Bajo presión
Con el propósito deliberado de ignorar al otro cuando la discusión se vuelve incómoda, los niños practican el ritual de cubrirse los oídos y gritar: “no oigo, no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado?”. Metáfora lúdica, sencilla y ferozmente ilustrativa, que resume la estrategia discursiva elegida por el gobierno de Claudia Sheinbaum y sus voceros oficiales tras la marcha convocada por la Generación Z.
Frente al reclamo colectivo, la reacción oficial fue la sordera voluntaria. Silencio selectivo: el desentendimiento del argumento, eludir el mandato ciudadano, fingir que la protesta acontece en un plano sonoro ajeno, inaudible, inalcanzable, salvo para el poder que decide escuchar sólo a conveniencia.
La respuesta oficialista, como máquina aceitada, funcionó en sincronía: los vocingleros de Morena repitieron un guión manufacturado desde el altar de la conferencia matutina. Ahí la consigna no buscaba diálogo, menos aún atender la causa de la manifestación, eligió inundar el espacio público de ruido, rellenar el discurso de materiales desechables y, sobre todo, ignorar lo fundamental: la ciudadanía no pide permiso para ejercer su derecho a la protesta, la libre asociación y la libertad de expresión. La sincronía misma, entonces, esconde sus grietas. Cuando el control de la narrativa se impone sobre la atención genuina de los agravios, el mensaje se vacía, la precisión se desdibuja y los prejuicios, encapsulados, acaban por reventar y esparcir su contenido pestilente.
La táctica morenista inicia siempre con la cortesía tautológica: “toda protesta es legítima”. Pero dicha legitimidad se emplea como excusa retórica para eludir, precipitadamente y sin pudor, las causas de quienes protestan, sobre todo cuando la movilización transcurre de forma pacífica, articulada. El guión infalible aguarda sólo el instante en que se produce el roce con la policía capitalina y estalla la violencia; como en casi todas las marchas ajenas a la égida de Morena, la autoridad opta entonces por mirar exclusivamente el conflicto y su estruendo, obviando el reclamo y su seriedad.
Volvemos, inevitablemente, al País de los Otros Datos. El territorio lopezobradorista donde la realidad se maquilla color guinda, donde la aprobación de Claudia Sheinbaum (ya en descenso, de un pico inicial cercano al 85% a alrededor del 70% según encuestas recientes, aunque algunos sondeos internacionales la ubican en niveles mucho más bajos, como el 41%) sirve de escudo para justificar idiocia, negligencia y corrupción en la estructura morenista. Sobre las vallas levantadas en torno al Palacio Nacional quedan consignas pintadas, los motivos legítimos del agravio. Nada de eso es visible desde el otro lado, en el campo que ocupa la policía. El oficialismo, con trazo necio y mano firme, borra de la historia la multitud que se manifestó en distintas ciudades; concentra toda la atención en la marcha capitalina, ignora cualquier otro epicentro del descontento.
En las mesas de análisis y tertulias políticas, los voceros comienzan por reconocer la legitimidad de la protesta, sólo para enseguida estigmatizar a quienes se atreven a oponerse, minimizar los hechos y subrayar el supuesto fracaso del movimiento: apenas 17 mil asistentes en la Ciudad de México, menos del diez por ciento, unos poquitos pertenecientes a la Generación Z. Burla dirigida a los “chavorrucos” que se resisten, retoma frenética de la narrativa oficialista. Los mismos lugares comunes, como consigna eterna: “La derecha es violenta y agresiva”; “la oposición se disfraza de jóvenes”; “agentes extranjeros orquestaron todo”; y la invocación periódica del fantasma de un Golpe de Estado, siempre dispuesto a aparecer en la escena cuando conviene.
El descontento es real. Miles salieron a las calles, movidos por demandas concretas, pero el oficialismo prefiere ponerse las orejas de pescado? y no escuchar. Reclaman el derecho a sobrevivir sin miedo ni violencia, cuestionan la credibilidad de las instituciones, exigen revocación de mandato, demandan la abolición del narcogobierno, y sobre todas las exigencias, buscan que el poder escuche con genuina atención, más allá del ruido mediático y la sordera escénica.
El gobierno tiene la obligación de mirar más allá del ruido, observar el fondo y no solo la espuma efímera de la polémica. Los jóvenes no le pertenecen a Morena, ni pueden ser comprados con limosnas disfrazadas de becas y apoyos sociales. Por ahora, ningún proyecto real de atención integral existe para ellos; sólo resta atenerse al siguiente depósito del Bienestar, como si la política pública fuera un sistema de subsidios automáticos y no una estructura para atender el descontento legítimo.
Durante la conferencia matutina, Claudia Sheinbaum ofreció su visión, sintética y reiterativa: “Primero marcharon los mismos de siempre, nada más que ahora no llenaron el zócalo.” Así, los manifestantes se convierten en minoría crónica, nunca capaces de colmar la plaza pública. La presidenta señaló a “un grupo muy violento que se fueron contra la policía” y apuntó a la “campaña de que los jóvenes están en contra de la transformación y los reprime”. La narrativa se repite, infatigable: “Quien promueve la violencia no ayuda. No genera un debate de altura.” No obstante, entre quienes salen a manifestar y un gobierno con orejas de pescado?, no hay posibilidad de conversación. En la estela de la digresión aparece Guillermo Sheridan, quien en uno de sus artículos detectó cómo el discurso de la presidenta encuentra ecos en el de Gustavo Díaz Ordaz, quien aseguró durante su cuarto informe de gobierno, sí, el del 68: “En México no hay ni debe haber más poder que el del Pueblo.” Craso error, como si ocupar la silla presidencial equivaliera a encarnar la voluntad de un pueblo.
La exigencia al gobierno y su mayoría es insoslayable. No basta con reconocer errores propios y ajenos, ni denunciar los excesos de la comentocracia opositora, que magnifica todo tropiezo pero no está llamada a gobernar ni a resolver malestares. A quienes detentan el poder corresponde resolver, proponer, establecer políticas públicas aptas para atender el reclamo de los jóvenes, sin recurrir, una vez más, a la sordera complaciente.
De entre los jóvenes que participaron en las marchas, muchos manifestaron su rechazo a todos los partidos políticos. Hasta ahora, la única respuesta del oficialismo y la oposición ha sido replicar con solemne burocracia la sinfonía de la institucionalidad: que no hay democracia sin partidos, que fuera de ese engranaje no hay salvación posible, como quien se aferra a un viejo paraguas agujereado bajo una tormenta de descontento.
Coda. En su conferencia, Claudia Sheinbaum lanzó el reto: “¿Creen que van a debilitar a la presidenta? No, más fuerte soy.” Bravata retórica digna del recreo escolar, de ahí a “mi papá es bombero y te moja” sólo media un respingo, pero en esta versión presidencial la manguera sólo lanza discursos y el incendio, por supuesto, sigue ardiendo. El país, mientras tanto, aplaude o bosteza desde la grada, unos convencidos de la hazaña, otros esperando a que, al final, alguien escuche a los jóvenes que nadie atiende y todos dicen acompañar.
@aldan