Desde el Segundo Piso
El solipsismo, en su acepción filosófica, postula que solo la propia mente puede ser conocida con certeza, y que todo lo demás, personas, mundo exterior, instituciones, podría no existir o ser solo una proyección de la conciencia individual. En su raíz latina, solus (solo) e ipse (uno mismo), ya se encierra la trampa de la autopercepción absoluta. En su versión más extrema, se convierte en un acto de fe en uno mismo y de negación del otro, una suerte de narcisismo ontológico que raya en la ceguera voluntaria.
Los filósofos lo entendieron como un punto de partida, Descartes dudaba de todo para reconstruir certezas. Pero nuestros políticos, en cambio, parecen haberlo adoptado como destino. Su realidad termina donde empieza su ego.
La política mexicana actual vive una suerte de solipsismo del poder, un fenómeno donde las élites políticas y los voceros de todos los colores, aunque con mayor estridencia los guindas, actúan como si el país real no existiera más allá de su burbuja digital y de los pasillos alfombrados donde reparten consignas. Hablan en nombre de “todo el movimiento transformador”, aunque entre ellos mismos se desmientan un día sí y otro también. Y cuando se les cuestiona, responden desde esa especie de esquizofrenia mediática provocada por la sobreexposición, donde la fama improvisada y el poder repentino generan delirios de grandeza y comportamientos psicóticos.
Son los nuevos ricos de la política, intoxicados por su propio reflejo en el espejo de las redes. Como el ex presidente “innombrable”, ese que el padre fundador del movimiento prefiere olvidar, tampoco ven ni escuchan a la oposición. Y, peor aún, parecen haber heredado su soberbia, no su inteligencia táctica.
La Presidenta, con mil temas trascendentes que atender, ha gastado buena parte de su capital político defendiendo a los “solipsistas” de su movimiento, inmersos en escándalos que estallan con la misma frecuencia con la que intentan justificarse. Se distrae en el barro del “huachicol politico”, mientras el país espera altura.
El problema no es solo moral, sino estructural. El poder en el siglo XXI es volátil, efímero y se deshace en segundos en la plaza pública digital. Hoy se adquiere y se pierde más rápido que nunca. Mire usted a Donald Trump, hace meses era el apóstata de la democracia estadounidense, al borde del destierro político, y hoy vuelve a ocupar la Casa Blanca, incluso con procesos legales firmes. En México, en 2015, Morena era apenas un punto en las encuestas, sin una sola gubernatura, mientras el PRIAN vivía la borrachera del “Pacto por México”, convencido de que la realidad era suya y que el país cabía en su narrativa. No escucharon, no compartieron, y menos entendieron.
Y, como advertía Max Weber, la vanidad ( Eitelkeit en alemán), es el mayor enemigo del político. ¿ Cuando el poder se confunde con verdad y la voz propia con mandato divino, el derrumbe suele ser cuestión de tiempo ?
Así que, amigas y amigos que hoy se mecen en la canastilla más alta de la rueda de la fortuna política, recuerden, esa rueda siempre gira. A veces lentamente, a veces con furia, pero gira. Y cuando lo haga, más vale que al bajar tengan algo más que aplausos y aduladores.
La esencia de la política no está en vencer al otro, sino en pactar con la diferencia, en comprender que México es un mosaico multicolor y contradictorio que exige políticos capaces de construir puentes, no muros de soberbia. Quien no escucha, quien no entiende, termina hablándole solo a su propio eco.
Porque, como escribió Octavio Paz, “el poder es como un espejo, quien se mira demasiado en él, termina viendo solo su rostro y olvida el del pueblo.”
Autor: Ricardo Heredia Duarte