El ruido y la palabra
El sábado, después de la marcha, México volvió a convertirse en escenario y espectador de sí mismo. No hubo tiempo para respirar ni para comprender: la realidad fue inmediatamente absorbida por la velocidad del escándalo.
No importó lo que realmente ocurrió, sino lo que cada bando necesitaba que hubiese ocurrido.
Y entonces pensé en Jean Baudrillard.
En su obsesión por el simulacro, en su idea de la hiperrealidad, en ese diagnóstico precoz de un mundo donde la representación sustituye a la verdad.
Hoy, México se mueve exactamente en ese territorio.
El simulacro sustituyó al acontecimiento
Lo que pasó después de la marcha ya no es un hecho, sino un signo.
Un símbolo maleable, utilizable, manipulable.
Un objeto que unos y otros moldean según la narrativa que buscan imponer.
Para Baudrillard, esto no es excepcional: es la regla de nuestro tiempo.
Ya no miramos la realidad; miramos la versión viralizable de la realidad.
Ya no interpretamos hechos; interpretamos imágenes.
El acontecimiento murió tan pronto como ocurrió.
Lo que sobrevive es su lectura.
La hiperrealidad reemplazó al país real
La violencia fue rápidamente reemplazada por algo más poderoso:
la lucha por definir qué significaba esa violencia.
En unos minutos, México dejó de ser un país con problemas concretos y volvió a ser una pantalla donde cada actor proyecta su relato.
El gobierno se defiende.
La oposición se indigna.
Los medios amplifican.
Las redes editan, recortan, exageran, fabrican certezas instantáneas.
Y mientras tanto, el país real —el de los ciudadanos que buscan explicar lo inexplicablequeda fuera de foco.
Marchas convertidas en mercancía simbólica
Baudrillard habría dicho que las marchas ya no son expresiones de lo social, sino objetos de consumo.
Se consume identidad: “yo estuve”, “yo apoyo”, “yo rechazo”.
Se consume indignación: puntual, veloz, inflamable.
Se consume polarización: el nuevo entretenimiento político.
Y la violencia posterior, lejos de ser condenada por ética, se vuelve el ingrediente que le da más fuerza a la narrativa elegida.
No hay héroes ni villanos: solo un sistema que devora sentido
Baudrillard habría insistido en que no se trata de buenos contra malos.
El sistema captura todo: la rabia, la tristeza, la protesta, la respuesta.
Lo vuelve espectáculo, mercancía emocional, simulacro político.
La oposición aprovecha el suceso para probar que tenía razón.
El oficialismo aprovecha el suceso para probar que tenía razón.
Cada uno habla no del país, sino para su público cautivo.
Y el ciudadano, atrapado en este teatro infinito, queda reducido a espectador, alimentado por micro dosis de indignación.
El acontecimiento imposible
Lo ocurrido el sábado ya es un “acontecimiento imposible”, diría Baudrillard:
algo que pasó, pero que ya no puede generar verdad.
Solo interpretaciones.
Cada uno ve en el espejo roto lo que quiere ver.
Y así, el país se queda sin rostro.
¿Dónde queda entonces México?
Quizá en un espacio pequeño, frágil, silencioso:
ese donde todavía es posible pensar sin consignas,
mirar sin filtrosy hablar sin repetir el guion de nadie.
Baudrillard diría que ese espacio es un milagro.
Yo prefiero pensar que es una responsabilidad.
Porque México no merece ser solo una pantalla donde se proyectan miedos y odios.
México necesita, más que nunca, ser mirado sin simulacros:
con inteligencia, con ética, con verdad, con humanidad.
Ahí comienza la sanación social.
En ese punto donde dejamos de ver el reflejo,
y nos atrevemos por fin a ver el país.