En días recientes fuimos testigos de un episodio que toca el corazón mismo de nuestra vida pública.
Un diputado subió a la tribuna de la Cámara de Diputados para impartir bendiciones y predicar desde un credo personal, como si el recinto legislativo fuera un espacio de culto y no el foro plural de la República.
Cada mexicano tiene derecho a creer, a no creer, a practicar o no practicar una tradición espiritual. Esa diversidad es una de nuestras mayores riquezas como nación.
Pero en el espacio público allí donde se legisla para toda la fe individual no debe ocupar el lugar de la ley.
La tribuna no es púlpito ni templo.
Es la casa donde convergen voces distintas para construir un país común.
El Estado laico no es una postura ideológica: es un pacto civilizatorio.
No combate a Dios ni excluye a nadie; por el contrario, protege a todas las religiones, porque evita que una se imponga sobre las demás y que las convicciones privadas se transformen en herramienta de poder.
Como mexicano y como liberal bien nacido hijo de una tradición que ha defendido con dignidad la libertad de concienciame preocupa ver cómo algunos discursos buscan confundir la espiritualidad con la función pública.
La tribuna no está para convencer desde la fe, sino para legislar desde la razón, la pluralidad y el Estado de derecho.
Y tan grave como ese exceso fue el papel de la oposición.
En lugar de marcar distancia, recordar los límites institucionales o defender la laicidad, eligieron aplaudir, justificar y sumarse a una puesta en escena que rebasa al Parlamento y lo convierte en espectáculo.
La oposición perdió la oportunidad de ejercer un liderazgo democrático, y prefirió quedar bien con el gesto coyuntural antes que con la República.
Fue un error político y un error ético:no se defiende la democracia aplaudiendo la confusión entre fe y Estado, por más emotivo que parezca el momento.
La defensa del Estado laico debe ser serena y firme.
No se trata de señalar personas, sino de cuidar el marco que nos permite coexistir en igualdad.
La espiritualidad pertenece a la conciencia;la política, al espacio común.
Confundirlas puede emocionar unos minutos, pero erosiona silenciosamente los equilibrios que sostienen a una nación.
Defender el Estado laico no es ir contra Dios.
Es defender la libertad de todos incluida la libertad de creer en un Dios, en muchos o en ninguno.
Es cuánto.
Es defender a México.