Dios, patria y familia: el sombrero de paja y el fascismo italiano

Periplo canicular

Ya pasados unos días, considero que todos somos capaces de admitirlo sin sobresaltos. La llamada marcha de la “Generación Z” jamás fue de la Generación Z. Ni en Aguascalientes ni en buena parte del país. La juventud apareció, sí, pero más como escenografía que como vanguardia. Ahí estaban los verdaderos protagonistas. Padres, tíos, abuelos y uno que otro funcionario jubilado con sombrero ranchero y nostalgia por el orden que se imponía a gritos, no a ideas.

La convocatoria se dice nacional, espontánea y juvenil. Qué curioso que uno de los ecos más fuertes haya salido de este puntito azul en el mapa. Aguascalientes, cuya élite blanquiazul no sabe organizar una licitación, pero sí una marcha con discurso generacional prestado. Pedimos revocaciones ciudadanas mientras las consignas eran dictadas por quienes nunca han tolerado que la ciudadanía participe más allá de depositar un voto útil.

La escena sirvió de evidencia. Los jóvenes eran minoría y, para colmo, fueron acomodados como fichas de ajedrez por quienes los llevaron -y no es chisme, yo lo vi-. Los mismos que gritaron contra los morenistas -y solo contra eso- son los que desde hace décadas deciden quién habla, quién calla y quién representa. La supuesta generación de TikTok marchó al ritmo del adulto mayor que todavía cree que “las cosas se arreglan con mano dura”.

Y claro, en los discursos se habló del campo, del maíz, de la patria, del mandato presidencial, del país que se deshace… pero no se habló de varias cosas que la Gen Z reclama. Un futuro que no parezca maquiladora emocional, salarios que no sean una broma, salud mental consciente, derechos digitales, movilidad, vivienda, tecnología, precariedad.

Nada de eso apareció.

Porque no era su marcha.

Lo que sí apareció, como en todo episodio local donde se juega a la política de enjambre sin entenderla, fue la presencia subterránea de quienes creen que la juventud se puede administrar como si fuera un comité de campaña. Ahí entra el caso de Carlos Manzo, cuya narrativa del “levantamiento juvenil” se ha vuelto moneda corriente entre quienes ven en la Gen Z un capital político disponible. Manzo es la muestra de que ciertos actores creen que basta con invocar el descontento juvenil para apropiarse de él. Pero esa fórmula, tan útil para fotos y discursos, se desploma cuando el verdadero enojo generacional elige caminos propios y radicalmente distintos.

Y si alguien duda de ello, basta mirar hacia Nepal.

En Katmandú, la Generación Z no fue utilería, fue revolución. No una “marcha presencial” organizada por padres y tíos, sino una insurrección nacida en Discord, TikTok, chats cifrados y servidores autogestionados que terminaron incendiando literalmente la historia de su país. Miles de jóvenes coordinaron rutas, emergencias, refugios, hashtags y protestas relámpago. Se enfrentaron a bloqueos de internet, a la represión estatal, al fuego real y al colapso del gobierno. Y cuando el primer ministro cayó, no esperaron a que los viejos partidos les asignaran un vocero. Eligieron a la futura líder del gobierno transicional mediante una encuesta en línea, construida en tiempo real por usuarios con nombres de anime y avatares de gatos.

Eso es un levantamiento generacional.

Eso es lo que ocurre cuando la juventud no es decorado, sino motor.

El contraste con México y Aguascalientes es brutal. Aquí, la supuesta “Generación Z” marchó con consignas heredadas, con estructuras viejas, con discursos que no hablan de su presente ni de su futuro. Nada más alejado de Rakshya Bam y los miles de jóvenes nepaleses que arriesgaron su vida para derrocar a una élite que llevaba décadas exprimiendo un país sin oportunidades.

Ahí está la diferencia esencial. En Nepal, la Gen Z incendió el Parlamento.

En Aguascalientes, la Gen Z fue acomodada en filas para que no se viera el hueco generacional.

Y en medio de todo, apareció un lema que la generación verdadera jamás adoptaría:

“Dios, patria y familia.”

Una consigna que no nació en la libertad, sino en el fascismo italiano, en la idea de que el individuo debe someterse al Estado, a la fe única, a la estructura rígida de la familia tradicional ¿De verdad alguien puede imaginar a la Generación Z -la más diversa, la más irreverente, la más harta de moldes- defendiendo semejante reliquia? Es absurdo hasta decirlo.

Pongo un ejemplo que parece banal, pero no lo es, pues Luffy jamás gritaría “Dios, patria y familia.”

El personaje más citado por la juventud representa lo contrario. La ruptura con la obediencia ciega, el rechazo al poder centralizado, la fraternidad elegida, la libertad como brújula.

Si la marcha hubiera sido realmente suya, el lema habría sido otro. Más libre. Más incómodo. Más real.

Aguascalientes volvió a hacer ruido, sí.

Pero el ruido no vino de una generación nueva, sino de una generación que se niega a soltar el micrófono.

Y mientras no lo suelten, seguirán hablando por quienes no necesitan voceros, sino espacio.

La verdadera Gen Z no gritó ese día.

La verdadera Gen Z solo observó cómo marchaban con su nombre.

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