Shanzhai: cuando la copia sustituye al original

El ruido y la palabra

En su breve y punzante libro Shanzhai, el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han explora un fenómeno profundamente chino: el arte de la copia. Para Han, el shanzhai no es simple falsificación; es una lógica cultural donde la frontera entre original y copia se difumina hasta volverse irrelevante.

Lo que importa no es la autenticidad, sino la capacidad de producir algo “suficientemente parecido” para satisfacer la demanda del momento.

Y mientras releo a Han, no puedo evitar preguntarme:¿cuándo en México comenzamos a vivir también en una cultura shanzhai, pero política?

Vivimos tiempos donde la imitación se ha vuelto un mecanismo de supervivencia pública. Donde la identidad política ya no se construye desde la convicción, sino desde la conveniencia. Donde antiguos adversarios se mimetizan con las formas que ayer criticaban, y donde quienes prometieron ser distintos reproducencomo una copia ligeramente maquilladalos mismos vicios del pasado reciente.

Shanzhai no es solo una copia; es una copia que suplanta, que toma el lugar del original hasta que lo vuelve innecesario. Una copia que no busca superar, sino simular.

Y entonces, la pregunta se vuelve incómoda:

¿Qué pasa cuando un país normaliza que lo “casi auténtico” ya es suficiente?

¿Qué ocurre cuando la ciudadanía empieza a reconocer que las promesas son versiones recicladas de discursos viejos?

¿O cuando la clase política se intercambia papeles, máscaras y alianzas con la facilidad de un mercado de imitaciones?

Lo que estamos viviendo hoy en México no es una simple disputa de proyectos:

es una disputa por la narrativa del original.

Todos reclaman ser “la verdadera transformación”, “la verdadera oposición”, “la verdadera alternativa”. Pero en el ruido, las palabras pierden significado y las formas se vuelven espejos deformados unos de otros.

Han diría que lo shanzhai es un fenómeno cultural: la copia nunca pretende ser un fraude; simplemente se vuelve parte del paisaje, un objeto más en circulación.

En México, esa lógica se ha vuelto política:la copia ya no es excepción, sino método.

Y tal vez el mayor riesgo no es que haya copias, sino que dejemos de recordar cómo era un original.

Un original en política no es perfección: es coherencia.

Es asumir las consecuencias de lo que se dice.

Es mantener un horizonte ético, aunque el viento cambie.

Es no vender la identidad al mejor postor ni reciclarla según convenga el momento electoral.

No escribo esto con nostalgia no soy ingenuo sino con conciencia.

La democracia mexicana no necesita imitaciones; necesita autenticidad.

Necesita claridad, responsabilidad y proyectos que no sean calcas de agravios, resentimientos o ambiciones personales.

Quizá, como sugiere Byung-Chul Han, el shanzhai es inevitable en una cultura saturada de imágenes, discursos y urgencias.

Pero también es cierto que un país que desee futuro debe recordar que la copia nunca reemplaza el carácter; que la simulación nunca sustituye la ética; y que un pueblo consciente siempre reconoce, tarde o temprano, quién se parece… y quién es.

Porque en medio de tantas imitaciones, México merece un original.

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