Los Apóstatas

Desde el Segundo Piso

Dice la definición, que un apóstata “es una persona que abandona voluntariamente su fe o una doctrina que antes defendía”. Se usa casi siempre como insulto, el que traiciona la causa, el que se vendió, el que se fue con los otros. En política mexicana, el término es casi anatema, quien cambia de bando es un traidor, aunque muchas veces solo sea alguien que decidió pensar por sí mismo.

Y es que en nuestro país, donde las lealtades se miden por la nómina y las convicciones por la foto,o el “like”. cambiar de opinión no es un acto de madurez, sino de sospecha. No hay espacio para la evolución del pensamiento o estás con “ellos” o estás contra “ellos”. No importa quiénes sean los “ellos” del momento.

Pero lo cierto es que más allá de los dogmas partidistas, el cambio de opinión, cuando es producto de la reflexión, es una de las mayores expresiones de inteligencia política.Veamos.

Flexibilidad mental

En la política mexicana, pocos se atreven a cambiar de perspectiva. Los mismos discursos de hace veinte años siguen repitiéndose con distintos logos y colores. La flexibilidad mental implica entender que el país ya no es el mismo, que los desafíos de hoy, como la violencia, la desigualdad, la desconfianza, no pueden enfrentarse con las recetas del pasado ni con las consignas de siempre.Un político inteligente adapta su mirada, no su conveniencia.

Humildad y valentía

Cambiar de opinión exige reconocer que uno puede haber estado equivocado. Y eso, en la política nacional, es casi un sacrilegio. Aquí nadie se disculpa, nadie rectifica, nadie reconoce. La valentía consiste, entonces, en decir: “Me equivoqué, esto no funcionó”. Pero en México la soberbia es parte del uniforme de campaña. La humildad no da votos, aunque sí daría país.

Pensamiento crítico

El pensamiento crítico es la vacuna contra el fanatismo. En un entorno donde la polarización se alimenta de consignas, el político que analiza y se atreve a cuestionar su propio grupo es tachado de “traidor”. Pero sin pensamiento crítico no hay democracia, solo masas obedientes. Y eso lo saben bien tanto los que gobiernan como los que se dicen oposición, ambos prefieren un votante leal a uno que piense.

Crecimiento personal

La evolución de las ideas debería ser el motor de toda carrera política. Sin embargo, aquí el crecimiento se mide por los cargos, no por las convicciones. Un político que crece interiormente, que se educa, que se revisa, que cambia, suele ser incómodo. No encaja en la liturgia del poder ni en los rituales del aplauso. Pero justamente ese tipo de líderes son los que necesita un país que no termina de encontrarse consigo mismo.

Adaptación al cambio

México vive en un flujo constante de transformaciones, ya sean tecnológicas, sociales, criminales, culturales. Y mientras tanto, muchos de sus dirigentes siguen leyendo el país como si fuera 1970 o 2000. La adaptación no es debilidad; es supervivencia.

Solo quien sabe rectificar y evolucionar puede dirigir una nación que cambia a diario, aunque sus élites sigan discutiendo en blanco y negro lo que ya es un mosaico multicolor.

Ser apóstata, en este sentido, no debería ser un insulto, sino un acto de conciencia. Porque a veces, abandonar la doctrina no es traición, puede ser  lucidez. El país necesita más apóstatas del pensamiento rígido, más herejes de las consignas vacías, más políticos capaces de pensar antes de obedecer.

¿En tiempos donde cada bando se siente dueño de la verdad, quizá el verdadero acto revolucionario o trasnformador sea atreverse a cambiar de opinión, antes de que el país termine en pedazos no por ideologías, sino por necedades ?

Como decia Albert Schweitzer “En la medida en que el hombre aprende a cambiar, el mundo cambia con él.”

Autor: Ricardo Heredia Duarte

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