Petardos y simuladores

Bajo presión

Tristemente, la mayoría estamos atrapados en la guerra por la narrativa entre el oficialismo y la oposición partidista, sin opciones para una deliberación sensata, prudente y fructífera, de la que puedan surgir alternativas para salir del pantano que es la polarización de la discusión pública del país.

La marcha convocada por jóvenes de la Generación Z terminó en el Zócalo capitalino con los episodios de violencia de siempre: policías contra manifestantes, vallas derribadas, gases, empujones y un saldo preliminar de más de 120 personas heridas y 40 detenidas. La fuerza pública actuó sin medida y sin brújula, golpeando por igual a quienes protestaban, a quienes pasaban y a quienes documentaban.

El movimiento se extendió por decenas de ciudades, Aguascalientes, Jalisco, Estado de México, Michoacán, Nuevo León, Puebla, con demandas distintas, sí, pero un desencanto común: el rechazo a la Cuarta Transformación. Ese punto de partida duró poco en la conversación pública. Para el oficialismo y la oposición partidista, lo urgente no fue comprender a los jóvenes o a los inconformes, sino apropiarse de la protesta, administrarla, convertirla en mercancía narrativa.

Un petardo es un envoltorio cargado de pólvora que estalla para hacer ruido o para quitar un obstáculo. La protesta terminó convertida exactamente en eso, un envoltorio útil para la politiquería. No importa su contenido, sino la capacidad para derribar las vallas imaginarias del adversario. Ni al gobierno ni a los partidos de oposición les interesaron las razones del descontento; lo único relevante fue la detonación y el provecho que cada quien pudiera sacarle.

Desde el gobierno capitalino, la receta fue la misma de siempre: insistir en que todo fue una provocación de la derecha, exhibir policías lesionados y justificar la fuerza con el viejo mantra del orden público. Pablo Vázquez presumió el conteo de oficiales con heridas menores y de los trasladados al hospital, mientras aceptaba a regañadientes que también había ciudadanos golpeados y detenidos difíciles de explicar.

Ridículo e insensible, César Cravioto redujo la movilización a una maniobra para afectar instituciones. Es decir, borró de un plumazo cualquier contenido político, social o generacional. La protesta como amenaza, nunca como mensaje.

La oposición actuó con la misma lógica invertida: denunció represión, habló de infiltrados y de grupos de choque, se colgó de cada testimonio de abuso policial para engordar su narrativa de un gobierno que teme a los jóvenes, a quienes disienten. No hay interés en entender el hartazgo; sólo en capitalizarlo.

En redes y medios, el episodio se volvió un lodazal. Videos editados, imágenes fuera de contexto, paralelos morales prefabricados. Encapuchados lanzando objetos por un lado, policías golpeando por el otro. Dos realidades diseñadas a conveniencia, ambas útiles para desvirtuar lo que estaba en juego.

El resultado fue un escenario discursivo reventado. La discusión no fue sobre las exigencias de los inconformes: precariedad, inseguridad, desigualdad, ansiedad frente al futuro; la competencia por la narrativa transformó los hechos en señalar un ganador: quién se llevó el punto, quién impuso el titular, quién ideó la frase más rentable, quién de todos obtuvo más audiencias y likes. La protesta convertida en munición, de nuevo.

En redes sociales, los petardos, gases y forcejeos colonizaron la percepción pública. El ruido sustituyó al mensaje. La clase política que padecemos, mediocre y ansiosa de poder, volvió a demostrar su maestría en el arte de la rapiña: dominar el relato importa más que atender las causas.

El oficialismo pinta la marcha como una operación manipulada con tintes internacionales; la oposición, como una rebelión juvenil reprimida por un poder obtuso. Entre ambos, las razones reales de la protesta siguen arrumbadas, esperando turno en una conversación que nunca llega.

Al final, los petardos se apagan, el gas se disipa y las cifras se acomodan en los comunicados. Lo único que permanece es el síntoma: un país donde los inconformes gritan sin ser escuchados y el poder, todo el poder, quienes gobiernan y quienes desean gobernar, afina la sordera selectiva. Les interesa la protesta mientras estalle; después, la tiran como se arroja un cascarón quemado. Si algo demuestra esta movilización es que quienes no están conformes no necesitan permiso para irrumpir, pero la clase política sólo necesita que todo siga igual. Ahí está el verdadero estruendo: no en los petardos, sino en el miedo de quienes prefieren controlar el ruido antes que enfrentar el mensaje.

En este país, donde el estruendo se colecciona y se comercia, la política se ha convertido en feria de artificios. El gas se disipa, los petardos se apagan, pero la sordera persiste, afilada y útil para quienes administran el poder. El verdadero desafío no es atender el grito, sino aprender a dialogar con el silencio, ese margen donde la protesta deja de ser mercancía y la deliberación inicia como posibilidad. Hay quienes sueñan con la reconciliación nacional y hay quienes apuestan por el triunfo de la ira. Entre el grito y el silencio, entre el cascarón quemado y la palabra pendiente, sólo queda el reto de inventar otra manera de convivir: menos obsesionados con el relato y más ocupados en la respuesta. Lo urgente no es ganar la frase, sino cultivar el terreno donde la conversación sensata, prudente y fructífera pueda echar raíces.

Coda. Entre la histeria del oficialismo y la estridencia de la oposición partidista, el país está atrapado en una pelea de sordos. Ambos bandos presumen victorias imaginarias mientras la ciudadanía, reducida a espectadora, descubre que no hay opción que no sea un simulacro. Esa es la tragedia: no la confrontación, sino la certeza de que el poder, en cualquiera de sus colores, ha renunciado a gobernar para alguien más que su propio beneficio.

@aldan

OTRAS NOTAS