente:recordar lo esencial.Volver al silencio.Mirarnos sin furia.
Reconectar con nuestra historia profunda, con nuestros rituales, con la fuerza femenina y masculina que equilibraba a nuestras culturas, con el respeto por la vida y el sentido comunitario que alguna vez nos sostuvo.
México no está condenado.
Está desconectado.
Y esa desconexión solo puede repararse desde adentro:
en las familias, en las escuelas, en los jóvenes que buscan un lugar, en los adultos que ya no quieren odiar, en las comunidades que necesitan reencontrarse, en cada ciudadano que decide no contribuir al ruido y sí al entendimiento.
La espiritualidad la verdadera, la que no dividepuede ser el puente que esta nación necesita.No para sustituir la política, sino para humanizarla.No para borrar las diferencias, sino para permitir que convivan.No para evadir la realidad, sino para tener la fuerza de transformarla.
México necesita un nuevo tipo de liderazgo:no el que se impone desde arriba, sino el que nace dentro de cada persona que decide vivir con más conciencia y menos rabia.
Porque cuando un país olvida su alma, todo se vuelve caos.
Pero cuando la recuerda…
nada puede destruirlo.
Es cuánto.