A veces siento que nos perdimos en el camino. Que empezamos hablando de salud mental para dejar de sufrir en silencio… y terminamos convirtiéndola en una especie de estética. Como si la ansiedad fuera un accesorio. Como si la depresión fuera una vibra. Como si decir “estoy mal” fuera suficiente y ya no hubiera que hacer nada al respecto.
La intención inicial era necesaria. Por fin se nombraron cosas que antes se escondían. Por fin pudimos decir “no puedo” sin que eso significara fracaso. Por fin entendimos que la mente, igual que el cuerpo, también se enferma. Y que necesitar ayuda no era una desgracia ni una vergüenza.
Pero cuando algo se vuelve conversación constante, también se vuelve terreno vulnerable al exceso. Y ahí se cruzó una línea. Dejamos de hablar de salud mental como algo que requiere cuidado y atención, y empezamos a hablar de ella como algo que nos define. Y ese cambio de enfoque parece pequeño, pero lo transforma todo.
Porque cuando una enfermedad se convierte en identidad, ya no queremos soltarla.
La protegemos.
La justificamos.
La cargamos como si fuera algo que nos hace especiales.
Y en el fondo, lo entiendo. Vivimos en una época en la que la gente quiere sentirse vista. Escuchada. Única. Queremos que lo que sentimos signifique algo. Queremos sentido, historia, pertenencia. Y en medio de esa necesidad tan humana, el dolor se vuelve bandera. Una bandera que dice: “mírame, estoy herida, pero soy profunda”.
Pero lo que no se dice en esa narrativa es que el dolor no fue hecho para quedarse.
El dolor llega para avisar algo.
Para señalar.
Para abrir una compuerta.
No para instalarnos ahí.
Cuando la ansiedad se romantiza, dejamos de trabajarla. Cuando la depresión se convierte en personaje, dejamos de querer salir de ella. Cuando la autodestrucción se vuelve poética, dejamos de ver que es peligrosa.
Y eso nos desvía del problema central: esto es una enfermedad. Y las enfermedades se tratan.
La ansiedad real no es un mood. No es “soy muy ansiosa jajaja”. Es sentir que tu cuerpo se convierte en un enemigo. Es quedarte quieta en el carro antes de bajar porque el pecho se cerró de golpe. Es cancelar planes que sí querías porque el corazón no baja de ritmo.
La depresión real no es la foto bonita bajo una sábana. Es no querer bañarte porque no encuentras la lógica de hacerlo. Es sentir que todos los días son el mismo. Es saber que algo debería importarte, pero ya no lo hace. Y ojalá fuera solo tristeza. Ojalá fuera poético. No lo es.
Y lo más duro es que la romantización nos hace perder de vista que sí hay salida.
Terapia.
Medicación, si es necesaria.
Rutinas nuevas.
Hábitos que incomodan.
Emociones que se desarman para volver a armarse.
Conversaciones difíciles.
Decisiones que pesan.
Sanar no tiene glamour.
No es una imagen.
No es una frase profunda.
No es un post.
Sanar se parece más a lo cotidiano:
A levantarte cuando no quieres.
A bañarte aunque la cabeza diga que no importa.
A contestar el mensaje que estabas evitando.
A decir “estoy mal” sin convertirlo en discurso.
A dejar de justificar comportamientos que te dañan.
A aprender a estar contigo sin castigo.
Y sí, sanar cansa. A veces parece injusto. A veces parece eterno.
Pero lo que da miedo de la romantización es que nos enseña a quedarnos justo antes de ese punto: en la parte narrable. En la parte que se puede contar bonito. En la tristeza con florcitas. En la ansiedad con filtro cálido.
Pero la salud mental no es la historia de cómo te rompiste.
Es la historia de cómo te levantaste.
Y esa parte casi nunca se ve.
No se celebra.
No se graba.
No se aplaude.
Es silenciosa.
Es íntima.
A veces es torpe.
Pero es la única parte que realmente te devuelve la vida.
Si pudiéramos volver a colocar el foco en donde debe estar, podríamos no en el símbolo, sino en la raíz, quizá volveríamos a recordar que hablar de salud mental nunca fue para hacernos especiales. Fue para hacernos libres.
No somos nuestras heridas.
No somos nuestros diagnósticos.
No somos nuestra peor versión.
Somos quienes deciden no quedarse ahí.