¿Lo dije o lo pensé?
El dilema educativo en la era digital
En teoría, nunca habían tenido tantos recursos los universitarios como hoy: cursos gratuitos, tutoriales infinitos, inteligencia artificial, podcasts de especialistas… y de “especialistas”. La promesa suena seductora: una democracia del conocimiento donde cualquiera puede aprender de todo. Pero en la práctica, demasiadas veces estamos viendo otra cosa: una desinformación masiva disfrazada de contenido educativo, donde el “me late” compite de tú a tú con el método científico… y gana por likes.
El aula ya no es el único espacio de aprendizaje; el feed también educa. El problema es que el feed no tiene comité académico, ni pares ciegos, ni ética profesional: tiene algoritmo. Y el algoritmo premia lo que engancha, no lo que es verdadero. Así, los estudiantes conviven con paparruchas (fakenews, para los chavos) que se venden como “datos duros”, pseudociencia con estética minimalista e“influencers” sin formación que dictan cátedra sobre salud, economía o política pública, con la misma seguridad con la que ignoran las fuentes.
En la universidad, eso tiene consecuencias concretas. Un alumno que se informa más por clips de 30 segundos que por libros completos empieza a desconfiar del rigor: le parece lento, aburrido, “anticuado”. Lo que se construyó durante siglos (revisión por pares, evidencia, contraste de hipótesis) se percibe como burocracia intelectual frente a la frescura del “yo opino”. Y si a eso le sumamos la crisis de autoridad de las instituciones, el cóctel está servido: el profesor compite con el tiktoker, y va perdiendo por goleada.
No se trata de satanizar la era digital. Hay divulgadores serios, repositorios de acceso abierto y cursos de altísimo nivel. El problema no es la abundancia de información, sino la ausencia de filtros formativos y de capacidades para discernir su calidad. Muchos estudiantes llegan a la licenciatura sin herramientas sólidas de alfabetización mediática: no distinguen entre un artículo académico y un blog de opinión, entre un metaanálisis y un gráfico sin contexto, entre un médico especialista y un “coach” con gorra y micrófono.
La respuesta no puede ser nostálgica (“regresemos al pizarrón y al gis”) ni ingenua (“todo es válido mientras motive”). El reto para las universidades es doble: defender el rigor sin encerrarse en la torre de marfil y enseñar a navegar el océano digital sin convertirse en policía del internet. Eso implica incorporar en los planes de estudio competencias críticas muy concretas: verificar fuentes, rastrear el origen de un dato, identificar sesgos, reconocer pseudociencia, contrastar narrativas.
La verdadera democracia del conocimiento no consiste en que todos puedan hablar, sino en que todos puedan distinguir mejor entre verdad, error y engaño. Si la universidad renuncia a esa tarea, el aula la ocupará el algoritmo. Y entonces no hablaremos de estudiantes más libres, sino más manipulables. La masificación de contenidos no es, por sí misma, progreso educativo; sin criterio, es solo una forma más sofisticada de repetir eslóganes con Wi-Fi.