La UAA y su juego político

Contra Paradigma

Quien no ha pisado las aulas —sobre todo el área de Sociales— difícilmente reconoce lo que es la política estudiantil. Como gallo, puedo aseverar que el juego político universitario no es más que una parafernalia: desde los consejeros representantes que votan a mano alzada sin saber qué pasa en los decanatos, hasta los consejeros universitarios que hacen lo mismo creyendo tener voz, cuando en realidad no es así.

Ahí es donde surge la crítica: ¿quién gobierna?, ¿qué pasa con la democracia estudiantil?, ¿de qué sirven las amistades entre centros y presidencias de carrera? La verdad, de poco o nada. Hoy la juventud busca aceptación y, más aún, reconocimiento, detrás de las presiones por construir un futuro consolidado frente a la amenaza de lo incierto.

La UAA es, en muchos sentidos, el bastión de la consolidación laboral en Aguascalientes. No hay nadie que no conozca a un gallo. Sin embargo, en estos tiempos, serlo ya no es sinónimo de orgullo; ese valor se ha quedado en la camaradería… y hasta ahí.

¿Qué pasa actualmente con la administración? Poco ha cambiado. El paradigma persiste: instalaciones “cool”, jóvenes abstractos, una política estudiantil cooptada, administrativos secuestrados por inercias, y gremios dentro de los centros que protegen sus propios intereses porque ya encontraron un modus operandi que se equilibra con los designios federales y estatales.

¿Qué hace falta? Candidatos en esta terna final que miren hacia el futuro. No soy fan de nadie, pero hay cosas claras.

Arredondo tiene un discurso mesurado, pero no se explica hacia dónde va. Eso sí, destaca su preocupación por la salud mental, lo cual es positivo. Sin embargo, intenta un salto olímpico de jefe de departamento a rector, sin haber pasado por un decanato sólido. Le falta acercamiento con los otros centros, y eso —según varios alumnos— se percibe. Es un candidato que se acerca solo por coyuntura.

Luego está Pinzón. Hemos visto en ella una marcada continuidad del esquema de poder: queda la duda de qué tanto ha trabajado por la calidad educativa, qué resultados ha dado y cuál es su visión más allá de cumplir con proyectos comprometidos que solo le dan brillo al cortar listones. La pregunta es: ¿qué está pasando con la comunidad estudiantil bajo su gestión?

Por otro lado, está Shaadi, quien tiene una trayectoria institucional que pesa. Eso abona mucho. Hay quienes mencionan su cercanía con Avelar, pero también es cierto que muchos cargos valiosos cargan con una cruz que no les corresponde, porque esos puestos se ganan a capa y espada.

Después de los debates, queda claro que Arredondo es el más sobrio, pero también el más limitado: no presenta propuestas estructurales que de verdad impulsen un cambio. Su candidatura parece más una aventura que un proyecto. Pinzón, por su parte, representa para muchos la continuidad del avelardismo; su llamado a la “unidad” es, en los hechos, la continuidad de un esquema donde los centros permanecen divididos y disputando su presupuesto.

Y finalmente está Shaadi, que se muestra más contundente y con mayor sentido de pertenencia por el alma máter. Si se pone atención a su discurso, se nota que apuesta por una política de visión más trascendental, no tan pragmática como la de Pinzón. Shaadi proyecta hacia el futuro: busca levantar el nombre de la Máxima Casa de Estudios, sacarla del bache en el que ha caído y reposicionarla con orgullo.

Es el único que ha hablado —o al menos en sus ejes lo menciona— del papel de la Autónoma en el ámbito internacional. Y tiene razón: se debe recuperar la vinculación con Europa y Norteamérica, dar certeza laboral a los jóvenes mediante la bolsa de trabajo, fortalecer los cauces institucionales y acabar con la politiquería que insulta la inteligencia colectiva de los estudiantes.

Los jóvenes ya tienen su voto decidido; sin embargo, los viejos mecanismos políticos siguen aprovechándose de los más nuevos, especialmente de los bachilleratos. Pero el verdadero reto está en debatir con los recién egresados y los próximos a egresar. Ahí se mide el carácter.

No queda más que desear una contienda sana, objetiva, técnica y lo menos política posible. Los tres candidatos se deben al público universitario; después vendrá la balanza entre administrativos y docentes, donde también existen crisis —sobre todo entre las llamadas “vacas sagradas”— que han hecho de los años sabáticos una dedicación a sí mismos y no al alumnado.

Ya lo sé: la norma no la escribe uno, pero el sentido común se incrusta en cada quien. Porque, honestamente, ¿por qué se sigue pagando a profesores que se van a otros países, pero no pueden dar más de tres horas de clase semanales? Ahí, justamente ahí, radica la diferencia.

Hoy, más que nunca, la UAA necesita una rectoría que no solo administre, sino que piense. Que mire más allá de los muros del campus y recupere su lugar como referente académico, cultural y social. Es votar por quien conoce la casa, sus virtudes y sus grietas, y entiende que el futuro de la Autónoma no se construye con discursos de coyuntura, sino con visión, disciplina y sentido de pertenencia.
 

 

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