Hoy, muchos jóvenes vivimos con el peso de una realidad que no nos permite descansar. Las guerras, la inflación, la exigencia de tener no uno sino dos trabajos para apenas pagar una casa; todo eso nos absorbe. Y mientras tanto, nuestra salud mental se va debilitando.
Te levantas temprano. Vas al trabajo. Piensas en volver a casa, pero también en tener que buscar un segundo empleo para juntar para la renta, para los servicios, para la comida. ¿Dónde cabe el tiempo para cuidar lo más importante: nuestra mente? Cuando estamos en modo supervivencia, decir “me siento mal” suena como un lujo, no como algo legítimo.
Y esto no solo es agotador: es traumático. No podemos innovar, no podemos crear, no podemos imaginar un futuro distinto si cada día estamos luchando contra algo más grande que nosotros. La salud mental se convierte en una idea lejana, algo que quisiéramos, pero para lo que no tenemos espacio.
Aquí entra el ejemplo de Aurora, la cantante noruega, que habla con una honestidad conmovedora sobre su sensibilidad. En una entrevista, dijo que comenzó a hacer música porque necesitaba “tomar el dolor y convertirlo en algo hermoso”. Para ella, la música fue una forma de sanar, de canalizar emociones, de no hundirse. Esa misma vulnerabilidad que en otros parece debilidad, en su caso se vuelve fuerza.
Aurora ha reflexionado también sobre la importancia de una educación emocional: cree que si tuviéramos más espacios para hablar de lo que sentimos, las estadísticas de suicidio podrían ser diferentes. Eso me golpea: muchos de nosotros no hemos aprendido a cuidar nuestras emociones, no se nos ha dado permiso para hacerlo. Hay días en que no tenemos energía para empezar lo que podría hacernos bien, porque el sistema nos exige ser fuertes incluso cuando estamos rotos.
Me duele pensar que, en nuestras circunstancias, ni siquiera podemos dedicarnos a hablar de lo que sentimos. Que la salud mental se quede en segundo plano porque antes hay que pagar la renta, alimentar a la familia, cubrir lo básico. ¿Cómo pedir que alguien necesite terapia cuando esa persona apenas tiene tiempo para dormir? ¿Cómo querer escribir, pintar, desahogarse si el cuerpo y la mente están en modo “circulen, no hay nada que ver”?
También pienso en cómo en otros lugares del mundo (y desafortunadamente muy pocos) las condiciones sociales permiten que haya espacio para la creatividad y para el cuidado emocional. Aurora ha dicho que es más fácil explorar el arte cuando las necesidades básicas están cubiertas: tener casa, salud, educación… no como un privilegio, sino como derecho. Eso suena casi como un sueño cuando aquí parece que nuestras prioridades siempre son alertas: pagar hoy, sobrevivir hoy.
El sistema exige que seamos productivos, pero olvida que somos personas. Olvida que no solo queremos trabajar, sino también procesar lo que vivimos; que no solo queremos existir, sino también sanar; que no solo queremos generar, sino también sentir.
La sensación de vivir bajo la espada de Damocles no es exageración: la guerra no es solo algo que vemos en las noticias; es la sombra de la destrucción, de la migración, de la pobreza. La inflación se convierte en un enemigo constante que nos obliga a multiplicar nuestras horas, a sacrificar descanso, relaciones, salud mental y emocional. Tener múltiples trabajos debería ser una elección para crecer, no una obligación para no caer. Sin embargo, para muchas personas es al revés: trabajar más se convierte en la única forma de no desaparecer.
Y esa urgencia geopolítica y económica no solo estrangula nuestros sueños individuales: erosiona el tejido comunitario. No hay redes de apoyo para muchos, porque la mayoría de nosotros estamos ocupados sobreviviendo. ¿Cómo pedir ayuda, cómo llorar, cómo construir amistades profundas, si el tiempo libre es un lujo que no nos podemos permitir? La salud mental, así, se convierte en una aspiración inalcanzable para quienes no tienen margen de maniobra.
Mientras tanto, vemos países donde la cultura prolifera, donde los artistas no solo sobreviven, sino que pueden soñar. No siempre es perfecto, pero hay espacios, al menos, para el error, para la exploración, para el descanso. La idea no es romantizar: no digo que vivir en Noruega sea idílico para todos. Pero sí me hace preguntarme: ¿cómo hemos llegado aquí, a esta desigualdad brutal donde la condición para florecer como persona y como artista es tener la cabeza apenas fuera del agua?
Y siento enojo, sí. Porque creo que merecemos más que esto. Merecemos una vida digna: no solo para trabajar, sino para vivir. No solo para producir, sino para sentir. No solo para existir, sino para ser.
Necesitamos protestar con el corazón, exigir con la voz profunda: que el derecho a una vivienda estable no sea privilegio, que la salud mental no sea un lujo, que el trabajo no devore nuestra vida. Debemos exigir políticas que reconozcan que la juventud no es solo fuerza laboral, sino también potencial humano y comunidad. Que invertir en bienestar, en educación, en arte no es gasto, sino inversión en el futuro.
Porque, al final, la pregunta late más fuerte cada día: ¿Qué tenemos que hacer para merecer una vida digna?