El espejismo de la inteligencia: cuando las máquinas parecen pensar

Razones

En la actualidad la inteligencia artificial es ubicua. No escapamos a ella, está en nuestros teléfonos, en los buscadores, en las plataformas de streaming y hasta en los autos. Cada vez que pedimos una recomendación, que usamos el traductor o que una aplicación nos sugiere qué canción escuchar, hay un algoritmo aprendiendo de nosotros.

Esa interacción cotidiana, sus respuesatas sus recomendaciones y aunque parezca que nos entiende, no cuenta con emociones: no siente, no comprende y sobre todo carece de conciencia. Puede imitar una conversación humana con sorprendente precisión, pero lo que hace no es pensar: es procesar información, reconocer patrones y calcular probabilidades.

Michael Wooldridge, reconocido experto en el campo de la inteligencia artificia de Oxford, ha subrayado que la IA actual no puede considerarse verdaderamente "inteligente" en el sentido humano de la palabra. En su obra "The Ladybird Expert Guide to Artificial Intelligence", Wooldridge expone que, si bien los sistemas de inteligencia artificial destacan en la ejecución de tareas específicas —como procesar grandes volúmenes de datos, reconocer patrones o calcular probabilidades—, les falta la habilidad de razonamiento general y la comprensión profunda que son inherentes a la inteligencia humana.

Por lo tanto, aunque estos sistemas pueden imitar ciertos aspectos del comportamiento humano y ofrecer respuestas precisas en contextos muy delimitados, su funcionamiento se basa exclusivamente en algoritmos y modelos matemáticos. No poseen la capacidad de entender, sentir o experimentar el mundo como lo hacen las personas. La inteligencia artificial, tal y como la describe Wooldridge, se limita a procesar información, sin acceder a la experiencia o conciencia que define nuestra inteligencia.

En ese contexto la IA no comprende nuestra experiencia y expectativas. Ningún sistema de inteligencia artificial, por más avanzado que sea, tiene una experiencia de la realidad humana. No siente alegría, ni miedo, ni ansiedad. Puede decir “estoy feliz de ayudarte”, pero no sabe lo que significa estar feliz.

La conciencia humana es algo completamente distinto. Surge de la vida, de la experiencia y las emociones. Somos conscientes porque existimos, porque recordamos, porque tenemos una historia. La IA, en cambio, solo calcula.

No debemos confundir la capacidad de responder con la capacidad de sentir, por que si lo hacemos corremos el riesgo de humanizar una máquina. Una cosa es que un programa nos entienda en términos de datos; otra muy distinta es que comprenda nuestro dolor o empatice con nuestras emociones. Eso sigue siendo terreno exclusivamente humano.

Otra limitante significativa es la carecia de comprensión de los fenomenos cotidianos. Los sistemas de inteligencia artificial pueden manejar millones de datos, identificar patrones y producir frases perfectas. Pero detrás de todo eso no hay comprensión real y no estan excentos a caer en desviaciones e interpretaciones sesgadas, esto debido a que al alimentarse de opiniones recoje también nuestros sesgos, prejucios o preferencias.

La comprensión humana nace del contexto, de la cultura, de la vida misma. Entendemos el lenguaje porque lo vivimos, porque sabemos lo que se siente estar en una situación determinada. La inteligencia artificial no tiene ese tipo de conocimiento no podemos hablar de un “saber”.

Sin duda la inteligencia puede componer canciones crear personajes que parecen reales y responden a tus preguntas con resultados impresionantes y surge de la manipulación de textos y de imágenes. Un algoritmo, no siente la necesidad de crear.

Por útimo carece de la intuición, la capacidad  humana de presentir tener una corazonada de que algo es correcto antes de tener pruebas irrefutables.

Otro aspecto que marca una gran diferencia entre la inteligencia humana y la artificial es el sentido común. Los humanos aprendemos muchísimas cosas sin que nadie nos las enseñe explícitamente: que el hielo es frío, que un vaso puede romperse o que no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

Ese conocimiento tácito, que adquirimos viviendo y experimentando, es lo que permite que razonemos con naturalidad frente a situaciones nuevas. La IA, por el contrario, aprende a partir de datos, no de experiencias. Si algo no está en su base de información, simplemente no lo “entiende”.

Por eso puede ganar una partida de ajedrez o escribir un texto impecable, pero también cometer errores que ningún ser humano cometería. Puede confundir una broma con una afirmación seria o interpretar literalmente una ironía. La falta de contexto y de experiencia hace que, en el fondo, la IA sea “muy lista” para algunas cosas y muy torpe para otras.

Por más avanzada que sea, la inteligencia artificial no tiene conciencia. No siente ni sabe que existe. Tampoco posee una comprensión genuina del mundo, porque no vive en él ni puede experimentar lo que nosotros sentimos. Su creatividad no nace de la intuición ni del deseo, sino de la combinación estadística de datos.

Carece dela experiencia de aprendizaje, no sabe que es un error y menos la frustracióny su sentido comúnse crea a partir de un algoritmo y sobre todo ignora cualquier sentimiento humano ligado a una creación o cuestionamiento así como sus motivaciones.

Esto no significa que la inteligencia artificial sea una amenaza en sí misma, ni que debamos rechazarla. Al contrario, es una herramienta extraordinaria que puede ayudarnos a resolver problemas complejos, acelerar descubrimientos científicos o mejorar nuestra vida cotidiana. Pero debemos mantener claro su lugar: La IA es un instrumento, no un ser.

Los seres humanos seguimos siendo los únicos capaces, de sentir empatía, de actuar con intuición y de crear por impulso propio. La IA solo procesa grandes volumenes deinformación ygenera patrones a solicitud.

En la era de las máquinas y me resisto a llamarlas  inteligentes  debemos recordar que la vida no se ajusta a un programa o a un teclado nuestra conciencia siempre busca retos y conoce la tristeza y la empatia, el éxito y el fracaso y aprende. La vida es más que una vinculación a artilugios basados en algoritmos

 

 

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