Periplo canicular
Pienso que ningún político debería permitirse la pereza intelectual de no dominar más de una rama. No basta con “saber de política”; hay que entender de historia, de derecho, de economía, de sociología, de lenguaje. En tiempos donde la técnica suplanta la ética, el verdadero gobernante debería ser un estudioso perpetuo. Pero no. Hoy basta con tener un grupo de WhatsApp y una sonrisa en campaña. Umberto Eco dijo que las redes le dieron voz a una legión de idiotas, pero en México no solo hablan. Gobiernan.
Y aquí me permito contarles de alguien cercano pues Don Beto, en cambio, nunca tuvo poder ni cuenta verificada, pero sí la sabiduría que solo da el trabajo. Murió hace poco. En vida, nos enseñó lo que ya pocos saben. El esfuerzo no humilla, y la dignidad se gana con callos y no con aplausos. Cuando decía “no puedo”, lo hacía solo para tomar aire antes de hacerlo. Quizá por eso su muerte pesa más que la de muchos próceres de escritorio.
Hoy abundan los “líderes” que se enorgullecen de no saber hacer nada con las manos. Políticos que jamás trabajaron fuera del aire acondicionado, funcionarios que nunca sostuvieron una pala, un bisturí o un volante, pero que administran destinos enteros. Son los herederos de aquellos gorilas que creyeron que el orden bastaba para sustituir al pensamiento.
Y mientras los verdaderos hombres y mujeres del trabajo mueren sin homenajes, los mediocres se eternizan en el poder, confundiendo el silencio con respeto. El siglo XX sigue ahí, en sus discursos huecos, en su miedo al conocimiento y su odio al esfuerzo.
Nos quedan los Don Betos -cada vez menos- para acordarnos de que el progreso no se decreta. Se trabaja.